Imposible historia de amor

Esta es una increíble historia de amor.

Recientemente se incorporó a la literatura una centenaria historia de amor, catalogada como imposible: la de Catalina Lasa y Juan Pedro Baró, ambos acomodados y elegantes personajes de la alta sociedad cubana, que vivieron una escandalosa y singular relación amorosa.

Ella, casada con Luis Estévez –hijo del primer vicepresidente cubano–, conoce a Juan Pedro Baró, uno de los hacendados más acaudalados de la Cuba de inicios del
siglo XX. Entre ambos nace una inmediata y arrebatadora atracción, luego una relación prohibida, apasionada y reservada. Surge el escándalo en la prejuiciosa sociedad de la época, agravado aún más porque la Ley del Divorcio no había sido aún aprobada, por lo que el esposo –al pedirle Catalina la separación– responde con una demanda de captura por bigamia…

Ante esa situación y de manera separada, Catalina y Juan Pedro huyen disfrazados a Europa, se reúnen en París y viajan luego a Roma, donde piden al Sumo Pontífice la anulación del matrimonio religioso de Catalina Lasa y Luis Estévez, la cual les fue concedida.

A su regreso a La Habana (1917) –con la Ley del Divorcio ya aprobada en Cuba– inscriben el nuevo matrimonio Baró-Lasa y, ya desposados, son admitidos nuevamente en la alta sociedad, que aún no terminaba de asimilar el escándalo.

En 1926 Juan Pedro termina en La Habana la construcción del palacete ubicado en la avenida Paseo del Vedado, el cual, en medio de una concurrida y lujosa recepción con violines, le obsequia a Catalina. Una hermosa obra arquitectónica en la que, a cargo de renombrados urbanistas, se utilizan arena del Nilo, mármol Carrara rosa, maderas preciosas y lámparas y cristales Lalique; lujosos interiores Art Déco y cristalería Art Nouveau, todo importado de las mejores casas europeas. En los jardines de la mansión, Pedro sembró la rosa única “Catalina Lasa” (primer premio de Horticultura en la Exposición de París), un injerto exclusivo para ella, logrado por Baró con ayuda de floricultores. Por todo ello y más, fue calificada –merecidamente–, como la mansión más
bella de La Habana.

Desgraciadamente, a los pocos años de estar finalmente juntos, Catalina enferma y desesperadamente Juan Pedro la traslada a control médico a París, donde fallece en 1930. Su cuerpo, embalsamado, fue repatriado a Cuba. Diez años después muere también Juan Pedro Baró.

Ambos están enterrados en uno de los panteones más vistosos de la Necrópolis de Colón, en La Habana (monumento nacional de Cuba), lleno de obras escultóricas dedicadas a aristócratas, como la tumba de Catalina y Juan Pedro, cuyo deseo post mortem se dice fue cumplido: ser enterrado de pie para velar el sueño de la mujer que tanto amó.

Sara Solís