Juan Antonio Canel Cabrera
[email protected]
El habla popular es una forma del lenguaje que se niega a que el idioma envejezca; a la vez, es una especie de ejercicio gimnástico que va con el ritmo de la época en la cual florece. Se nutre de todo lo cotidiano: insultos, sexo, piropos, grafiti, hamponería, escatología, alegrías, tristezas, extranjerismos, provincianismos, lenguaje oenegero, etc. y, fundamentalmente, de la necesidad del ser humano de ser más preciso en la comunicación. Sin embargo, por paradójico que parezca, es también muy conservador y mantiene como nutrientes muchas formas arcaicas que parecieran no estar dispuestas a exilarse del habla cotidiana.
A mí me pasa con frecuencia, sobre todo cuando evoco mi niñez, que se me vienen a la memoria los arcaísmos, dichos y refranes que usaban las personas de aquel entonces, sobre todo los de mi madre y las personas con quienes ella conversaba. Por ejemplo, si me descubrían fisgoneándolas, ella, de inmediato, me decía: “ya estás parando la oreja”. Mi reacción ante eso era: “zampar la carrereada” y “zafar bulto”. Entonces, apartado de ellas, me ponía a “quemar sheca” para encontrar dónde la pasaría mejor.
Muchos de esos momentos hermosos, que recuerdo con placer junto a mi madre, sucedieron cuando, por la tarde, sentados en banquitos a la orilla del poyo donde ella torteaba, ponía sobre el comal algunas tortillas a tostar y otras debajo a que casi se quemaran. Luego, las echaba dentro de la jarrilla para que hirvieran; enseguida, vaciaba una bolsita de Café Quetzal y comenzaba la charla. A las tortillas doradas les echaba frijoles con queso seco para que nuestros paladares disfrutaran mientras la charla discurría.
Mi madre, que era de origen pueblerino, hablaba bastante bien el idioma; por eso a veces criticaba a las personas citadinas cuando decían Maricsa, en vez de Maritza; pecsi, en lugar de pepsi, o acecte, por acepte; corructo, en vez de corrupto. En la revista de aquellos tiempos, Entre Broma y Broma, se satirizaba esa forma de expresarse; sobre todo, de las personas sencillas. He aquí un ejemplos: “—¡Ay veya si me va invitando, que yo con mucho gusto lo acecto…!” (No. 40, III Época, 5-7-1952). Aún hoy, en algunos lugares he escuchado esa simpática manera de expresarse.
Recuerdo con delectación cuando acompañaba a mi madre al mercado y ella tocaba con reiteración las frutas o mercancías; entonces, el dueño o dueña de la venta, le decía: “si no compra no mallugue”. Respecto al uso de esa metátesis, Antonio Batres Jáuregui en su chulada de libro Vicios del Lenguaje, dijo: “Muchas veces hemos oído en boca de gente zafia, y aún en la de muchos que se pican de personas de pro, mallugar por magullar”.
Aún hoy es muy frecuente el uso de próstesis que en el español antiguo fueron muy usuales; sin embargo, con la evolución del idioma, primero se convirtieron en anacronismos y ahora son usadas, por personas del más diverso nivel sociocultural; por ejemplo, el uso de venistes, en lugar de viniste; fuistes en lugar de fuiste, etc. Carlos Wild Ospina nos da un ejemplo: “Lo que fuistes, Juan, enterrado está”. En la actualidad se dice combatiste; en tiempos medievales, combatistes. Cervantes en su Don Quijote, nos ofrece un ejemplo: “—Paréceme, señor, que sería acertado irnos a retraer a alguna iglesia, que, según quedó maltrecho aquel con quien os combatistes, no será mucho que den noticia del caso a la Santa Hermandad y nos prendan…”
Pero el espacio es implacable y ya no da para más; así que, en otra oportunidad continuaré evocando estas chuladas del idioma.











Deja un comentario