En las entrañas de San Rafael, una finca que exhala el aroma de los cafetales en Pochuta, Chimaltenango, la vida nunca calla. Allí, la brisa transporta la resonancia de una marimba al alba, los arrullos de una madre y las notas de un órgano parroquial. En ese paisaje sonoro creció Roberto Pérez Chamalé quien, desde los 9 años, descubrió en un disco del compositor Piotr Tchaikovsky que el mundo podía ser tan vasto como las 88 teclas de un piano.
Aquel niño se consolidó como un pianista y musicólogo que cristaliza la añoranza por su tierra en una trayectoria académica y artística de exigencia técnica inquebrantable en ese país.
Beca en Rusia
La trayectoria del músico es una partitura de perseverancia. Aquella instrucción empírica que brotó a los 5 años, bajo la tutela de su hermano y el respaldo de misioneros polacos, desembocó en una disciplina férrea. Tras estudiar “a escondidas” de su familia en el Conservatorio Germán Alcántara y trabajar como pianista del Coro Nacional, una oportunidad en 2018 cambió su destino: una beca en Rusia.
Adaptarse no fue solo cuestión de sobrevivir a inviernos de 38 grados bajo cero o aprender un alfabeto nuevo. Fue una colisión de exigencia creativa.
Para él, la interpretación no es solo ejecutar notas, es descifrar el mensaje del compositor. Esta exigencia lo llevó a estudiar un mínimo de seis horas diarias, a menudo alquilando pianos durante la madrugada para perfeccionar su técnica en tres especialidades: música de cámara, acompañamiento para cantantes y solista.
La escuela rusa es muy estricta. El primer año sentía que no sabía nada, pero era un proceso de autocrítica para percibir la música desde otro ángulo”. Roberto Pérez Chamalé, Pianista


Cosmovisión en Xk´un
A pesar de la distancia, la esencia de Pérez Chamalé permanece anclada en sus raíces. Su trabajo de investigación y creación se ha centrado en figuras como el compositor Jesús Castillo, pionero del nacionalismo musical guatemalteco. Pero va más allá: integra su herencia maya en sus propias
creaciones.
Un ejemplo es su obra Xk’un (que significa murió, en kaqchikel). A través de ella, el músico reflexionó sobre la indiferencia social ante la muerte, al contrastar los recuerdos de su infancia en el pueblo con la realidad actual. Asimismo, su obra Requiem al infante indígena, premiada en Moscú, es una pieza para orquesta y soprano que utiliza siete idiomas mayas para narrar el dolor de una madre, construida sobre la base melódica de la canción de cuna que su propia progenitora le cantaba.
Tras completar su licenciatura en interpretación pianística y una maestría, ahora cursa el primer año de su doctorado en musicología con interpretación musical y cultural.
Su vida es una mezcla de borsch (sopa de remolacha) y recuerdos de tortillas, de la estepa rusa y las montañas de Chimaltenango. El entrevistado no solo toca el piano; reinterpreta a Guatemala para el mundo, demuestra que la música académica puede tener rostro indígena, voz de pueblo y una excelencia que no conoce
fronteras.
Disciplina del intérprete
Se cimentó en el Conservatorio Nacional y la Universidad de San Carlos. En 2018 dio un salto al integrarse a la Academia Rusa de Música Gnessin. En 2023 obtuvo el primer puesto en el Concurso Internacional de Pianistas Acompañantes en San Petersburgo. El rasgo de su trayectoria es promover el repertorio nacional en escenarios exigentes de Europa, en donde fusiona lo clásico con creaciones que reivindican su herencia ancestral.











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