Tiempo de reavivamiento

Démonos la oportunidad del reavivamiento al aceptar que somos seres transitorios, contradictorios y traicionados por sus propias pequeñeces.

Este debería ser el período más significativo del año. En la cúspide de la Cuaresma, la Semana Santa es invitación para reflexionar y discernir. El desmedido ambiente vacacional es una trampa del consumismo que conlleva ignorar, menospreciar o despreciar la dimensión espiritual de toda persona. La confusión que nos rodea puede llevar a relativizar las verdades más importantes; de ahí que el desafío sea mantener una actitud lúcida y serena frente al secularismo.

Todas las pruebas a que estamos sometidos requieren la disposición de ser purificados de nuestras incongruencias, violencia y desatinos. Hace falta reconocer esos errores y aprender a perdonarnos, antes de pretender el perdón divino o de nuestros semejantes.

Estas reflexiones las escribo después de comprobar el optimismo de mi Mercedes. Hace diez años, la sentía desprotegida y olvidada por Dios, luego de abrir sus ojos y su mente ante la desventura de descubrir las circunstancia de la muerte de su madre y su hermana. Ahora, la veo amparada en su fe y que ha hecho sus duelos.

Por ellas, la familia que llevo en la sangre, patria espiritual y misión en esta vida, bosquejo un sentido de la Cuaresma. No me acompaña el sufrimiento, sino la esperanza.

Talvez en muchos el reclamo por la violencia que nos acechan, los impulse la rabia, pero ojalá en todos fuera la necesidad de no perder las ganas de luchar, aunque el horizonte sea tan poco promisorio. Si no nos dejamos vencer, tendremos la Pascua de mantener la fe en que la conducta humana puede cambiar. Ahora es nueva ocasión para declararnos en estado de asamblea.

El propósito sería admitir que debemos superar desencuentros, en un clima de libertad y de fidelidad al mensaje cristiano, tan sencillo en sus preceptos, pero tan arduo de cumplir. No podremos afrontar purificaciones y correcciones si no contamos con el amor como la fuerza primordial de nuestra vida.

Démonos otra oportunidad, aunque decirlo parezca sencillo y sentirlo resulte ajeno. Solo la grandeza de espíritu permitirá que nos aceptemos como seres efímeros, contradictorios y traicionados por sus propias pequeñeces.

Si empezamos por ese reconocimiento, la opción sería comprometerse en la búsqueda del bien común. Pidamos a Dios que sane nuestros corazones y nos proporcione la fuerza para edificar un mundo de paz plena y permanente.

Marco Vinicio Mejía