Los acarreados no se acaban

La Universidad de San Carlos (Usac) nos enseña grandes lecciones y no solamente en sus aulas. La vida sancarlista tiene un sinfín de aspectos que nos moldean de muchas maneras.

Entre sus rasgos característicos está la manera en que se escoge a sus autoridades. Recuerdo a un amigo extranjero que al presenciar las votaciones para rector en los 90 quedó perplejo. Me dijo que le parecía sorprendente que una institución que tenía fama de radical (y hasta de subversiva), eligiera democráticamente a sus dirigentes.

Esto es bueno y también es malo. Por un lado, nos da la oportunidad de ser parte de cierto tipo de democracia y, además, desarrollar una vida política participando activamente.

Lo malo, claro, es que quienes desean manipular el sistema lo hacen echando mano de todas las marufias de la política tradicional.

Sería muy largo analizar aquí todos los males que aquejan a estos procesos, pero rescato que quienes tienen inquietudes políticas, o simplemente quieren incidir en su entorno, pueden organizarse y reunirse con personas afines. Lo que aprendí en el movimiento estudiantil universitario me ha servido para toda la vida. Es una Guatemala en miniatura, siendo los estudiantes los ciudadanos.

Aprendimos que organizados, con metas claras y trabajo duro, podíamos incidir en nuestra Facultad y, en cierta medida, en toda la Usac. Allí estábamos estudiantes de pedagogía, letras, arte y filosofía, cuyos intereses eran, en su mayoría, muy honestos.
Queríamos mejorar el mundo.

Todas las elecciones, tanto estudiantiles como para juntas directivas, rectoría y Consejo Superior Universitario, eran actividades en las que nos involucrábamos con mucha energía. Así descubrimos a grandes oradores,  estrategas, organizadores y líderes. Pero, nuestros esfuerzos no siempre rendían fruto.

Y es que no queríamos recurrir a estratagemas sucias y nuestros recursos eran limitados. Me explico: Humanidades es una de las facultades más grandes de la Usac, pero su mayor población estudiantil no está en el campus central, sino en las extensiones.

Entonces, luego de trabajar por semanas en la campaña, el día de la elección aparecían buses llenos de estudiantes que no conocíamos y que llegaban a votar por nuestros rivales. Votaban, almorzaban y se iban. Nos daban tremendas “chamarreadas”.

Lo triste es que, según me enteré hace unos días, lo mismo sigue pasando hoy. Por eso, son muchos los que demandan con justa razón que se cambie la forma en que se vota. Ojalá así sea.

Jessica Masaya