Hablar de Enrique Gómez Carrillo es adentrarse en la vida de uno de los personajes más fascinantes, cosmopolitas y, en su momento, polémicos de la literatura hispanoamericana.
Conocido como el Príncipe de los Cronistas, fue la encarnación misma del modernismo: elegante y viajero incansable. En el 153 aniversario de su nacimiento, se recuerda al diplomático y trotamundos que transformó la crónica periodística en un arte imperecedero.
Primeros años
Nacido en ciudad de Guatemala el 27 de febrero de 1873, su destino pareció sellarse cuando el propio presidente Manuel Lisandro Barillas le otorgó una beca para estudiar en España. Sin embargo, su espíritu inquieto lo llevó rápido a París, Francia ciudad que fue su verdadero hogar y musa.

Lazos de sangre
Durante un encuentro literario conversamos con Ana María de Eskenasy, presidenta de la Asociación Mundial de Mujeres Periodistas y Escritoras, y familiar del ilustre escritor, quien relató con orgullo cómo fue su tío abuelo.
“Él escribió 87 libros. En la familia conservamos todos y yo he leído entre 50 y 60. Hace un par de años, la Embajada de México me invitó a dar una conferencia sobre su vida y obra. Fue una experiencia especial, ya que mientras narraba su trayectoria, proyectaba las imágenes en diapositivas”, dijo.
Recordó que fue un gran bohemio, con una vida intensa en París y Madrid, además de ejercer como diplomático.
En la capital francesa, el literato no solo escribió, se fundió con la bohemia. Fue amigo cercano de figuras de la talla de Oscar Wilde, Paul Verlaine y Rubén Darío, integrándose plenamente al movimiento modernista.
Su legado importante no reside en la novela o poesía, sino en la crónica periodística. Elevó este género a la categoría de arte al transformar el reporte de actualidad en una pieza literaria llena de matices, sensaciones y un estilo refinado.
“En el ámbito de la entrevista fue uno de sus pioneros y contribuyó a consolidarla como un subgénero específico. Desarrolló un concepto propio que expuso en su breve ensayo El culto de la interview, en el cual subrayó la importancia de preservar íntegra la voz del entrevistado. Para él, la comunicación ideal debía basarse en la empatía, para evitar la intervención del entrevistador en el discurso del otro”, opinó el escritor Jaime Barrios Carrillo.
Recorrió Rusia, Japón, China y Egipto, envió sus notas a diarios de España y América Latina (como El Liberal y La Nación). Abordaba desde la psicología de las mujeres de distintas culturas hasta horrores de las trincheras en la Primera Guerra Mundial.
Entre sus obras están La Grecia eterna, El alma japonesa, El Japón heroico y galante, La sonrisa de la esfinge, El evangelio del amor y La Rusia actual.
Vida de novela
Carrillo fue tan famoso por su pluma como por su vida personal. Su biografía está salpicada de duelos de honor, romances intensos y su papel como diplomático.
Se casó en tres ocasiones. Su primera esposa fue la escritora y feminista Aurora Cáceres; después contrajo matrimonio con la cantante y actriz española Raquel Meller y, al final, con la salvadoreña Consuelo Suncín, quien años más tarde se uniría en matrimonio con Antoine de Saint-Exupéry, célebre autor de El Principito.
Incluso se vio envuelto en el drama de la espía Mata Hari. Los intelectuales franceses lo acusaron de haberla entregado y de enamorarla, acusaciones que el escritor negó, según testimonio del poeta Miguel Marsicovétere Durán.
Legado y muerte
Falleció en París el 29 de noviembre de 1927. Sus restos descansan en el cementerio de Père Lachaise, junto a grandes nombres de la historia universal.
Aunque en Guatemala su figura fue cuestionada por su prolongada ausencia y su cercanía con dictadores como Manuel Estrada Cabrera, su maestría y capacidad para “pintar con palabras” lo consagraron como exponente de las letras hispanoamericanas.











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