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COLUMNAS

¿Puede reformarse todo e, incluso, suprimirse?

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¿Puede reformarse todo e, incluso, suprimirse?

Sin lugar a dudas que todo puede reformarse e, incluso, hasta suprimirse todo, estableciéndose un orden constitucional distinto pero, para que esto pueda realizarse, si se pretende hacerlo dentro del orden constitucional vigente, deben seguirse todos los pasos por este establecidos, salvo que se haga por la fuerza, en cuyo caso no estaríamos hablando ya de Derecho alguno sino, con violencia o no, de vías de hecho.

Las reformas a la Constitución Política de la República solamente pueden hacerse, dentro del orden constitucional establecido, siguiendo los pasos que la propia Constitución establece, siendo estos para reformar los artículos que se refieren a derechos humanos individuales, artículos del 3 al 46 y el que así lo dispone, la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, convocatoria que debe realizar el Congreso de la República con el voto favorable de al menos las dos terceras partes del total de diputados que lo integran, convocatoria que debe señalar los artículos, dentro de los anteriormente citados, para cuya reforma se convoca.

Los otros pasos establecidos –para reformar cualquiera de los otros artículos– son la aprobación de la reforma por el Congreso de la República, con la votación calificada de las dos terceras partes del total de diputados que lo integran y su ulterior aprobación por el pueblo en Consulta Popular.

No cabe reforma alguna de la Constitución por procedimiento distinto y, por ello, es que la “idea” de “disolver” la Corte de Constitucionalidad acudiendo tan solo a una Consulta Popular es absolutamente inconstitucional y así debe desecharse. De conformidad con el orden constitucional vigente, solamente se pueden reformar los artículos del 3 al 46 y el que así lo dispone por una Asamblea Nacional Constituyente y –los restantes– solo a través del otro procedimiento, aprobación del Congreso y ulterior Consulta Popular.

La elección de diputados para integrar una Asamblea Nacional Constituyente debe hacerse – así lo señala la Constitución de la misma forma en que se elige a los diputados que integran el Congreso, lo que implica que el 25% de sus integrantes se elegiría por listado nacional y, los restantes, por distritos inmensos, lo que implica que se haga por listados distritales. En otras palabras, el comentario es mío, una Asamblea electa de esta forma no podría conducirnos sino a más de lo mismo, salvo que se reformase, previamente, el artículo 157 de la Constitución –la clave de todo– artículo que determina la forma de elegir diputados.
Es incompatible que los diputados puedan serlo al Congreso y, a la vez, constituyentes, diferenciación que se complementa con el hecho de que sí es compatible de que coexistan, al mismo tiempo, la Asamblea y el Congreso. De conformidad con la Constitución, no puede una Asamblea Nacional Constituyente, convocada dentro del orden constitucional vigente, reformar otros artículos que los citados, del 3 al 46 y el que así lo dispone y, de estos, únicamente aquellos para los que fuere convocada.

Se discute que, si a pesar ello, lo que manda la Constitución, su límite, la Asamblea, una vez instalada, expresión del pueblo soberano y electa por este, podría reformar artículos para los cuales no se le convocó e, incluso, artículos distintos a los artículos del 3 al 46 y el que así lo dispone, pudiendo reformar cuantos “soberanamente” decida reformar. La respuesta es que, dentro del orden constitucional vigente, no cabe que esto ocurra y que, si ocurriese, estaríamos ante una situación de hecho, sostenible tan solo si tiene la Asamblea la fuerza para hacerlo: estaríamos, así, si así lo hiciere, ante un orden constitucional distinto que habría establecido.

Esto ya ocurrió, por ejemplo, en la República de Colombia en donde, existiendo una normativa constitucional parecida a la nuestra, se convocó a la Asamblea Nacional Constituyente para reformar un número limitado de artículos pero, cuando esta ya instalada decidió la reforma de muchos otros, alegando su carácter soberano el pueblo representado en Asamblea.

En aquel caso, la Asamblea pudo hacerlo porque gozó de la fuerza para ello (gozó del respaldo militar) pero, como apuntábamos, anteriormente, ante una situación así, ya no nos encontramos en el ámbito del Derecho sino tan sólo el de la fuerza.

Hasta los artículos pétreos pueden llegar a reformarse, sin alterar el orden constitucional establecido pero, para ello, se debe estar a sus formas y es posible la reforma, como decíamos, incluso de los pétreos, porque la norma constitucional que los hace pétreos –no sujetos a la posibilidad de reforma alguna– sí puede reformarse o suprimirse y, en consecuencia, reformado este o suprimido, dejarían los pétreos de ser pétreos y podrían reformarse.

El procedimiento, sin embargo, es complejo puesto que obligaría a una primera reforma constitucional que suprimiera o reformase este artículo (reforma que tendría que hacer el Congreso con la mayoría calificada de las dos terceras partes del total de diputados que lo integran –106 de 158– y ser aprobada posteriormente por el propio pueblo en Consulta Popular) y, una vez lograda esa reforma o supresión que eliminase la prohibición de reformar los pétreos, idéntico procedimiento (reforma por el Congreso y aprobación por el pueblo en Consulta Popular) que podría ya reformarlos e, incluso, suprimirlos. Para cualquier reforma constitucional es necesaria la intervención del Congreso, ya que para convocar a una Asamblea Nacional Constituyente es este quien debe hacerlo con la mayoría calificada tantas veces citada y, para cualquier otra reforma que no precise de tal convocatoria, previo a su aprobación por el pueblo en Consulta Popular, debe hacerla el Congreso con la mayoría citada (dos terceras partes del total de diputados que lo integran, 106 de 157).

El Congreso, pues, la clave de todo en materia de reformas constitucionales, tal y como lo es para determinar el presupuesto y las leyes, y para la toma de las más importantes decisiones nacionales –y por ello es que he insistido y seguiré insistiendo–, paso previo a cualquier otro, en la reforma de un único artículo de la Constitución, el 157, artículo que determina la forma de elegir a los diputados que integran el Congreso (listado nacional, listados distritales, distritos inmensos, monopolio de la postulación de candidatos en manos de los partidos políticos, poco comprensible fórmula para adjudicar los cargos, etc). Una vez reformado el 157, electos los diputados en forma distinta, sabiendo cada elector –finalmente– quién es SU diputado, todo lo demás se hará posible.

La necesidad de reformar el 157 parecería ser que no se entiende, pero más bien pienso que no quiere entenderse: Esta reforma sería capaz de cambiarlo todo y llevarnos a una patria que, como bien lo señalara Severo Martínez Peláez, habiendo empezado de unos pocos, se haga de todos. Entre quienes no quieren entenderlo –se hacen, tan sólo– aquellos que quisieran el rompimiento del orden constitucional e imponer otro, por la fuerza: algo, ¡cuidado!, que se sabe cómo empieza pero no como termina.

Todo es posible dentro del ámbito de la ley, pero con la ley en la mano.

Acisclo Valladares Molina
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COLUMNAS

San Miguel Chicaj y su fiesta patronal

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Eugenia de León

[email protected]

Caracterizada por la multiculturalidad de sus pueblos y de la riqueza de su tierra y su gente, Guatemala nos brinda infinidad de destinos por descubrir. De acuerdo con el Inguat, 377 591 turistas llegaron a Guatemala entre el 15 y el 17 de septiembre pasados; la ocupación promedio hotelera fue del 91 por ciento, que se traduce en una derrama económica de Q320 millones. Esta revitalización turística se traduce en fuentes de empleo, turismo comunitario dinamizado y nuevas oportunidades de inversión en el sector. 

Hay una invitación del país a conocerlo, así que, en este espacio, vamos a dar algunas pinceladas de las comunidades y pueblos que concentran una hermosa magia y nos da la bienvenida, como lo es San Miguel Chicaj, municipio de Baja Verapaz, con un clima estupendo para actividades al aire libre.

Su nombre se deriva de los dos términos: Chi, que significa “en”, y Caj, que quiere decir “cielo”. Para hacer honor a su nombre, adentrarse en San Miguel Chicaj es como llegar al cielo.

”Un pueblo en el cielo“.

Con un agradable clima, es perfecto para iniciar un recorrido para descubrir sus riquezas desde muy temprano en la mañana. Se encuentra a 160 kilómetros de la ciudad de Guatemala. 

Es uno de esos pueblos llenos de tradiciones. Su fiesta patronal, en honor de San Miguel Arcángel, se celebra cada 29 de septiembre. Es muy entretenido acudir a presenciar la elaboración de coloridas alfombras que le darán paso a la procesión de San Miguel, que recorre las calles del pueblo bendiciendo a los feligreses. 

A las 10 de la mañana se celebra una misa, que los pobladores acompañan con las melodías de la marimba. 

Hay un desfile muy colorido, en el que participan chicos y grandes, y dentro de las danzas tradicionales se puede presenciar el Costeño, el de Animales y la Pichona, así como los Mazates

Los turistas gustan de apreciar estos bailes que forman parte de la cultura guatemalteca. 

Los días de la fiesta patronal se viven al máximo por los lugareños. 

La comida tradicional como el kakik, que es chompipe, como se le conoce al pavo, en un recado picante muy famoso en esta parte del país. Los abuelos enseñan a los hijos y nietos a participar de las
actividades.

Colaborador DCA
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COLUMNAS

Repensar la movilidad cotidiana (II)

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Juan José Pons 

Investigador del Instituto de Biodiversidad y Medioambiente y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra.

De esta forma, otorgando la importancia que merece la movilidad urbana y volviendo a los desplazamientos ocupacionales con los que comenzábamos, el hecho de que estos se concentren en el tiempo (en unos días de la semana y a unas horas muy concretas) y en el espacio (con destino en los grandes centros atractores de viajes como hospitales, universidades, polígonos industriales, etc.) permite arbitrar buenas soluciones de movilidad.

O al menos más sencillas que cuando se quiere actuar sobre los desplazamientos por motivos personales (ocio, compras, gestiones, etc.), generalmente más dispersos en el espacio y de carácter más esporádico.

Por tanto, esto supone una gran oportunidad para que las administraciones y los gestores del transporte público enfoquen sus políticas hacia este tipo de movilidad, que por sus características se prestan muy bien a la implantación de soluciones alternativas al uso del coche privado.

La decisión última sobre cómo nos movemos corresponde a cada persona, en función de sus circunstancias y posibilidades.

La realización de planes de movilidad sostenible a escala urbana y, particularmente, de planes de movilidad al trabajo (los centrados en una empresa o institución o en un conjunto de ellas) son una excelente manera de tomar conciencia y de identificar acciones concretas que permitan cambiar la movilidad de las ciudades.

El comienzo de curso, coincidente con la celebración de la Semana Europea de la Movilidad (16-22 de septiembre de 2022), es un buen momento para repensar nuestra movilidad diaria al centro de trabajo o al lugar de estudios. Aunque las ciudades actúen favoreciendo el desarrollo del transporte público y de los medios no motorizados, la decisión última sobre cómo nos movemos corresponde a cada persona, en función de sus circunstancias y posibilidades.

En ocasiones no hay alternativas razonables al uso del automóvil, pero en la mayoría de los casos es cuestión de plantearse un pequeño cambio de hábitos del que nos beneficiaremos todos. Puede parecer mucho esfuerzo para un resultado inapreciable en el conjunto de una gran ciudad, pero alguien tiene que empezar… Y podemos ser nosotros.

Universidad de Navarra
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COLUMNAS

Los vergeles con libros

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Joseluís González – Profesor y escritor

@dosvecescuento

Steiner fue un crítico valiente. Con la misma libertad de espíritu, Juan Manuel de Prada comenta sesenta obras que miran a Dios, entre el desierto de la literatura frívola o cínica y la insipidez de algún confesionalismo sin arte.

En el primer capítulo del primer libro de George Steiner (1929-2020) relucían, nada más abrir el ensayo, estas nobles palabras: “La crítica literaria debería surgir de una deuda de amor”. Venían después otras ideas y aspiraciones audaces de aquel joven y ya rotundo profesor de apenas 30 años:

“De un modo evidente y sin embargo misterioso, el poema, el drama o la novela se apoderan de nuestra imaginación. Al terminar de leer una obra no somos los mismos que cuando la empezamos. Recurriendo a una imagen de otro campo artístico, diremos que quien ha captado verdaderamente un cuadro de Cézanne verá luego una manzana o una silla como si nunca las hubiera visto antes”. Los libros no son solo lo que alguien escribe, sino lo que nosotros leemos e interpretamos. 

Tolstoy or Dostoievsky. An Essay in the Old Criticism se titulaba aquel estreno. Los apellidos de dos novelistas colosales del XIX eran tan radicalmente opuestos y tan imprescindibles como la aclaración que seguía en la cubierta del libro: se cerraba el año 1959 y Steiner ejercía la “antigua” crítica, la que no se plegaba a los postulados del New Criticism.

El reseñista de novedades literarias debe acreditar saber leer atentamente y con libertad
auténtica.

El New Criticism imperaba, en sus años de formación universitaria, en los estudios literarios angloamericanos. Aspiraba a hacerse, con rigor objetivo, ciencia empírica propia de la enseñanza superior. Huía de los defectos en que se había enredado el positivismo para centrarse primordialmente en el texto, en las palabras que desfilaban por las páginas. Su lema era ceñirse a esas “words on the page”.

La página, concebida como una urna. Como un tubo de ensayo. Como un sarcófago, para algunos. Pero el New Criticism logró análisis luminosos. Steiner iba más allá. Entrelazaba creencias filosóficas, intimidades y manifestaciones teológicas, convicciones o falsedades políticas y sinuosidades biográficas. Hasta con contradicciones. El texto es un sistema de relaciones donde se teje y se hilvana todo. Y es más que la suma de todos sus elementos. Las palabras se salen de sí mismas. No tienen un final. 

Dedicarse a la crítica literaria no equivale a ser reseñista. El reseñista de novedades literarias debe acreditar saber leer atentamente y con libertad auténtica, situar en el transcurso temporal de las letras tanto este título del que informa como a su autor. Tiene que escribir bien claro y encima con gracia para que se le lea sin disgusto. Con el ímpetu  de las palabras apasionadas, pero razonando sus juicios y su valoración. El reseñista, como se ve, no lo tiene del todo fácil.

Con ventaja para comentar libros partía el escritor Juan Manuel de Prada (1970) cuando el director de la revista religiosa Magnificat, Pablo Cervera, lo convenció por fin para colaborar en sus páginas mensuales. El narrador y articulista accedía a desentrañar obras de toda latitud, clásicos y desconocidos, que él eligiera y que a su juicio pudieran “alimentar la fe” y el espíritu de quien leyera.

No por los procedimientos, perdónenme, píos o proverbialmente parroquiales que la gente entiende por catequesis sino por su sentido más etimológico: el griego bizantino κατήχησι (katechesis) expresaba que algo resuena de arriba abajo, por completo, dentro. Sesenta comentarios reunidos en un volumen titulado Una biblioteca en el oasis. Merece la pena. Todos esos libros hablan de Dios. Los más interesantes “muestran las consecuencias del mal en la naturaleza humana” y “el valor vertiginoso de la Redención” y se apoyan en “la alegría de contar” y “la sustancia misma de la vida”.

A Steiner lo acribillaron por escribir sobre los titanes de la novela rusa sin hablar una palabra de ruso. Steiner sabía seis idiomas. Además de comprender el lenguaje universal del género humano. Como De Prada.

Colaborador DCA
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Gobierno de Guatemala

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