Orgulloso guatemalteco

El domingo 16 de octubre, sintonicé las noticias deportivas. Me interesaba saber el resultado del otrora “clásico del futbol” entre Municipal y Comunicaciones. La primera impresión, la raquítica asistencia de público al estadio “Doroteo Guamuch Flores”. Mi hija Mercedes, quien antes me acompañaba a disfrutar de los encuentros de futbol y gritábamos de alegría por nuestro equipo, Municipal, ahora me increpó: “¿Para qué mirás ese futbol mediocre?”. Dócil que soy, hice zapping con el control del aparato de televisión.

Tal parece que los orgullos y vergüenzas nos definen. Sentimos altivez por la gastronomía, la biodiversidad natural y cultural, los sitios arqueológicos y los paisajes naturales. Presumimos ante los extranjeros de la variedad culinaria, las postales de Atitlán, los imponentes volcanes, la explosión de colores de las culturas vernáculas y nuestras tradiciones, o sea, de los “atractivos turísticos”.

En cambio, no parece motivo de orgullo la violencia incontrolable, la inseguridad, la corrupción, la pobreza de millones, el hambre de mucha gente. Somos gente hospitalaria, cordial, pero no aceptamos que generalmente somos impuntuales, no cumplimos la palabra empeñada, ni pagamos las deudas. Habrá razones de sentir vergüenza de lo que sucede en Guatemala, pero no debemos quejarnos si no participamos en la lucha para crear un orden justo; en el que los deberes ciudadanos casi siempre se anteponen a los derechos humanos de quienes solo se quejan y no aportan; de los pobres de espíritu que únicamente piden, pero no se dan a los demás.

Tengo muchas razones para sentir orgullo de ser guatemalteco. Mencionaré algunas. Me jacto de mis compañeros de infancia en el Liceo Guatemala, hombres de bien y esforzados. Me honran los maestros y maestras que me inculcaron ser ciudadano responsable. Me precio de los profesionales que me acompañan en la lucha frontal y silenciosa contra el autoritarismo, la criminalidad académica y la mediocridad en la Universidad de San Carlos. Se me hincha el pecho porque he disfrutado la amistad de artistas y escritores de talla internacional, que desafiaron dictaduras por medio de su inconformidad creativa. Me conmueve el heroísmo cotidiano de hombres y mujeres que trabajan honradamente para llevar comida a sus hogares. Hay más. Al final, pues es fin y destino, la Patria son nuestros hijos.

¡Qué viva Guatemala!

Marco Vinicio Mejía