Kevin Segura
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El 22 de mayo se conmemora el Día Internacional del Estudiante. Para muchos países es un recordatorio de que miles de jóvenes encontraron en la universidad una posibilidad de ascenso social, económico y político. Fueron precisamente los universitarios de la Reforma de Córdoba quienes entendieron que la universidad no podía limitarse a ser un salón de clases adornado con títulos y jerarquías. El cogobierno universitario y la autonomía nacieron de esa rebeldía lúcida que se negó a obedecer el silencio.
La universidad es, en esencia, un concepto profundamente humano y contradictorio. Alberga ideologías, disputas, consensos y desacuerdos. Reúne sectores sociales distintos, realidades económicas opuestas y aspiraciones colectivas que rara vez coinciden. Aunque sus planes de estudio insistan en formar profesionales, las universidades producen algo mucho más peligroso y valioso, ciudadanos que aprenden a pensar críticamente. Allí se construye el deseo de transformar el entorno, de convertir ideas en proyectos y de comprender que el desarrollo no puede seguir siendo privilegio de unos pocos.
En Guatemala, más de 519 mil estudiantes están matriculados en la educación superior, donde las brechas territoriales son persistentes. En muchas comunidades todavía se debate si un joven podría terminar diversificado.
En Guatemala, más de 519 mil estudiantes están matriculados en la educación superior, donde las brechas territoriales son persistentes. Mientras se discute entre innovación y tecnología, en muchas comunidades todavía se debate si un joven podrá terminar el diversificado; un país donde el talento nace en todos lados, pero las oportunidades no. Y es que las juventudes universitarias son sinónimo de resiliencia cotidiana. Es trabajar de día y estudiar de noche. Es caminar kilómetros, soportar hambre, frustración y cansancio, mientras se sostiene la convicción de que estudiar puede cambiar la vida propia y la de los demás.
Por ello el Estado debe garantizar derechos, ampliar oportunidades y construir políticas públicas que permitan a las juventudes edificar un país donde la capacidad sea altamente técnica y profundamente humana, donde el reconocimiento de los derechos no sea solo de papel, sino de acciones estratégicas vinculadas al desarrollo humano.
En el Día del Estudiante es importante visibilizar los territorios donde los universitarios resisten ante el desánimo y la incertidumbre, donde el debate ante el futuro se expresa en la ilusión por la participación ciudadana, cívica y política sin olvidar que, cada aula construida, cada estudiante que logra graduarse, cada joven que entra por primera vez a una, representa un acto profundamente político: el esfuerzo de construir patria y Estado.











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