Con más de un siglo de existencia, el Club Guatemala es uno de los espacios sociales más emblemáticos del país. Nació como un centro social y cultural para la élite económica y política de una época; es lugar privado para reuniones, tertulias y diversos eventos. Fundado en 1897, en sus primeros años funcionó en la 11 calle, entre 6a. y 8a. avenidas de la zona 1; luego, se trasladó a la 6a. avenida y, finalmente, llegó a su sede de la 7a. avenida 12-75, en pleno Centro Histórico de la capital.
El inmueble que ocupa fue diseñado por el arquitecto Rafael Pérez de León, también diseñó del Palacio Nacional. La construcción retoma elementos coloniales inspirados en La Antigua Guatemala: balcones de hierro forjado, madera tallada, corredores amplios y la fachada llena de detalles decorativos. Fue casa de José Cecilio del Valle, prócer y político centroamericano.

A finales del siglo XIX y principios del XX, el Club Guatemala fue el punto de encuentro de empresarios y políticos. En sus orígenes, la membresía era masculina; las mujeres participaban solo como invitadas a bailes, cenas y actividades sociales. El sitio contaba con diferente entretenimiento, como juegos de azar, bar y una pista de boliche. Con el tiempo se fue abriendo, incorporó actividades familiares, permitió el ingreso a mujeres socias y fortaleció su perfil cultural con conciertos, charlas y participación en circuitos, como la Noche de los Museos.

Adaptado al tiempo
Hoy, el Club Guatemala busca adaptarse a los nuevos tiempos sin perder su esencia. Aunque ha disminuido el número de socios, por política interna prefirieron no precisar el dato. Como parte de su renovación, abrió un restaurante al público, que lo convierte en punto de encuentro en el Centro Histórico, y mantiene su reputación por una buena cocina y ambiente acogedor, porque conserva su carácter social. Ofrece clases de pintura, meditación y manualidades.
La directiva busca atraer tanto a los adultos mayores, menos cercanos a la tecnología, como a las nuevas generaciones, para fomentar el contacto humano y las experiencias compartidas, según expone Karen Lavidalie, integrante de la junta directiva: “Queremos atraer a quienes buscan un contacto humano real, no solo una pantalla”. El sitio también resguarda valiosos documentos históricos, fotografías, originales de la fundación, planos y actas de reuniones, entre otros utensilios de la época que dan ese ambiente del siglo pasado. Más que un recinto físico, representa un símbolo de historia y convivencia. Sus asociados insisten en que lo que da vida al club no son las paredes, sino su gente: el personal, los socios y la comunidad que lo mantienen en pie.












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