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Rapidines y furiositos: caos sobre dos ruedas

La ciudad de Guatemala, oscura y somnolienta, se transforma en una pista de carreras ilegales donde el ruido de las motos sin luces es un grito de rebeldía y peligro

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Entre la adrenalina y la imprudencia, los motociclistas rapidines y furiositos imponen su ley en las calles. La avenida Reforma, avenida Las Américas y las arterias principales de la zona 9 son los escenarios donde —esos jóvenes intrépidos y temerarios— despliegan su espectáculo nocturno entre jueves y domingo. Cuando el reloj supera las 21:00 horas, el rugir de los motores se convierte en banda sonora del peligro. En esas noches, el automovilista no es más que un obstáculo. Y aunque en ocasiones hay un retén de Emetra en Las Américas, eso no los amedrenta.

Ese viernes 17

Salí tarde del trabajo, como tantas otras veces. Sin embargo, el destino —quizá en su infinita ironía— decidió que ese día condujera en silencio, sin la compañía habitual de la radio. A cambio, me encontré con el retumbar de motores, una sinfonía creciente que no lograba ubicar hasta que estuvo en el punto ciego de mi derecha, en las cercanías del IGSS de zona 9, en la 7a. avenida. A unos 60 km/h, puse mi pidevías para virar, y entonces llegó el concierto: bocinas, insultos y cuatro sombras en movimiento. Motos sin luces, pilotos sin miedo. O sin cerebro. Quizá ambas cosas. La amenaza no se hizo esperar, y el coro de improperios se disolvió rápidamente. Por un instante, imaginé mi futuro en la carceleta de tribunales, responsable de un accidente. Luego me enojé. Finalmente, lo tomé con humor. “Perdonen ustedes, fue mi culpa no verlos en la oscuridad”.

Es difícil no reparar en el absurdo inherente a estas carreras. Hace unos años, una fuente en el Hospital de Accidentes del IGSS me contó que los fines de semana suelen ser un desfile macabro: amputaciones de pie, fracturas craneales, húmeros y manguitos rotadores destrozados.

La conversación también se extiende a otros ámbitos.Un portavoz municipal me comentó alguna vez que esta situación tiene raíces profundas, vinculadas al gobierno de Otto Pérez, que “evitó regular a los motociclistas”. Quizá sí, quizá no. Acá, la culpa es siempre de alguien más. Pero lo cierto es que la ausencia de normas claras y la impunidad han creado un entorno donde los motociclistas se mueven con una libertad peligrosa, que muchos confunden con derecho. “Si el motorista venía en contravía y se accidenta con uno, igual es responsabilidad de uno. El auto siempre es la amenaza más grande”, juro que eso me dijo el corredor del seguro. Esta lógica distorsionada refuerza la imprudencia y deja al automovilista atrapado.

Algo más profundo

En las calles de la ciudad, el caos refleja una mentalidad de oportunidad: “Lo hago no porque sea legal, sino porque puedo”. Esa misma mentalidad convierte banquetas en pistas de motos y al peatón debe ceder el paso. “Uno maneja con una política de evitar motociclistas”, admito. “Acepto que tarde o temprano, un motociclista, por imprudencia u omisión, chocará conmigo”.

Y así, las historias se acumulan. Solo es de recordar al adolescente de 14 años que perdió la vida el 17 de julio de 2024. Su moto quedó a 70 metros de distancia de sus restos, en la calzada Atanasio Tzul. ¿Quién es el responsable ahí? Alguna vez dije “Los padres”, pero aquel hombre que me escuchó en la barbería me corrijió. Confesó cómo sus hijos robaban las llaves de la moto para sacarla a escondidas, por más que él los invitara a reflexionar. Tragedias anunciadas en una ciudad, donde tocar el bolsillo parece ser la única forma de cambiar conductas.

Conducir en Guatemala es una suerte de deporte extremo, donde la supervivencia depende de un instinto agudo. No hay que bocinarles ni retarlos. Ellos saben que el auto es la amenaza mayor, y ese conocimiento los vuelve impunes. Pero ni todos los motociclistas son irresponsables ni todos los automovilistas son respetuosos. Que no se le crucen pilotos que, en sus bólidos, van buscando problemas de gratis.

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