La AEU como patrimonio colectivo

Nuestra noción del tiempo hace de este un transitar inexorable. En una fecha como esta, hace 38 años, los jóvenes de entonces no imaginábamos el impacto cuya huella, a casi cuatro décadas, aún duele, aún lastima, aún se manifiesta. Estábamos a tan solo unas cuantas horas de recibir el dolor del asesinato del dirigente estudiantil por cuyo liderazgo la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU) llegó a jornadas de reivindicación social y popular comparables a cuando esta se constituyó, el 22 de mayo de 1920.

“La Asociación de Estudiantes Universitarios está en pie y continúa firme y adelante en el objetivo trazado por una educación al servicio del pueblo guatemalteco… Los derechos humanos constituyen no una utopía para nuestro pueblo…, constituyen una razón real de su lucha diaria y constante…”. Fragmento del discurso de Oliverio Castañeda de León pronunciado el 22 de mayo de 1978. El 20 de octubre del mismo año sería bestialmente asesinado en plena sexta avenida de la zona 1 capitalina.

Ese año fue brutal. Las desapariciones constituyeron una forma cotidiana de perder amigos y familiares. Diecisiete días después, el 6 de noviembre, otro dirigente de aquel secretariado fue detenido y desaparecido: Antonio Ciani García, quien pasó a la triste nómina de los más de 45 mil guatemaltecos en esa condición. Ahora, al vislumbrar acciones por el rescate de la dignificación de la AEU, luego de sus varios años de secuestro, podemos afirmar al leer los pronunciamientos de los jóvenes landivarianos, de los de la Del Valle y también de los de la Marroquín, que la AEU se apresta a la universalización del estudiantado guatemalteco universitario, y ya no en exclusivo de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Cuando surgió este gremio estudiantil se insertó en la lucha por la libertad y la conclusión de la dictadura de Manuel Estrada Cabrera.

En ese entonces, la AEU era la única expresión organizada de la juventud de ese ámbito académico. Su reclamo por la libertad fue un pilar importante en el devenir de la historia guatemalteca. Fue el glorioso referente del acto de ser joven durante varias décadas. Ese mismo espíritu volvió a hacerse presente en las concentraciones de la Plaza, en las jornadas vividas el año anterior a partir del 25 de abril. “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”, pronunció Salvador Allende en la Universidad de Guadalajara, México.

Y algunos de aquellos jóvenes el año pasado agregaron: “Se metieron con la generación equivocada”. Los desmanes encauzados rebalsaron los límites de tolerancia. La indignación no cesa, pero se obnubila ante una lenta, por minuciosa, investigación, y más aún por una parsimoniosa aplicación de la justicia. En todo caso, el acto fundamental, en lo aquí relatado de esta importante asociación, es verla emerger al encuentro de sus propias y auténticas raíces. Verla como el patrimonio colectivo de Guatemala. Esa es una buena noticia.

Walter del Cid