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Una cuestión de esfuerzo

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Jesús C. Díaz Hernández

Revista Nuestro Tiempo

El padre de Sheila Mameng nació en un pequeño archipiélago de Filipinas, llamado Mindoro, y su madre procede de Luzón. En los ochenta, ambos, por separado, emigraron a Barcelona. En esa urbe cosmopolita se casaron. Fruto del matrimonio nacieron Sheila y dos chicos.

Se instalaron en el barrio del Raval, donde la mitad de la población es inmigrante. Él padece una enfermedad que le impide ejercer un trabajo y ella es empleada de hogar. La prioridad, sin embargo, como la de tantos filipinos, fue la educación superior de Sheila. 

Cuando era pequeña la llevaron a la asociación Terral, donde recibió el apoyo académico y personal que la gran mayoría de los niños del Raval no tiene en casa. Allí, el ejemplo de las voluntarias supuso el primer estímulo para plantearse metas altas. Esto y el empuje de las profesoras de su colegio y de otras personas animaron a Sheila a estudiar en nuestra Universidad y solicitar ayuda económica. Tenía un buen expediente y consiguió los dos objetivos: plaza en Bioquímica y una beca.

He recordado su historia revisando las últimas páginas del número, antes de que vuelen a imprenta. En un artículo buscamos respuesta a las siguientes preguntas: ¿tenemos todos las mismas oportunidades de prosperar?, ¿cómo podemos recuperar la perspectiva del bien común? Michael Sandel, afamado profesor de Harvard, reflexiona en su último libro sobre La tiranía del mérito. Muestra con datos que el punto de partida (el lugar donde nacemos, nuestras características genéticas, la familia en la que crecemos, etcétera) condiciona la llegada a la meta.

Sheila ha contado con personas que la han alentado a proyectar un futuro ambicioso. Y ella ha correspondido con esfuerzo. Se graduó con una media que le permitió renovar la beca.

Sandel concluye que los méritos no bastan: necesitamos suerte y oportunidades; por eso las reclama para los menos afortunados. Sheila ha contado con personas que la han alentado a proyectar un futuro ambicioso. Y ella ha correspondido con esfuerzo. Se graduó con una media que le permitió renovar la beca y consiguió otra para el Máster en Investigación, Innovación y Desarrollo de Medicamentos. 

Actualmente trabaja en una empresa farmacéutica. Está feliz en su trabajo porque se da cuenta de la proyección social que tiene. Forma parte del equipo de planificación de nuevos productos cuyo objetivo es mejorar la calidad de vida de los pacientes. Además, procura ayudar a otras jóvenes a marcarse grandes objetivos.

Hace unos meses, la escritora Ana Iris Simón, autora de Feria, puso en el centro del debate público en España la precaria situación de los jóvenes. “No habrá agenda 2030 ni plan 2050 si en 2021 no hay techo para las placas solares porque no tenemos casas, ni niños que se conecten al wifi porque no tenemos hijos”, dijo. 

Es cierto que el esfuerzo tiene su mérito. Pero no resulta suficiente: es tarea de todos crear oportunidades para que talentos como el de Sheila no queden ocultos.

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