Las narconovelas

Mucha gente está ávida por disfrutar de la narcocultura. En la reciente Feria del Libro 2017, el hijo de un narcotraficante sanguinario, Juan Pablo Escobar Henao (quien desde 1994 pasó a llamarse Juan Sebastián Marroquín Santos), se presentó como autor del libro titulado Pablo Escobar In Fraganti. Nadie se opuso. Esa conformidad confirma lo mucho que ha penetrado el atractivo de los narcos en el imaginario popular.

Cualquiera me diría, “si no le gusta, cambie de canal o no lea ese libro”. Que nadie se asuste, pues este fenómeno se ha incrementado. Lo más que hacen es disfrazarlo. Cuando emitieron la telenovela Sin tetas no hay paraíso, la hipocresía lo tradujo a Sin senos no hay paraíso.

Ahora abundan las producciones televisivas protagonizadas por hombres rudos, apuestos y sanguinarios. Su séquito son mujeres despampanantes y sin futuro, como en las secuelas de El cartel de los sapos y en Las muñecas de la mafia. Los narcos se justifican y sus damas de compañía son sufridas mujeres que luchan contra un destino inevitable.

Mis menciones son explícitas, porque debemos afrontar con veracidad una realidad: en Guatemala se admira a sus verdugos.

Se aprende que en la vida es válido hacer dinero fácil y no estudiar inútilmente, sino dedicarse a la empresa más rentable. No debe sorprendernos que las adolescentes quieran ser novias de los narcos; más que asegurar sus vidas, les atrae ese “modo de vida” cargado de adrenalina y lujos.

El problema no es la violencia. La dificultad es el analfabetismo mediático que impide leer la realidad. No se observa la destrucción familiar, a niños traumados ni comunidades aterradas. Tal parece que la sociedad guatemalteca, y sus intérpretes, los todólogos, aceptan que no hay otra opción. Es supervivencia ante la falta de oportunidades.

Las narconovelas banalizan el acto de matar al integrarlo a la vida, no como una realidad, sino como un estilo de vida inevitable.

Quienes han contribuido a la mitificación del narco, deben aceptar que hay contenidos más edificantes y apegados a la realidad, como el heroísmo cotidiano de hombres y mujeres que trabajan honradamente para llevar el pan diario a sus hogares.

Marco Vinicio Mejía