En 40 de los 200

Haroldo Rodas Estrada dedicó su vida profesional a enseñarnos a entender el arte guatemalteco.

El jueves de la semana pasada en la Catedral Metropolitana se presentó el libro que recoge los 200 años de historia de este recinto que cobija la fe de quienes lo frecuentan y es testigo de ruegos, esperanzas, agradecimientos, alegrías y penas.

Dicha publicación se materializó con el sello editorial de la Dirección General del Diario de Centro América y la Tipografía Nacional gracias a los esfuerzos del presbítero José Luis Colmenares Samayoa y del arquitecto Eduardo Andrade Abularach.

La obra cuenta con la intervención de 9 plumas que propician un recorrido de 118 páginas que permite ingresar al lector en el edificio más emblemático de la Iglesia católica y enterarse de detalles arquitectónicos, referencias de la música litúrgica, la pintura, la imaginería y otros aspectos relevantes.

Junto a Andrade Abularach participan los reconocidos expertos Jorge Luján Muñoz, Johann Melchor Toledo, Aníbal Chajón Flores, Fernando Urquizú, Dieter Lehnhoff, Roberto Mayorga Morales y Ricardo Bendaña Perdomo.

Haroldo Rodas Estrada es el noveno autor y el gran ausente en el acto que en la nave central del templo reunió a protagonistas e invitados; quebrantos de salud le impidieron acercarse a donde destaca una imagen de la Virgen del Socorro, tema que él desarrolla en el documento.

Y, precisamente, 2 días después del momento que oficializó el lanzamiento del libro, los medios de comunicación anunciaron el deceso de Rodas, quien a los 59 años cedió al enésimo embate de la diabetes.

Rodas vivió vinculado con las tradiciones y el arte guatemalteco, a las que primero con las motivaciones del adolescente, y después con las formalidades de la academia, dedicó horas, días, años y décadas de estudios que hicieron posible conocerlas, entenderlas y valorarlas.

Su aporte es trascendental y significativo, tanto que su voz autorizada era fuente constante de consulta, como ahora lo serán sus textos. Y fiel a su trayectoria, a pesar del deterioro físico que le causaban sus dolencias, en diciembre abrió las puertas de su casa para apreciar el nacimiento que elaboraba cada año y se preparaba para sumarse a las actividades de la cuaresma que empezarán la semana entrante.

“Adiós Haroldo” fue la frase que el lunes rondó en la mente de quienes lo queremos y que entre ese día y el sábado vimos cómo se iba uno de los personajes del país, el que cierra los ensayos del libro de los 200 años con el respaldo de haber seguido 40 de estos con el rigor del intelectual. Descanse en paz y gracias por todo.

Héctor Salvatierra