Marissa

Pienso en mi pasado cercano y te encuentro, recuerdo el jueves 27 de agosto a las 7:15 de la noche y, como una cinta de una película de antaño, veo en fracciones de segundo toda una serie de imágenes y acontecimientos, que junto a ti, han marcado mi vida, develando lo que eres para mí y para los que te conocen. Percibo al ser que poco a poco fue creciendo, con singular presencia, sentimiento y razón.

Desde tu niñez, muy reservada, apenas si una sonrisa se dibujaba en tu rostro, calladita, muy calladita, con intenso sentimiento y profunda vivacidad. Desde siempre, tu amor a todo lo vivo te caracterizó. Como un caleidoscopio, tu imagen se me presenta, te veo en la alfombra con mis llaves en la frente, el frío del metal por alguna razón te gustaba. No te miro sin colores, por el contrario, son múltiples colores e imágenes de fantasía que poco a poco fueron cambiando al pasar los años.

El tiempo ha pasado y la niña que fue, que es y será, ahora ha crecido con muchas inquietudes. La vida se diseminó a lo largo de la tierra en miles y miles de especies de fauna y flora. Todo eso le da colorido a la naturaleza; sin embargo, en la actualidad, hay especies que se han extinguido y otras que están por desaparecer. Pienso y reflexiono, y estos pensamientos te los debo a ti y a tu amor por los seres vivos y, desde luego, a nuestro planeta. Gracias Marissa.

Así, el exterminio de unos animales por causas de la estupidez humana, es razón suficiente para sensibilizarnos y replantear el papel que tenemos y que, como seres humanos, estamos obligados a cumplir. La sensibilidad hacia los demás seres vivos con los que compartimos la existencia, el determinante amor por la vida, pasa por ser conscientes de lo importante que es esta, en el trayecto evolutivo de nuestra especie. Tengo presente tu sensibilidad hacia los animales, tu identificación con seres que, más que mascotas, constituyen parte de ti, parte esencial de tu existencia. Hoy en tu día, deseo reafirmar mi amor por ti y agradecer lo que he aprendido con tus acciones Marissa, hija mía.

Jairo Alarcón