Edyn Mijahil Miranda Velásquez
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Los avances que cambian la historia no nacen listos para usarse. El fuego permitió cocinar alimentos y aprovechar mejor nutrientes. La rueda facilitó el traslado de personas y cargas. La máquina de vapor abrió paso a la producción industrial, y el motor de combustión interna transformó la movilidad.
Pero ningún avance llegó sin consecuencias. El fuego causó quemaduras e incendios. La rueda produjo accidentes. Las máquinas de vapor explotaron cuando la presión no podía controlarse. Los motores facilitaron el transporte, pero también generaron contaminación. Frente a esos riesgos, la humanidad no renunció al progreso. Aprendió a gobernarlo. Contuvo el fuego, creó sistemas de frenado, desarrolló válvulas de seguridad y buscó reducir la contaminación. La lección es clara. Una tecnología no basta por sí sola, debe comprenderse y usarse con criterio.
Hoy estamos frente a un desafío similar con la inteligencia artificial (IA). Su capacidad para ordenar información, analizar datos, hacer cálculos o apoyar tareas repetitivas genera entusiasmo, pero también preocupación. Se habla de empleos que podrían desaparecer y de procesos que pueden realizarse en menos tiempo y a menor costo. Esa preocupación no debe ignorarse, pero tampoco debe llevarnos a verla solo como amenaza.
La inteligencia artificial no sustituye el criterio humano. Lo amplifica cuando existe conocimiento, propósito y capacidad crítica.
La inteligencia artificial no sustituye el criterio humano. Lo amplifica cuando existe conocimiento, propósito y capacidad crítica. Una persona sin formación puede desaprovechar su potencial, pero una persona preparada puede convertirla en herramienta para investigar, emprender y resolver problemas concretos.
No se trata de temerle a la inteligencia artificial, sino de preparar a las personas jóvenes para que no lleguen tarde a una transformación que ya empezó. En ese punto, la Política Nacional de la Juventud 2025-2040 ofrece una ruta mediante la articulación de dos ejes estratégicos: Educación y Ciencia y Tecnología.
La educación debe formar pensamiento crítico, lectura comprensiva, lógica, ética y conocimiento especializado. La ciencia y la tecnología deben abrir oportunidades para investigar y reducir brechas digitales. Si ambos ejes se articulan, el acceso a internet y a dispositivos puede dejar de ser solo consumo y convertirse en aprendizaje, productividad e innovación.
El fuego no dejó de quemar. Aprendimos a usarlo. La IA tampoco dejará de presentar riesgos. La diferencia estará en formar una generación capaz de aprovecharla, usándola con criterio, responsabilidad y visión de futuro











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