Nuestra entrevista con Luis Díaz Aldana se inició en su ámbito de memoria y silencios elocuentes. Rodeado de recuerdos y de la huella de seis décadas dedicadas al arte y la arquitectura, el artista guatemalteco habló en su residencia con la serenidad de quien ha aprendido a vivir en lo esencial.
Enfrente su pieza titulada Paz se alza como un manifiesto personal: un objeto sencillo, pero simbólico, nacido de la convicción de que la palabra puede sembrarse y celebrarse.
Es un recorrido por la mente del maestro, en la cual cada respuesta se desenvuelve como sus franjas de color: serpentea, ocupa espacio y se niega a ser ignorada.
Para él, el límite nunca fue el muro, sino el país entero, la ciudad, el mundo que estaba dispuesto a conquistar con azul, blanco y la convicción inquebrantable de que la estética lo es todo.

Tradición y experimento
¿Cómo ha influido esa tensión en el desarrollo de su obra?
Existen numerosos fenómenos que influyen en el desarrollo de cualquier disciplina artística, sea la poesía u otra, y eso no significa que uno pueda desentenderse de la obligación de mantenerse al corriente.
Los periodistas, por ejemplo, terminan involucrándose en múltiples ámbitos porque necesitan estar en contacto con las personas que surgen y prepararse constantemente.
De manera similar, he procurado formarme de manera completa, dentro de las limitaciones de mi propia vida. Mi mente tiende a escapar hacia ideas propias, y vivo entre esas dos fuerzas: la necesidad de estar informado y el impulso creativo.
Al final, siempre terminan dominando mis planteamientos, porque prefiero dejar mi pensamiento en cada concepto que inicio y desarrollarlo hasta abrirlo y cerrarlo.
Ese proceso me mantiene ocupado, y me llevó a escribir libros para ilustrar mis reflexiones, ya que no existe otra forma de explicarlas. No me agrada que alguien intente simplificarlas demasiado, porque se trata de un recorrido complejo.
Llevo casi seis décadas dedicado al arte, y explicar ese trayecto resulta difícil, precisamente por su extensión. Además, soy una persona disciplinada. Como mencioné, si debía construir una casa para albergar a mi familia y vivir en la montaña, la hice. Pero me preparé para diseñarla con términos simples, aunque adecuados a mi manera de ver el mundo.
Hace casi 60 años concebí ese proyecto, y como soy obsesivo con mis asuntos, no podía tolerar contratar a un arquitecto. Mi mente no lo aceptaba. Como creativo, me eduqué en la resolución de problemas, y decidí enfrentar personalmente los retos de cada aspecto de la vida.
¿Cómo transforma el fervor personal en una pieza?
Siendo disciplinado, creo que todos compartimos ese famoso fervor, sin importar la profesión: periodista, artista o cualquier otra. En mi caso, dentro del arte, he encontrado nichos y espacios donde puedo expandirme.
Además, quiero señalar que la mayoría de lo que he logrado ha sido fruto de la autoformación, ya que no poseo ningún título académico. Cursé dos años en la Facultad de Arquitectura, pero no me sentí cómodo y decidí abandonar, aunque siempre me fascinó esa disciplina, al igual que la pintura y la escultura.
Por eso, dedico toda mi intensidad a cada pensamiento creativo que surge en mi mente: la perfecciono, la vinculo con otras y me mantengo ocupado las 24 horas del día. Vivo en un proceso constante, como en un laboratorio, un alambique.

Gukumatz y Brasil
¿Qué significado tuvo la metáfora del choque?
Si hablamos de Gukumatz, podría decirse que, según lo que he escrito últimamente, se ha convertido en la obra central de todo mi trabajo, debido a la magnitud de lo que ocurrió alrededor de ella.
En ese contexto, emprendí el camino hacia Brasil en 1971, con cierta información sobre cómo funcionaba la bienal y lo que implicaba participar.
Al estar allí, pude dominar el espacio a mi antojo y resolverlo de una manera muy personal, mediante la franja azul, blanco y azul que concebí como un listón.
Mi única idea al principio era trabajar con esos dos colores, ya que no podía utilizar otros. Elegí esas tonalidades porque llevo a mi país en el corazón, y lo más importante era instalar su identidad cromática en el lugar. Creo que eso se logró: la franja resultaba impactante y dominante en el espacio.
Las dimensiones de São Paulo son gigantes, y se integraba, recorría y dialogaba con la arquitectura. La pregunta fue por qué decidí colocar un carro chocado. La respuesta es sencilla: después de recorrer todo el edificio y salir por la entrada principal, me encontré con una banqueta. La subí y me pregunté qué hacer, pues frente a mí estaba el parque inmenso.
Inicialmente, era pedir permiso para pintar las banquetas del parque y extender la pieza a lo largo de dos kilómetros. Sin embargo, no me lo autorizaron y me indicaron que debía limitarme al área de la Bienal.

Entonces acudí al departamento de Tránsito en busca de un auto colisionado. Un amigo me acompañó y juntos hablamos con el jefe, a quien le expliqué mi propuesta. Le pareció interesante y me sugirió que buscara un Volkswagen.
Lo encontré, pedí una grúa y finalmente me lo llevaron al sitio. Lo tenía todo resuelto: llegué con el vehículo y lo pinté de amarillo y rojo. El resultado funcionó de manera extraordinaria, transformándose en un espectáculo urbano, violento, como un verdadero choque. Esa era la metáfora auténtica.
Guatemala logró destacar con fuerza gracias al impacto de estas propuestas que trascendían los salones de exhibición, pues en aquellos años las muestras se limitaban a los muros propios.
Crítico de la realidad
¿Cómo conciliar la mirada a lo interno y rescatar la imagen del país?
Absolutamente. Sigamos hablando de Gukumatz, ya que esta instalación resume de manera muy cercana la trayectoria de un artista que proviene de un país subdesarrollado como Guatemala, pobre y con escasos recursos.
Llegué a Brasil y, podría decirse, logré dominar aquellos espacios, al dejar instalados los colores patrios en medio de la sala. Funcionó porque todos comentaban: “Oh, esto es una invasión”. “Esto es Guatemala, ese azul y blanco que circulaba por el área”.

Llegar desde una nación pequeña como Guatemala, casi invisible en el panorama internacional, y lograr dominar de tal manera que las ideas conceptuales se hicieran presentes, para obligar a la gente a descubrirlas y tomarlas en cuenta, fue un acto decisivo.
Bastó el esfuerzo personal de crear aquella franja y resolverla con creatividad estética: el mensaje estaba dado.
Escencia
¿Cómo logra equilibrar emoción y creación?
Guatemala es un país de tradiciones, folclor y una energía única que se manifiesta en cada celebración.
Desde la solemnidad de la Semana Santa hasta la alegría de la Navidad, el país se llena de color: el papel de china, con sus tonos primarios, invade las calles y los hogares para crear un ambiente festivo.
De joven, esa imagen quedó grabada en mi memoria como una forma de decir: “Mi país genera esta fuerza”. Aunque en otros lugares las celebraciones pueden parecer similares, en Guatemala poseen un matiz peculiar, una esencia propia.
Esa esencia está ahí, esperando al individuo, al creador, que sepa reconocerla y trasladarla al arte. Muchos pasan de largo sin notarlo, pero yo la encontré y la llevé al objeto artístico, elevándola al nivel de una bienal.
Generación consolidada
¿Cómo influyó el pasado en su estilo?
Desde joven comprendí la importancia del Centro Cívico. Corrían los años cincuenta y, siendo aún desconocido, me acerqué a ese espacio en construcción para investigar y aprender.
Allí conocí a arquitectos como Roberto Aycinena, Jorge Montes, Carlos Haeussler, Raúl Minondo y Pelayo Llarena. También a creadores que decoraron los murales como Roberto González Goyri, Carlos Mérida, Dagoberto Vásquez y Guillermo Grajeda Mena. Ese fue mi primer encuentro con un grupo de ilustrados, y pensé: “Estos son los modelos que debo seguir”.

Desde entonces me quedé ligado a estos temas, al descubrir cómo emergía con una arquitectura monumental y con una integración del arte que resultaba fascinante.
Reconocerlo exige sensibilidad y formación. Yo siempre he sido un defensor y amante del Centro Cívico, convencido de que nada supera la fuerza y la calidad de las personas que lo hicieron posible.
Con el tiempo, me convertí en amigo íntimo de los arquitectos y artistas que participaron, ganándome su respeto gracias a mi trabajo y mis ideas. Allí se logró lo que llamo una fusión de fuerzas, un encuentro entre arquitectura y arte que dio frutos extraordinarios.
Yo soy producto de esa experiencia, el guatemalteco que surgió de ese espacio, y hoy el único sobreviviente de aquella generación. Recuerdo haber recorrido cada rincón del Centro Cívico: formaletas, fundiciones y espacios en construcción.
Me metía a la fuerza porque para mí era una gran escuela, irrepetible. No había otro lugar donde pudiera aprender tanto. Esa relación física con la obra me enseñó a reconocer que “aquí están las cosas”.
Lo que queda es esforzarse por entenderlas, adentrarse en ellas y asimilarlas, para finalmente digerir la cultura nacional y hacerla propia. Quiero subrayar que todo lo que he dicho gira en torno a la estética, porque considero que es el eje de todo. Está presente en la fotografía, en la manera de escribir. La estética es la esencia, y esa es la verdad.











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