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Creadores conquistan la calle con rebelión de color

El muralismo urbano se consolida como un archivo histórico en varios lugares y un motor de cambio comunitario.

Bajo el pulso rítmico del aerosol, una sinfonía visual comienza a orquestarse sobre el lienzo de concreto. Un grupo de jóvenes dirige esta coreografía de aerosol, brochas y rodillos, que despiertan el color en las arterias de las ciudades que, durante décadas, fue condenada al mutismo del gris y la censura. En el aire flota una neblina de pigmento turquesa —un suspiro cromático que se resiste a caer— mientras, en lo alto de un andamio improvisado, un artista desafía al vértigo para obligar al ladrillo gastado a confesar sus historias.

En las venas de Guatemala, el arte urbano ha dejado de ser un adorno para erigirse en una conquista simbólica del territorio. Lo que en los años más crudos del conflicto armado interno germinó como una consigna clandestina trazada a medianoche —y borrada por el ejército al amanecer— ha transmutado hoy en un baluarte contra el olvido. Del grafiti vertiginoso de los años setenta en la Plaza Rogelia Cruz, a la recuperación sistemática de la memoria en San Juan Comalapa, Chimaltenango, el aerosol ha cambiado su intención: ya no solo grita urgencia, ahora forja un sentido de pertenencia. 

Este reportaje es un viaje por ese taller sin techo donde el clima dicta la pauta y el transeúnte se inviste de espectador inmediato, aquí no existen las galerías. Es un encuentro con los rostros detrás del pigmento: desde el fervor artístico persistente de Dopezilla y la maestría de Renata Faggioli hasta el activismo social de Seimer Guerra y la identidad fronteriza de Rudy Ortiz. El muralismo se manifiesta aquí en un linaje de titanes —de la herencia de Carlos Mérida a la luz de Rina Lazo— que hoy brota en festivales y callejones. 

Herencia del gigante

Para entender la plástica urbana del país hay que mirar hacia el norte y el pasado. El muralismo mexicano (encabezado por Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros), estableció que el arte no pertenecía a las galerías, sino a las masas, según el libro UNAM: 100 años de muralismo. Guatemala absorbió este lenguaje, pero lo adaptó a su propia mística.

Figuras de la talla de Carlos Mérida, cuya formación fue moldeada por este movimiento artístico y social mexicano, cimentaron las bases de esta expresión, al amalgamar la abstracción geométrica con el simbolismo maya. Esta raíz permitió que el mural en Guatemala naciera con el propósito de la construcción de identidad.

Rina Lazo, figura cimera de la plástica guatemalteca y heredera estética de Rivera, consolidó un legado en la pintura monumental latinoamericana. Su producción se distingue por la sensibilidad social y la reivindicación de la cosmogonía maya, ejecutadas con la técnica al fresco. Sus obras Tierra Fértil (1954), la combativa Venceremos (1959) y su testamento pictórico El inframundo de los mayas (2019), por mencionar algunos, atestiguan su virtuosismo y compromiso histórico.

Asimismo, los murales del Centro Cívico de la ciudad de Guatemala representan un acervo estético que fusiona modernidad y tradición. Creados entre 1950 y 1970 por artistas como Carlos Mérida, Dagoberto Vásquez, Guillermo Grajeda Mena y Roberto González Goyri, plasman la cosmovisión ancestral junto con símbolos de progreso. Estas obras públicas fueron concebidas para educar visualmente y fortalecer la identidad nacional. 

Clandestinidad 

Durante las décadas más sombrías de la guerra interna (1960-1996), el muro fue un territorio en disputa. En aquel entonces, las expresiones urbanas se refugiaban en la clandestinidad: eran consignas políticas trazadas al amparo de la medianoche que el ejército se apresuraba a borrar con el alba. El esténcil y el grafiti vertiginoso fueron las únicas armas de una juventud que desafió el silencio impuesto por la censura para gritar sobre el concreto.

Con la Firma de la Paz, en 1996, el espray evolucionó su intención. La denuncia urgente cedió espacio a la recuperación sistemática de la memoria. Un caso emblemático es el de San Juan Comalapa, donde las paredes se transformaron en libros abiertos que custodian el testimonio de las masacres y la resiliencia del pueblo kaqchikel. 

La evolución estética del arte guatemalteco —que hoy refleja el alma de un pueblo en busca de justicia— ha sido documentada y respaldada por entidades como la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala (Odhag) y Amnistía Internacional, organizaciones que reconocen en la expresión mural una herramienta vital para la sanación y el resguardo de la verdad histórica.

Bajo la tutela histórica de la Escuela Superior de Arte, el muralismo en la ciudad universitaria nació en la década de 1970, en la Plaza Rogelia Cruz. 

En una época de feroz represión, en la cual la libertad de expresión se pagaba con el exilio o la vida, intelectuales como Arnoldo el Tecolote Ramírez Amaya, Luis de Lión y Mario Roberto Morales —respaldados por la AEU—  desafiaron la censura con un plan audaz: “muralizar” la USAC.

Desde una estética pop y caricaturesca, los virtuosos plasmaron frases irreverentes que sacudieron a las autoridades y fascinaron a la opinión pública. “Decían que era vulgar, pero era un acto de creatividad pura, más artístico que la misma huelga”, recordaba Morales.

Actualmente, el campus es un manuscrito visual donde conviven grafitis, esténciles y retratos que custodian la memoria de los mártires guatemaltecos. 

Muralista guatemalteco

El perfil del artista ha cambiado. En la actualidad conviven los colectivos de grafiteros que dominan el wildstyle con muralistas académicos que utilizan las técnicas de mosaico o el relieve. Esta efervescencia creativa es impulsada por, colectivos AF, Por Amor al Arte, junto a destacados exponentes de Sumpango, Chimaltenango, o Sololá y de otros departamentos, quienes han proyectado la plástica guatemalteca en importantes festivales nacionales e internacionales.

Abrirse a la innovación

En el artículo académico de César Corado Cartagena (Revista Científica Internacional) sostiene que la enseñanza debe ir más allá de conservar técnicas tradicionales y abrirse a innovaciones tecnológicas, nuevos contenidos y enfoques sociales, para responder a la realidad contemporánea. Según su análisis, el muralismo no solo es una práctica artística, sino también una expresión pública con impacto social, capaz de enriquecer la formación de los estudiantes y aportar a la comunidad con un arte público novedoso y trascendente.

Uno de los referentes más importantes de esta transformación en Guatemala ha sido el Festival Bonito Mi Barrio, que durante más de una década llenó de color la zona 4 capitalina mediante murales. Diversos estudios académicos respaldan esta visión. La investigación de Leslie Rodríguez Ávila, presentada para optar al grado de licenciada en artes visuales, destaca cómo el festival se convirtió en un referente del arte urbano. Además, el estudio Analogía de ocho expresiones artísticas en el Centro Histórico de Guatemala refirió que la expresión pública funciona como una herramienta educativa y social frente a la cultura de violencia. Las pinturas en estos espacios contienen mensajes sociales y humanistas que contribuyen al desarrollo cultural y a la apropiación comunitaria de los sitios públicos.

Estas investigaciones también subrayan la importancia de impulsar un arte participativo y contextual, donde las comunidades formen parte de los procesos creativos y de la toma de decisiones. De esta manera, los murales dejan de ser intervenciones aisladas y se funden en expresiones colectivas con identidad, memoria y pertenencia. El artista urbano puede definirse como quien lleva su obra al espacio abierto y público para dialogar con una audiencia amplia y diversa.

Más que un adorno, el muralismo contemporáneo es la huella de una sociedad que se resiste al olvido. Al decantar la urgencia política en trascendencia artística, los muros han dejado de ser barreras para volverse espejos. En cada ráfaga cromática reside la promesa de que, mientras el arte ocupe la calle, el asfalto siempre tendrá una historia que contar y una identidad que defender. Ha protegido el testimonio de las generaciones pasadas mientras traza el camino para las que están por venir.

Código urbano

Grafiti: se fundamenta en la caligrafía y el trazo; es la expresión del nombre, la letra o el texto como unidad estética principal. Es, en esencia, la identidad del autor que reclama su espacio en la urbe.

Arte urbano (Street Art): comprende representaciones en su mayoría figurativas que trascienden la letra. Abarca desde murales de gran formato y dibujos hasta técnicas como el esténcil (estarcido), el cartelismo e incluso la escultura efímera.

Intervención artística: toda manifestación estética ejecutada en el espacio público con el fin de dialogar con una audiencia específica. Utiliza lenguajes diversos como el performance, el bodypaint, la instalación o la pintura mural para reconfigurar la percepción del entorno.

Desde la épica del muralismo mexicano hasta la irreverencia del grafiti neoyorquino, las expresiones de calle han transitado de la clandestinidad política a ser herramientas de regeneración social.


Artífices del gran formato


Hugo Mejía (Dopezilla)

Con 23 años de trayectoria, Hugo Mejía, conocido como Dopezilla, es un referente del arte urbano que cambió los discursos románticos por la honestidad del asfalto. Su nombre nació del concepto urbano Dope y la influencia de Bartzilla, de Los Simpson. Lo que en principio fue un ejercicio de pertenencia adolescente en 2002, evolucionó de simples firmas a letras complejas, hasta llegar a su icónico dinosaurio.

Cuestiona la doble moral del espectador guatemalteco: “La gente ama lo que reconoce (jaguares, rostros y más). Si ven letras de grafiti, aunque tengan mejor técnica, lo llaman suciedad”. Critica el uso de la imagen indígena como producto turístico (la “postal”) mientras la sociedad los margina en la vida cotidiana.

A sus 43 años, su proceso ha cambiado. Aunque prefiere la libertad de los espacios abandonados sin permiso, ahora utiliza la tecnología: fotografía el muro y boceta en una tableta para que la obra se integre perfectamente al entorno y respete el espacio visual de la comunidad.

“Para mí, el grafiti no fue una pose artística, fue mi válvula de escape”, afirmó.


Rudy Ortiz

Originario de Tacaná, San Marcos, descubrió la técnica del aerosol durante la pandemia en 2020. Su obra, que fusiona el acrílico con el grafiti en una técnica mixta, no solo embellece muros, sino que rescata espacios públicos degradados, transformándolos en puntos de identidad cultural.

Con una trayectoria que ya suma participaciones en festivales de El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Honduras, también se ha convertido en gestor cultural en su municipio, al organizar festivales con apoyo de la iniciativa privada local. Además de murales, diversifica su talento como artista plástico mediante la escultura en madera y piezas de artesanía, en las cuales proyecta siempre las tradiciones de los pueblos originarios.

“Cada obra es una oportunidad para representar la cultura y las tradiciones de nuestros pueblos, dándoles el color y la dignidad que merecen”, dijo.


Seimer Guerra

Con más de 30 años de trayectoria, su historia es la de una evolución constante: desde sus inicios en la Escuela Nacional de Artes Plásticas Rafael Rodríguez Padilla (ENAP) y su formación en diseño gráfico, hasta la consolidación de una metodología que utiliza la pintura en espray como herramienta de cambio social y prevención de violencia.

Fue pieza clave en la profesionalización del grafiti en el país. Como socio fundador de Guate Graf, el primer colectivo legalmente constituido a inicios de siglo XXI, ayudó a romper el estigma que vinculaba el arte urbano con el vandalismo.

Según Guerra, el arte urbano posee un imán natural para la juventud por su carácter libre. Sin embargo, su enfoque va más allá de lo estético. A través de su programa Dejando Huellas, implementa un proceso de tres fases diseñado para transformar la mentalidad de jóvenes en zonas vulnerables.

“El arte tiene el poder de transformar y de dar esperanza. No solo se pinta por pintar; hay un lenguaje visual y un mensaje intencional detrás de cada obra”, sostuvo.


Renata Faggioly

Su amor por el arte empezó cuando estudiaba diseño gráfico en Quetzaltenango. Luego descubrió en internet a la artista francesa Miss Van (pionera francesa del arte urbano y grafiti) que pintaba chicas seguras y sexys con pincel en las calles.

Aunque pasó por el caballete y aprendió muralismo con pincel de la mano del maestro Maugdo Vázquez, su verdadera pasión surgió al experimentar sola en la calle. Sus primeros trazos nacieron del pincel ante el alto costo del aerosol; sin embargo, hace un lustro logró dar el salto a esta técnica. Se trata de una disciplina tan exigente como arriesgada, en
particular para una mujer que desafía en solitario las complejidades del entorno urbano.

Busca pintar mujeres seguras de sí mismas, independientes y fuertes. Se motiva especialmente a que las niñas pasen por la calle y vean figuras femeninas imponentes. Combina esto con elementos de la naturaleza, como mariposas y colores vibrantes, para crear una conexión espiritual con el contexto del mural.

“Como mujer, siempre parece que debés probar que puedes; yo lucho demostrando que podemos igual o más”, aseguró.


Ángel Salamá Boz Smart 

Ángel Salamá inició su camino en el grafiti en 2009, cuando recorría las calles de la zona 3 capitalina. Tras una pausa de varios años por motivos laborales, retomó su arte en 2019 con el festival Bonito mi Barrio, que marcó el inicio de una etapa técnica más madura y elaborada. Fundador del proyecto Por Amor al Arte, con la misión de transformar el entorno urbano a través de mensajes de fe, esperanza y valores positivos.

Orgulloso de sus raíces en La Ruedita, el artista, fusiona la estética del grafiti con el muralismo social. Su obra se caracteriza por el uso de aves coloridas (libertad), búhos (guardianes) y elementos de la cultura maya. 

Como colaborador de la oenegé Amén Familia, trabaja para que el arte urbano en Guatemala sea una herramienta de desarrollo económico y turístico, similar a modelos tipo la Comuna 13 en Colombia. Su enfoque no es la lástima, sino el empoderamiento de la clase trabajadora, sembrar en las nuevas generaciones la semilla del cambio a través del color y la palabra.

“El arte, donde lo pongas, florece. Mi meta es dejar un mensaje positivo en mi comunidad antes de partir de este planeta”, indicó 

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