Inicio REVISTA VIERNES La maternidad en manos ancestrales
REVISTA VIERNES

La maternidad en manos ancestrales

Entre sueños, saberes milenarios y resistencia, las comadronas acompañan el proceso de traer vida desde el cuerpo y el espíritu

92

Hay noches en las que una casa se llena de silencio y de espera. En el ambiente, el viento se mueve entre los árboles y adentro una mujer respira mientras otra, con las manos tibias, sostiene el tiempo. No hay relojes. Hay calor, rezos, murmullos y expectativa. La partera no solo observa el cuerpo. Escucha algo profundo que viene de antes y que se activa cuando una vida está por llegar.

En la cosmovisión maya el nacimiento no es un hecho aislado. Es un tránsito que involucra a la madre, al bebé, la familia, la naturaleza y los ancestros. La comadrona habita ese cruce. Su conocimiento no empieza en libros, sino en una relación íntima con el cuerpo y la espiritualidad. Por eso, cuando una mujer entra en trabajo de parto, no está sola. Está acompañada por manos, palabras y  memorias.

Cuando una mujer está en gestación, hay un espíritu que cuida al que viene”.

Marta Saloj
Comadrona, San Lucas Tolimán
Llamado y sueños

Ser comadrona en Guatemala no es una decisión personal, en la mayoría de casos, según diversas investigaciones y las entrevistadas, es un llamado ancestral que se manifiesta mucho antes de que una persona acompañe su primer parto. Este rol se revela a través de sueños, señales y experiencias que, en la cosmovisión maya, no son casualidad, son una forma de designación espiritual que luego es confirmada por guías y autoridades comunitarias. 

Como recoge Timotea Viviana Tavico, investigadora de la Universidad de San Carlos de
Guatemala (USAC), en su trabajo sobre las comadronas en nacimiento de niños en el municipio de Santa Cruz, Quiché, las comadronas “son personas respetables por sus conocimientos ancestrales… como un don que traen determinado o designado por el Creador”, es una vocación que implica resguardar la vida desde su dimensión espiritual hasta su manifestación física.

Marta Saloj, partera de Sololá,  ejerce el oficio desde hace 40 años. Lo vivió así. “Desde los 12, 13, 14 años se me empezó a revelar que ese era mi don… fue por medio de sueños… ahí me hablaban. En ellos encontré una confirmación, una guía”. Lo que comenzó como una inquietud se convirtió en un camino que, con el tiempo, se afianzó en la práctica y en la relación con su comunidad.

Febe Huarcas, comadrona de San Lucas Tolimán, Sololá, con 45 años en el oficio, también recordó ese proceso como una formación progresiva y simbólica. “Primero, uno sueña con niños… después, vienen los sueños con embarazadas… luego el parto… después se sueña con recién nacidos”. En su relato, el aprendizaje ocurre por etapas, como si cada sueño abriera una puerta distinta dentro de un conocimiento que no se adquiere de golpe, sino que se revela de a poco.

Estas experiencias coinciden con lo documentado por Reynoso Tavico: “Mediante los sueños se puede tener noción si una mujer está destinada a ejercer el liderazgo de comadrona en su comunidad”; eso se entiende como una señal que define su rol y su responsabilidad “como guardianas de la vida”. Así, el conocimiento no se transmite solo de persona a persona. Se revela, confirma y fortalece con la práctica, pero también forma parte de una herencia que ha acompañado a las comunidades, mucho antes de la medicina institucional.

Por eso, cuando Huarcas afirma al contar un roce con una profesional, “usted es médica occidental, yo soy médica ancestral”, no solo señala una diferencia en la forma de aprender, sino la continuidad de un saber antiguo, con sus propios métodos, criterios y formas de entender el cuerpo, la salud y el nacimiento. Un conocimiento que, lejos de ser menor, ha sostenido la vida en comunidades enteras por generaciones.

Ser comadrona es una vocación que implica resguardar la vida”.

Timotea Reynoso
Docente, USAC

Cuerpo y conocimiento

El origen de las comadrona también explica la dimensión de su trabajo. No se limitan a atender el parto. Acompañan mental y emocionalmente a las mujeres, al entender que la gestación implica mucho más que un proceso biológico. “Cuando una mujer está en gestación, hay un espíritu que cuida al ser venidero y también acompaña a la comadrona”, dijo Saloj. En esa relación, el cuerpo es solo una parte de lo que está en juego, mientras lo invisible también guía, advierte y protege.

En comunidades q’eqchi’es, según documenta la investigación coordinada por Brenda Yat Co, y de la USAC, junto con Ereydida Juárez y Juan Rojas, basada en un trabajo de campo en Alta Verapaz, el embarazo se vive dentro de un sistema que buscan equilibrio. 

Por ejemplo, la sobada —una técnica de tacto corporal propia de estas especialistas— es una de las prácticas extendidas durante la preñez en que, a través de las manos, se busca aliviar molestias, pero también conocer la posición del feto y acompañar los cambios de la paciente. Este contacto crea un vínculo de confianza y permite detectar señales que, para ellas, el cuerpo comunica. El calor es esencial, así como las hierbas, granos, rezos y amuletos que son parte del proceso.

Ese mismo conocimiento se encarna en historias como la de Saloj, que acompaña embarazos con masajes, temazcal (baños de vapor ancestrales) y plantas medicinales. “Uno ya sabe cómo viene el trabajo, se siente y mira”, comentó al describir una forma de diagnóstico que no depende de tecnologías sino de la experiencia y tacto. Con su don ancestral, experiencia y sabiduría, tanto Huarcas como Saloj coinciden en que pueden identificar si el embarazo “va a buen ritmo, la posición del bebé y el estado de la mamá”.

Por ello, las mujeres, según la investigación de Yat, prefieren tener el alumbramiento en la casa, en posiciones como de cuclillas, con un banco de madera o sostenidas por otra persona. Huarcas lo confirma: “Cuando ya está lista, se inclina… el esposo la sostiene… así el bebé baja más rápido”. Para ella, el parto acostado dificulta el proceso, una percepción que coincide con los saberes tradicionales documentados.

El nacimiento, en este contexto, no es solo un evento biológico. Es una bendición ligada a la naturaleza. Por eso se prepara el espacio, la comida, el cuerpo, la comadrona llega antes, observa, pregunta, acompaña. 

Relación continua

El acompañamiento de las comadronas es constante. En las comunidades q’eqchi’es, según Yat, las visitas se mantienen en todo el embarazo y posparto. Observan el crecimiento del vientre, la posición en la que viene y síntomas; siguen el proceso de cerca.

Marta Saloj ha hecho esto por cuatro décadas. Ha atendido a mujeres en todos sus partos y ahora recibe a los hijos de esas familias. Su relación con los hogares no es momentánea. Es continua. Febe Huarcas también describe una práctica intensa, con aproximadamente 30 partos al mes, que en 45 años de partera, resultaría en 16 mil 200 niños. Esto le ha permitido desarrollar una lectura corporal precisa. “Nosotros, con las manos… hasta sentimos cuando un bebé trae la mano en la cabecita”, explicó. 

Esa experiencia se traduce en decisiones clave. Ambas reconocen cuándo un parto puede continuar en casa y cuándo debe ser referido a un centro asistencial. “No se puede esperar”, dijo Saloj al hablar de complicaciones. Febe lo refuerza: “Las comadronas llegamos a saber si una paciente no puede dar a luz… ahí la tienen que operar en hospital” (los cirujanos). Este criterio muestra que su práctica no está aislada, dialoga, a veces con tensión, con el sistema de Salud. Saloj recordó un caso en el que refirió a tiempo a una paciente con complicaciones. “La doctora me felicitó… me dijo: ‘así hay que trabajar’. Huarcas también ha intervenido en situaciones críticas, incluso cuando su conocimiento fue inicialmente cuestionado. “La doctora estaba nerviosa… usé una técnica nuestra… y la placenta bajó… después me ofreció disculpas”, recordó.

El peso de sostener vida

A pesar de su rol central, las condiciones en las que trabajan son precarias. Saloj lo resume con claridad a través de sus experiencias.

Huarcas describe una realidad similar. Jornadas sin horario, salidas en la madrugada, trabajo bajo lluvia o sol. “Salimos con nuestras mochilas… con hambre, con sueño”. La remuneración es inestable. Muchas veces, simbólica: “A veces, solo Q20 nos dan”. Sin embargo, en sus comunidades el reconocimiento es otro. Son figuras de autoridad. Líderes. Mujeres a quienes se les confía la vida. 

Datos recientes de Unicef muestran que miles de comadronas han sido reconocidas en distintos departamentos del país, lo que evidencia su presencia y su importancia en la atención materna e infantil.

Volver a la 

primera respiración

Al momento del nacimiento, todo se concentra. El dolor, la espera, la memoria. La comadrona sostiene el cuerpo de la madre, pero también sostiene algo más difícil de nombrar. Acompaña el paso de una vida que llega y de otra que se transforma.

Huarcas lo describe como una conexión profunda con la mamá “Cuando le digo a la señora ‘pujá’, uno quisiera pujar también”. Por su lado, Saloj resalta el acompañamiento de los abuelos y los espíritus que, según dice, también están presentes.

Ahí, en ese instante, se cruzan los saberes, las generaciones y las formas de entender el mundo. El nacimiento deja de ser un procedimiento y vuelve a ser lo que siempre ha sido en estas comunidades. Un acto profundamente humano, colectivo y espiritual. Las que reciben al nuevo ser siguen ahí, incluso cuando el sistema no las mira del todo. Siguen llegando de madrugada, preparando el espacio, tocando el vientre, escuchando lo invisible. Siguen recibiendo vidas.

En cada niño que llora por primera vez, también se reafirma su lugar. No solo como quienes asisten un parto, sino como quienes cuidan el inicio mismo de la vida.

Deja un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

CATEGORÍAS

ARTES8627
CRITERIOS3214
DEPARTAMENTALES1874
DEPORTES14758
ECONÓMICAS5597
EDITORIAL786
EN EL PAÍS31689
MULTIMEDIA980
MUNDO8272
PORTADA4499

Artículos relacionados

REVISTA VIERNES

Sueño que cruzó mares

En las entrañas de San Rafael, una finca que exhala el aroma...

REVISTA VIERNES

Es histrión con raíces en dos patrias

El eco de los pasos sobre la alfombra de una academia de...

REVISTA VIERNES

Ojo que revela los secretos de México

 En el blanco y negro de las imágenes de Graciela Iturbide no...