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OPINIÓN CULTURA

Que tengas una buena vida

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Cuando me dicen una frase como esa, no creo que realmente me estén deseando una buena vida. Al contrario, pienso que lo que anhelan es nunca más verme y que desaparezca, ya sea muy lejos o bajo tierra. No importa, la cosa es desvanecerse.  Irónicamente, hay un poco de ese sentimiento en la música del dúo de rock experimental Have a Nice Life.

Originarios de Connecticut, sus melodías son como la banda sonora para un acto de desaparición. Dan Barrett y Tim Macuga lo han entendido muy bien a lo largo de su trayectoria, y orquestan perfectamente los sonidos del shoegaze industrial. No dudo en asegurar que quien los escuche quedará en un estado comatoso, en el suelo, cerca de su tocadiscos.

A pesar de solo contar con dos álbumes de estudio, Deathconsciousness y The Unnatural World, el dueto ha adquirido una legión de seguidores de la tristeza, la soledad y el amor no correspondido. Fans que buscan ser arrastrados y aplastados por olas cargadas de existencialismo y del más puro y afilado dolor. Discípulos que no tienen miedo de llegar a lo más profundo de sus sentimientos.

Sea lo que sea que signifique para cada quien, y cómo lo busque, Have a Nice Life me resulta una experiencia que tendría que clasificar en algo que va más allá de la misma música. Por momentos no sé si lo es, porque es todo un ensayo que me lleva a sentir demasiadas cosas cuando profundizo en sus sonidos.

De antemano, puedo advertirles que definitivamente no es el tipo de música que a la mayoría de gente le gusta. Sin embargo, me parece que escuchar propuestas como esta es el equivalente a tomar el valor necesario para subirse a una montaña rusa de dudosa reputación.  Una en la que no se está seguro si va a sobrevivir a la primera bajada, sin antes sentir cómo el estómago emerge por nuestra boca y el pequeño vagón sale de sus carriles y vuela en picada por los aires hasta convertirse en añicos, con todo y nuestros huesos, al chocar en la tierra.

Si al final me atreviera a subirme, fácilmente puedo imaginar mi cuerpo aplastado entre las barras de acero y los restos de madera del carrito. Las personas se acercarían y formarían un círculo a mi alrededor, mientras se preguntan quién soy y qué pasó. De fondo, como soundtrack, The Big Gloom sonaría como una especie de réquiem para mi alma. Al mismo tiempo, alguien diría “Ojalá que haya tenido una buena vida”.

Para escuchar: Bloodhail, The Big Gloom, Guggenheim Wax, Defenstration Song, Burial Society y  Hunter.

Álvaro Sánchez
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ARTES

EL SUPERHIJO DEL MAL

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Esta semana se estrena en las salas de cine de nuestro país la película Brightburn (2019), dirigida por David Yarovsky y producida por James Gunn, el famoso director de las cintas de los Guardianes de la Galaxia para los estudios Marvel. El guion es de Brian y Mark Gunn. 

En este filme, los Breyer, una pareja de esposos que vive en una granja, están desconsolados luego de haber tratado de concebir un hijo sin éxito. Una noche, un meteoro, con un niño dentro, cae en su hogar. Impulsivamente, deciden adoptarlo como propio, bautizándolo Brandon. 

Años después, el niño comienza a desarrollar fuerza sobrehumana y su personalidad empieza a cambiar, volviéndose cada vez más insolente e irrespetuoso con sus padres adoptivos. Conforme se acerca a la pubertad, su conducta se vuelve más agresiva, y una noche destroza todas las gallinas de la granja. Sus condiscípulos comienzan a rechazarlo, por su extraño comportamiento hacia una chica de nombre Caitlyn. Poco después, su madre lo encuentra flotando en el sótano, murmurando que debe “adueñarse del mundo”. Horrorizados, los Breyer se dan cuenta que este niño a quien tanto aman se está convirtiendo en un peligro y deberán hacer todo lo que puedan para detenerlo. 

Si la trama de esta película les parece ligeramente familiar, es porque toma muchos de los elementos de la muy conocida historia de origen de Superman, como la familia que vive en una granja, el niño extraterrestre que cae del cielo y los problemas que acontecen cuando el chico desarrolla superpoderes. Por supuesto, la historia de Clark, el hijo adoptivo de los Kent, tiene un final mucho más positivo, y el niño procedente del planeta Krypton considera a la Tierra como su segundo hogar y se convierte en su más poderoso defensor.

Como es natural en los no menos de 75 años que tiene el personaje, esta no es la primera vez que se exploran versiones malvadas de Superman. Una de las más notorias es Ultraman, integrante de la Sociedad del Crimen de América. También podemos hablar de Bizarro y Superboy Prime, quien originó el evento Crisis on Infinite Earths. Como mencionamos anteriormente en este espacio, Superman mismo fue concebido originalmente un villano, pero luego fue transformado por sus creadores en el héroe que ahora conocemos. 

El punto que distingue a Brightburn de otras creaciones es que aquí se plantea que la maldad del superniño empieza desde muy temprana edad, mostrando las dificultades de la paternidad de forma hiperbólica. Es muy probable que la mayoría de los fans de los cómics y de padres primerizos apreciarán este entretenido análisis de lo que podría haber pasado si los esposos Kent hubieran recibido del cielo no una bendición, sino la peor pesadilla imaginable.

Alejandro Alonzo
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ARTES

EL REINADO DEL SUPERHOMBRE

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Después del descalabro bursátil de 1929, dos amigos de la secundaria llamados Jerry Siegel y Joe Shuster trataban ganarse la vida vendiendo historias a las revistas, sin éxito. Al no lograr atraer la atención de las editoriales, Shuster decidió crear su propia publicación, titulándola pomposamente Science Fiction: The Advance Guard of Future Civilization. Como es de imaginarse, la producción era muy sencilla y artesanal. Con una vieja máquina de escribir, Siegel componía todos los artículos e historias, usando distintos pseudónimos, y Shuster realizaba las ilustraciones. El escaso tiraje se realizaba con mimeógrafo y la revista apenas logró llegar a cinco números. 

A pesar de su breve existencia, Science Fiction logró jugar un papel histórico, pues el tercer número incluyó un relato titulado The Reign of the Superman (1933). Basándose en el Übermensch de Nietzsche, Siegel concibió la historia del desposeído Bill Dunn quien, sin saberlo, fue utilizado como conejillo de Indias por un científico loco llamado Profesor Ernest Smalley. 

Al darse cuenta de las nefastas intenciones de su anfitrión, Dunn huyó de la casa y llegó a un parque donde comenzó a notar que había obtenido varios poderes mentales, incluyendo telepatía y el poder de la sugestión. Su inteligencia se había disparado a niveles inauditos y era capaz de comprender todos los idiomas, adquiriendo todo el conocimiento de la humanidad. Inclusive, podía ver en el futuro. Se había convertido en un superhombre. 

Dunn empezó a usar sus poderes para beneficio personal, manipulando a la gente y despojándola de su dinero. Como sabía lo que pasaría 24 horas después, comenzó a hacer apuestas, ganando a diestra y siniestra. Al enterarse de la buena fortuna de Dunn, Smalley escribió una carta a un diario para desprestigiar al superhombre. Consciente de que Smalley iba a aniquilarlo en cuanto lo hallara, Dunn lo mató antes. Luego capturó a un reportero enviado a verificar la veracidad de la nota. Enloquecido, Dunn decidió manipular a los gobiernos telepáticamente y así ocasionar una guerra mundial, pero perdió sus poderes antes de hacerlo.

Después de publicar su historia, Shuster y Siegel se dieron cuenta que el Superhombre podía ser un buen personaje para las historietas, por lo que lo retrabajaron, cambiando sus poderes de mentales a físicos, y su naturaleza pasó de villanesca a superheroica. Finalmente, en 1938 recibieron la oportunidad de usarlo en el primer número de la antología Action Comics, la cual eventualmente rompería todos los récords de venta, incrustando a Superman en la imaginación colectiva e iniciando la Era Dorada de los Superhéroes. 

Alejandro Alonzo
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ARTES

El arte de la transformación

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No sé si a todo el mundo le pasa, pero siempre me ha gustado la idea de apropiarme de un lugar y volverlo mío. Un sitio al que pueda llegar, sentirme en casa y que me traten como tal. Un espacio donde pueda alimentar todos mis sentidos. 

Hace poco, en Antigua Guatemala se abrió un nuevo lugar que cumple con esto que escribo. Se llama Fermento y marca el regreso al negocio de los restaurantes del enfant terrible de la cocina antigüeña, Héctor Castro. Seguramente se preguntarán cómo cuaja lo culinario en una columna de música, pero créanme, lo hace, y bien. 

A Héctor me une una amistad de no menos de 10 años. Me consta que es un melómano consumado y, cuando se requiere, músico también. Esa misma pasión por la música la ha llevado no solo a su cocina, sino al ambiente en que la sirve. Detesto tratar de disfrutar de un buen plato con una mala selección musical, y eso es lo que generalmente pasa en la mayoría de restaurantes. 

Me encanta la idea de comer unos tacos orientales de tocineta en salsa soya y vino chino, o unas piernas de pollo marinadas en especies tandoori, con un buen tinto sauvignon, acompañado de canciones de Nina Simone, y sorbos después, escuchar a Frank Zappa. La música está escogida personalmente por Héctor, y eso me gusta. Se siente como una elección más honesta, con una pizca de rebeldía a lo de siempre. Como esos temas que se recomiendan a un amigo que se estima. 

Las melodías que acompañan momentos especiales se suman al sonido de los cubiertos y los utensilios de cocina, los platos en las mesas, la risa de los comensales y la sonoridad del vino servido, para luego hacer chocar las copas: “¡Chin-chin!”. El aroma de la comida se fusiona con el sentido de la vista, que se pierde en la colección de arte de amigos colgado en las paredes. Todo eso, podría decirse, conforma la banda sonora del lugar. 

Al saber por primera vez lo que significaba la palabra sibarita, supe que era algo que tenía que abrazar. Así lo he hecho cada vez que puedo permitírmelo. Lo comparto sin ningún esnobismo, que quede claro. Es solo disfrutar de lo bueno cuando se puede. Si algún día pasan por Fermento es posible que me encuentren al final de la barra en forma de S. Quien sabe, de pronto podremos compartir una copa escuchando buena música, mientras arreglamos al mundo bajo la noche antigüeña. El cielo podrá esperar un día más.

Álvaro Sánchez
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Gobierno de Guatemala

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