Las redes sociales dominan la discusión, inciden en la decisión y amenazan la reputación.
Gracias a mentes brillantes como las de, entre otros científicos, Marck Zuckerberg y Jack Dorsey, nos comunicamos con quien queremos, y si también lo deseamos, nuestros mensajes no tienen límites.
Ignoro si cuando Herbert Marshall McLuhan definió como “aldea global” al hecho de que los medios electrónicos rompían las fronteras y acercaban a las sociedades, se imaginaba que la distancia entre estas llegaría a ser apenas de un click.
La afirmación del investigador y docente canadiense se produjo en los umbrales de la séptima década del siglo pasado, mientras que el furor desatado por los programadores estadounidenses que popularizaron Facebook y Twitter, se inició en 2004 y 2006, respectivamente.
No puede obviarse que variedad de acontecimientos y de hombres y mujeres ligados a la ciencia contribuyeron con ese enorme salto que coadyuvó a fortalecer los derechos a la libertad de expresión y de información, y a la par, profundizó y mejoró las relaciones humanas de todo tipo y nivel.
Hoy, las redes sociales son el gran escenario donde sin restricción circulan información, opinión y entretención, los ejes exclusivos del periodismo que se han vuelto de uso común, aunque dicha acción se ejecuta sin la destreza ni la atención técnica que implica y obliga la profesión.
Por supuesto, emitir un juicio no es ni debe ser patrimonio de la prensa, sino de todas las personas y en ese marco aplaudo que las redes sociales propicien un ir y venir de contenidos que orientan y, especialmente, alimentan el debate sin necesidad de seguir las reglas y los procedimientos periodísticos.
Tal situación adquiere relevancia y valor en un país en el que no son lejanos los tiempos cuando pensar y hablar significaban un riesgo de muerte debido a la intolerancia dominante.
Y a propósito de riesgos, son diversos los que se derivan como consecuencia de la amplitud de facilidades que brindan las redes sociales, las cuales deberían administrarse con normas éticas y morales; sin embargo, los márgenes de la prudencia y el respeto frecuentemente no detienen a los abusos.
Insultos, acusaciones sin fundamento, afirmaciones que en otras condiciones jamás se formularían y arbitrariedades dan rienda suelta a un monstruo, de forma que en lugar de imponerse el cuidado y la responsabilidad, lo usual es gritar ¡cuidado! cuando voces imprudentes primero fusilan y después verifican.
Como las redes sociales a veces se tornan en una especie de inquisición que no otorga beneficio de la duda ni sopesa una duda razonable, sino que la víctima es lanzada a un coliseo romano virtual, es importante señalar la necesidad de regulación, no para frenar o anular los avances referidos, pero sí para generar condiciones respetuosas en una instancia que decide e incide.











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