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Un espacio de memoria que palpita

Venas Profundas

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Pablo Sigüenza Ramírez
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En el patio de la casa patronal, dentro de una finca cafetalera al pie de la Sierra Madre, un perro aúlla a la luna que palidece en cuarto menguante. El aullido es de dolor y vergüenza. No recuerda si alguna vez fue un perro fuerte, con dientes afilados, patas ágiles e instinto despierto. Lo que sí recuerda es que, en algún tiempo, era hábil cazador de aves, resistente para recorrer todo el terreno de la finca y un feliz acompañante de sus dueños. Hace un cuarto de siglo que el perro dedica todo el día a lamer sus heridas; por las noches aúlla sin consuelo.

Los dueños del desdichado perro dejaron de alimentarlo; lo encerraron en el patio para evitar que buscara comida por esfuerzo propio. Hoy es un perro enclenque, sus patas traseras no le sostienen, las costillas se notan bajo la piel sarnosa, ambos ojos están ocultos por párpados hinchados y sangrantes. Es también un perro ciego.

Además, los dueños lo apalean cada vez que se cruza por su vista, luego le soban la cabeza y al segundo inmediato lo patean para que se escurra detrás de cualquier arbusto cercano. A veces, los dueños le reclaman que ya no cuida, ni acompaña, ni entretiene. A veces, dejan que gente de fuera le dé migajas para que no muera de hambre. A veces, lanzan una rama para ver si se atreve a correr detrás de ella. Han ordenado a un peón que lo vigile y lo golpee si trata de levantarse o alzar la vista.

El perro entiende que debe mover sus músculos, sus huesos, su instinto. En lo profundo de su corazón hay un espacio de la memoria que palpita, memoria enterrada, memoria aún viva. Si tan solo lograra recordar que antes de entenderse perro, fue animal de montaña y que su aullido era producto de múltiples danzas con la luna. Si tan solo el corazón bombeara aquellos recuerdos de noches de caza y jornadas de orgulloso silencio a la luz del sol.

El escenario de aquellos recuerdos es un bosque o varios bosques, es el canto de la lechuza, es el germinar del teocintle, la irrupción de los duraznos silvestres en flor, el vuelo de cuatrocientos murciélagos. Si tan solo recordara que fue manada de lobos, manada de coyotes, de perros salvajes y no un enclenque y maltratado chucho de finca.

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