Lenguaje inclusivo, un salto necesario

Cómo reacciona si lee: “bienvenidos a mi columna”? ¿Le da igual si en cambio digo: “bienvenidas a mi columna”? Ambos saludos son para hombres y mujeres, pero le aseguro que ellos no aceptarán el segundo; entonces ¿por qué ellas deben admitir el primero?

La cuarta definición de la palabra “zorro”, de acuerdo con el Diccionario de la Lengua Española, alude a un “hombre tenaz, firme y constante…” y la sexta indica que “zorra” equivale a “prostituta”.

El recorrido histórico de la humanidad es pródigo en casos de la subordinación afrontada por la mujer en los ámbitos social, educativo, artístico, político, científico, deportivo, etcétera. No pocas ni cómodas han sido las luchas libradas por ella para, paulatinamente, alcanzar un equilibrio en relación con el hombre a fin de propiciar un mundo mejor.

Uno de los aportes nos viene desde la prehistoria cuando, según estudios antropológicos, gracias al conocimiento de la flora las mujeres impulsaron un salto cultural al descubrir la agricultura.

Actualmente, uno de los escenarios de discrepancias ocurre respecto del idioma, marco en el que las opiniones conservadoras rebaten el denominado “lenguaje inclusivo”.

Quienes argumentan que el idioma no es machista ni sexista esgrimen que el español cuenta con dos géneros: el masculino y el femenino, y subrayan que el primero es el incluyente, de manera que, por ejemplo, en “bienvenidos” y en “los profesores” figuran mujeres y hombres.

También descalifican la iniciativa porque el idioma debe privilegiar el ahorro de palabras. La llegan a tergiversar o ridiculizar como en el programa “Media docena”, de la televisión costarricense, o en la reciente intervención del diputado Félix Álvarez a propósito de la comparecencia en el Congreso español, del ministro de Cultura José Guirao.

Precisamente, en España se ha avivado el debate luego de que Carmen Calvo, vicepresidenta del Gobierno, encargara a la Real Academia un estudio para adecuar la Constitución al lenguaje inclusivo. De inmediato las voces adversas sacaron a colación los extremos que en esa línea se promovieron en Venezuela.

Veo certero lo expuesto por la también titular de la cartera de la Igualdad y para ello recalco en el inicio de esta columna y en lo que presenta la Carta Magna, la nuestra, porque refiere ministro, diputado y presidente a pesar de que esos y otros cargos son ocupados por hombres y mujeres.

Debo resaltar que no se trata de usar circunloquios ni es un problema lingüístico, tampoco de alterar las reglas gramaticales o imponer absurdos como “piloto y pilota” o “agento y agenta”, como afirman los manipuladores. El punto es limpiar el idioma de sus lastres machistas y contribuir a que sílaba tras sílaba no exista más imposición de papeles sociales.

Héctor Salvatierra