Gabriela Montenegro Bethancourt
Secretaria Nacional de Ciencia y Tecnología
Continuando con el Mes de la Niña y la Mujer en la Ciencia, he reflexionado sobre aquello que poco se nombra: el peso del silencio. Un silencio que lejos de ser imparcial, termina sosteniendo injusticias y normalizando desigualdades. Hablamos de universidades como espacios de mérito y pensamiento crítico, pero esa imagen convive con prácticas que marginan y excluyen. No son hechos aislados, sino dinámicas normalizadas bajo jerarquías rígidas y redes de poder que se protegen a sí mismas. En la Universidad de San Carlos de Guatemala, referente público de educación superior, se percibe un divorcio entre el aparato administrativo y la comunidad académica. Profesores e investigadores, base de la calidad y del impacto académico, enfrentan decisiones que priorizan cuotas y lealtades políticas sobre el mérito. La discrecionalidad en el uso de recursos y el corporativismo del “no ver, no oír, no hablar” erosionan la confianza y blindan abusos. Cuando la academia se subordina a intereses políticos, el desarrollo científico se invisibiliza o se desacredita. Las más afectadas suelen ser mujeres, jóvenes investigadoras y personal en condiciones precarias. Las barreras no siempre son evidentes: aparecen en evaluaciones sesgadas, oportunidades limitadas y en la exigencia constante de demostrar el doble.
Cuando la academia se subordina a intereses políticos, el desarrollo científico se invisibiliza.
Lo más preocupante es la internalización de ese modelo. La culpa y la misoginia aprendida nos llevan a cuestionar nuestros propios logros. No es una falla individual, sino una respuesta social que exige desaprendizaje colectivo. El silencio termina siendo complicidad involuntaria que perpetúa la desigualdad. Reconocemos avances, pero aún falta para alcanzar una equidad real. Queremos más niñas en ciencia, pero también estructuras que reconozcan el trabajo de las mujeres: más liderazgos, más primeras autoras, más acceso a fondos y reconocimiento pleno. Los protocolos no bastan sin voluntad genuina de transformar la cultura institucional. Este mes, más que conmemoración, es un llamado a romper silencios y transformar la academia. Guatemala cuenta con mujeres líderes en ciencia comprometidas con ese cambio. Desde la Senacyt confiamos en ese camino. Que el peso del silencio se vuelva fuerza colectiva y que nuestras voces impulsen una academia más justa, crítica e inclusiva, con más mujeres rectoras promoviendo transformaciones profundas y más mujeres abriendo camino para las que vienen.











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