
Giovany Coxolcá Tohom fue galardonado con el premio Monteforte Toledo 2025 por su novela La lengua de las bestias, con lo cual explora el fenómeno de la pérdida del idioma kaqchikel, así como las debilidades de la naturaleza humana. Conversó con Revista Viernes sobre su trayectoria y el reconocimiento recibido.
¿Cómo se inició en la literatura?
Hay dos responsables: El primero, mi papá, quien siempre quiso que nos educáramos e inculcó la lectura, incluso antes de entrar a la primaria. Le gustaba enriquecer su vocabulario leyendo periódicos y tenía un diccionario desgastado al que recurría constantemente. También, mi madre, que era tejedora. Su paciencia para crear cada figura en el telar es una lección de oficio minucioso que uno comprende solo con el tiempo.
¿Qué lo ha animado?
Estuvo más vinculado con la exposición pública que a la conciencia plena del acto de escribir. Cuando lo veo, detecto fallas, pero reconozco que sin ese libro no habría aprendido nada. Publicar por primera vez es una alegría inmensa. Uno cree que los libros se agotarán rápido y que habrá largas filas de lectores, pero se descubre que no es así. Esa mezcla de entusiasmo y vacío es real. Si a pesar de eso uno sigue escribiendo es porque no tiene alternativa.
¿Cómo saltó a novela?
Fue simultáneo. El manuscrito de La lengua de las bestias tiene la misma antigüedad que Don Quijote y las memorias de Ixmukané. La diferencia es que depurar un poema de 20 versos es manejable; depurar un capítulo de siete páginas exige otro ritmo y paciencia. Articula varios universos dentro de uno mayor. Fue un desafío crear personajes verosímiles, darles psicología, contexto y, al mismo tiempo, imprimir un ritmo al lenguaje para sostener la lectura.
¿De qué trata esta obra?
Uno de los temas centrales es el despojo del kaqchikel de sus hablantes, de ahí que en los inicios haya un uso integrado del español y este idioma. Los personajes hablan como la gente real de mi comunidad, mezclan ambos idiomas espontáneamente. Es un registro vivo cotidiano que muestra los cruces lingüísticos y culturales.
¿Cuál intención tenía?
Me esmeré en que no fuera un discurso indigenista ni un relato que apelara a la compasión, ni un texto que buscara la lástima del lector. Mi intención no era victimizar a nadie, sino plantear un universo narrativo. Todos los seres humanos, nazcan donde sea, tienen zonas luminosas y zonas pantanosas. Eso se evidencia en la novela. Se muestra que somos miserables, esa es la naturaleza humana. Lo mejor que puede lograr es incomodar y generar una contrarrespuesta. Aunque a veces esas tensiones rozan el ego, a nivel cultural dejan grandes frutos. Si esa incomodidad se procesa con sabiduría, enriquece.
¿Qué significó recibir este premio?
Es apenas el inicio de un desafío más grande. Ahora sé en qué pude fallar en la novela y tendré que resolverlo en otro libro. El reconocimiento es muy lindo porque es inesperado. Yo no escribo para ganar certámenes, pero con esto uno siente menos desconfianza de su propia escritura. Me deja tranquilidad y la certeza de que debo continuar. Uno sabe de dónde viene, cómo empezó, de qué se alimenta para escribir; pero no cómo va a terminar, esa es nuestra única certeza.












Deja un comentario