JORGE RUANO ESTRADA
Coordinador Académico
[email protected]
Es momento de tener conversaciones más amplias que no sean de izquierda ni de derecha, sino simplemente humanas. “El poder sin amor es imprudente y abusivo, y el amor sin poder es sentimental y anémico” (Martín Luther King). La cosmovisión del siglo XXI es más holística y personal, todo lo que ocurre en el mundo material ocurre primero en la mente de alguien. Podemos ser el cambio que queremos ver en el mundo, y para ello es preciso estar en la disponibilidad a ser personas diferentes.
Lo que nos trajo hasta aquí no nos llevará hacia adelante. La política que transformará los acontecimientos es diferente de la política del pasado. No se trata de ser pasivos ante la injusticia, sino de encontrar maneras más efectivas de generar el cambio que defendemos. Denunciar la injusticia real con fuerza y contundencia es importante. Podemos alzar la voz y actuar con firmeza contra las tácticas viles sin demonizar a todos los del otro bando. El peligro surge cuando la crítica impulsada por la ira se convierte en nuestra estrategia principal: demonizar o burlarnos constantemente de todos con quienes discrepamos. En estos tiempos políticos tensos y aterradores es tentador vilipendiar a quienes tienen opiniones contrarias a las nuestras. En activistas políticos hasta ciudadanos comunes, y especialmente entre comentaristas y la clase política, la demonización, llena de odio de los “oponentes” ha alcanzado niveles tóxicos. Al usar ataques personalizados y menospreciar a los demás, los empujamos a posiciones defensivas más profundas y reforzamos las mismas divisiones que decimos querer sanar. Debilita la capacidad de alzar la voz cuando la crítica fuerte está verdaderamente justificada y crea una división profunda que nunca podemos llegar a un acuerdo. El diálogo se estanca, la desconexión se agrava y los muros entre nosotros se elevan.
Denunciar la injusticia real con fuerza y contundencia es importante. Podemos alzar la voz y actuar con firmeza contra las tácticas viles sin demonizar a todos los del otro bando.
Ese ciclo tóxico incita a los oponentes a tomar medidas más drásticas, llevándonos por el camino de la polarización arraigada y aleja a posibles aliados que valoran la colaboración y el diálogo constructivo. Significa aceptar que el cambio duradero rara vez se logra mediante la vergüenza y el ataque. En cambio, se logra mediante el esfuerzo de tender puentes y encontrar puntos en común











Deja un comentario