Daniel Doyle Sánchez
Profesor del Departamento de Filosofía
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Nos desafía a analizar críticamente nuestras percepciones y a cuestionar la realidad que damos por sentada. En cierto modo, nunca salimos de ella, simplemente la transformamos para su comprensión. Filosofar no es más que la reflexión continuada del logos humano que aspira a elevar los fenómenos de nuestra experiencia particular a un plano conceptual y universal.
La dificultad cada vez mayor del reconocimiento del valor de la filosofía en un mundo como el de hoy, más preocupado por respuestas eficaces que por preguntas desafiantes, descansa, a mi modo de ver, en la imposibilidad de circunscribirla a sus parciales realizaciones. En cierto modo, el olvido de los propios límites a los que filosofía queda siempre sometida por razón de su aspiración a la verdad es lo que amenaza constantemente con su aniquilación.
Pero ¿sería concebible un mundo desprovisto de filosofía? ¿Podríamos siquiera visualizar tal escenario? Parece una tarea ardua. De hecho, cuestionar la viabilidad de un mundo carente de filosofía se torna prácticamente contradictorio, dado que la propia noción de “mundo” conlleva intrínsecamente una perspectiva específica para su comprensión.
Porque la filosofía desafía las convenciones y estimula el pensamiento crítico.
La concepción que se tenga de la realidad efectiva, de la importancia variable de las cosas, así como del valor de las experiencias humanas y divinas, surge de alguna manera como producto de un ejercicio filosófico. Por eso, sin filosofía el mundo no cambiaría. Porque la filosofía desafía las convenciones y estimula el pensamiento crítico. Sin ella el mundo que nos rodea se limitaría a ser aceptado tal cual es. Un mundo sin filosofía sería, en última instancia, un mundo menos consciente de los límites de nuestra propia ignorancia.
Lo cual, como enseñó Sócrates, es la condición de posibilidad de un verdadero conocimiento. En tal hipotética situación, nos adentraríamos en un sinsentido, sin curiosidad, sin crítica y sin creatividad. Sería un mundo donde nadie se preguntaría por qué existimos, qué es lo bueno y lo malo, cómo podemos conocer la realidad y cómo podemos comunicarnos con los demás. Además, sería un mundo sin horizontes de sentido, donde resultaría imposible pensar por sí mismo.
Sería un mundo donde nadie apreciaría la belleza, la diversidad y la complejidad de la naturaleza y de la cultura. En definitiva, un mundo sin filosofía sería un mundo gris, aburrido, conformista y estancado. Sería un mundo donde la ciencia, el arte, la política y la educación perderían buena parte de su valor y su sentido, y donde la humanidad se empobrecería y se debilitaría. La filosofía no resuelve todo, pero sin ella no se resuelve nada. Por todo ello, vale la pena filosofar.










