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OPINIÓN

Objetivos de innovación para 2016

La innovación es tan específica como cualquier otra área de los negocios.

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La innovación es tan específica como cualquier otra área de los negocios.

Año nuevo, vida nueva. Estas fechas son especiales para plantearse objetivos de cambio y alcanzar nuevas metas. Nuestros logros en materia de innovación han ido en aumento, pero aún menos del 4 por ciento de las empresas genera innovaciones nuevas para el mercado y la empresa. 

La innovación es tan específica como cualquier otra área de los negocios. Como en toda área, el sentido común sirve hasta cierto punto…a partir del cual se comienza a cometer errores. ¿Qué sucedería en su empresa si no hubiera profesionales especializados en el área de finanzas?, ¿en personas?, ¿o en producción y operaciones? Imagine el escenario y lo que sucedería si estos cargos estuvieran en manos de personas formadas en otras áreas. Bueno…los resultados no son muy distintos cuando se designa como responsable de innovación a profesionales sin la formación, herramientas o experiencia necesarias.  

Parte importante de los problemas de las empresas nacen por competir por participación de mercado. Cuando se toman decisiones en un “mindset” de tamaño de torta fija, la competencia se vuelca hacia disminución de costos y “robarle” clientes a la competencia. Esto, por lo general, sucede en mercados altamente comoditizados. En innovación, el enfoque lleva a tomadores de decisión a cambiar desde competir por costo a buscar aumentar el tamaño de la torta, mediante nuevas maneras de entender la creación de valor. Esto requiere, necesariamente, de entender el “sentido” de las experiencias de consumo de los clientes. De esta manera, la empresa se vuelca a un mercado por lo general de mayor tamaño y crecimiento. Las empresas de telecomunicaciones no han cambiado mucho su modelo de negocios en los últimos 20 años. Al mantenerse así, sin embargo, no han sido capaces de capturar el crecimiento exponencial del tamaño de la torta que se sustenta en las redes que ellas manejan.

Les deseo lo mejor para estas fiestas, y un mejor año 2016. Que sus desafíos sean grandes, difíciles y llenos de oportunidades, y que su recorrido esté lleno de aprendizajes, fallas y éxitos (al final).

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ARTES

Persiguiendo a Trane

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El jazz de los años 50, 60 y 70 es una fascinación para mí, porque hay en las composiciones una especie de locura y de escape a otro mundo; un universo musical imposible de descifrar y entender. Cada canción es una forma de perderse en uno mismo, y al terminar, lastimosamente, regresamos con total desgano a esta vida.

Por eso, es refrescante encontrarse en un disco o en un documental una figura que simbolice el escape de la realidad. Miles Davis es una leyenda que explora el sentimiento del humano y sus bestiales desgracias, que son retratadas en composiciones urbanas. Hay algo que Davis encontró en John Coltrane, y es un espíritu a punto de explotar. Cuando lo invitó a las sesiones de Kind of Blue, John aportó con su talento a la mirada de otro. Aunque Davis le soltó el espíritu creativo, Coltrane sabía que no era su visión, y prefirió aprender. 

Coltrane es, en sí, la locura. Aceptó que su música era una manera de luchar contra la violación de los derechos humanos y la segregación de los afroamericanos en EE. UU., y que, además, le serviría para perseguir a Dios de una forma frenética, febril y demente. Para cuando empezó a grabar Giant Step, entre los recesos de Kind Of Blue, su talento estaba desbocado. Coltrane sufría de muchas dudas y, cinco años antes, Thelonious Monk, ese otro genio de la locura del jazz, fue quien lo alentó a descubrirse y a tener confianza para romper con todo y todos. 

Cuando reiniciaron las grabaciones al lado de Miles, Coltrane ya no quería estar ahí. Ya sabía lo que tenía qué hacer, y así comenzó una carrera estratosférica y breve: la de un cometa que se convirtió en la más brillante estrella.

El documental Chasing Trane, que se puede ver en Netflix, es una lectura basta del hombre, sus miedos y las dudas autodestructivas, que querían aplastarle el talento y lo llevaron a las drogas. A veces no se entienden muchas cosas, ni cuáles son nuestros deberes en la Tierra y en la vida. Ese sobrecogedor pensamiento hizo que Coltrane perdiera todo antes de empezar. 

Sus primeras grabaciones eran un desastre, y solo los que rayan en la locura encontraron en Coltrane un diamante en bruto que con el paso del tiempo brillaría. Aquel feroz trompetista Dizzy Gillespie lo tuvo bajo su ala para nutrirlo, pero a John le ganaron sus demonios y, eventualmente, fue despedido de la banda de Dizzy. John se hizo una promesa y logró desintoxicarse. A partir de ahí inició su meteórico ascenso al olimpo de los dioses del jazz, algo que asumió como un llamado divino.

Chasing Trane intenta explorar la mente de John y su abstracta creatividad. Su mayor creación, el disco A Love Supreme, es el segundo mejor álbum de jazz desde Kind Of Blue, de Miles, y no es el primero por poco. Insisto, es locura, la locura del divino. Por momentos no entendemos ese frenesí pero este jazz; no puede cuestionarse, porque es un universo donde la crueldad del mundo no llega, no toca, no muerde. Habita en lo azul del cielo, flota en el sentimiento infantil y en la nobleza del espíritu. 

No se puede ser el mismo después de escuchar a John con su saxo, su clarinete o flauta. Si The Birth Of Cool, de Davis, que también puede verse en Netflix, es una lectura profunda de Miles en crecimiento, esplendor y trágica decadencia, Trane es la tragedia del astro cuya luz pasó muy rápido pero su cola iónica aún es visible. 

Hay una desventaja de morir joven, y es que al que parte pronto se le extraña mucho en los otoños más aciagos. Sin embargo, levantar la vista y admirar su rastro cósmico en el cielo provoca la sonrisa más angelical. Muy recomendado.

Allan Martínez
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ARTES

El último baile de los Bulls

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Aún no sé responder si yo no jugaba baloncesto porque era malo, o era malo porque no jugaba baloncesto. Me entienden… como la gallina y el huevo. El baloncesto nunca fue mi deporte, ni se acercó un poco a lo que fue el futbol y el beisbol en mi juventud.

En una ocasión le pedí prestada su pelota a un amigo para ir a entrenar a solas a las canchas cercanas a mi casa durante las vacaciones de colegio. Nunca pude realizar esas prácticas, porque a la velocidad de la luz entraban en escena 3 o 4 mocosos para pedirme reto. Aparecían como moscas buscando miel. Desgraciadas moscas.

Siempre terminaba con más de una cachetada en el rostro, un dedo dislocado y ampollas en los pies. Y sin haber conseguido un rebote o anotar un solo punto.

Creo que el logro más importante que guardo de este deporte fue una vez que le gané a dos amigas de la universidad. Cabe mencionar que durante el encuentro ambas vistieron sus acostumbradas botas de plataforma noventeras. Pero jugaban bien, confíen en lo que digo.

Para lo que de verdad terminé siendo estupendo fue para no perderme en televisión por cable los juegos de Michael Jordan y los Bulls de Chicago. ¡Maravillosos! 

Desde las primeras notas de Sirius, cuando introducían a la alineación titular de los Bulls, hasta los últimos puntos de Jordan, era toda una aventura.

Nunca soñé jugar como él o tuve una playera de los Bulls (ni siquiera de Space Jam, con Bugs y Daffy), y eso que las vendían en cada esquina de cada mercado o tienda. Pero recuerdo maravillarme con el vuelo de Jordan y el espectáculo de Pippen y compañía. Se me eriza la piel con tan solo recordarlo.

Así que no es sorpresa compartirles la emoción que siento al ver el documental The Last Dance, en Netflix, acerca de Michael Jordan, del equipo, sus rivales, la franquicia, las figuras deportivas y lo que rodeó a los legendarios Bulls.

Sonaré como un viejito estrenando placas dentales al decir: “Ahora la NBA no es así”. Acepto que hay jugadorazos y hay buenas figuras, pero ¿dónde está el drama? ¿dónde están los juegos de palabras y retos en la cancha? ¿dónde está la mirada a los ojos después de haber clavado una canasta encima del contrincante? ¿dónde está Jack Nicholson?

No solamente ha sido interesante revivir esos tiempos de la NBA, también he regresado a esa época: los 90. He quedado pensativo al ver en el documental a las personas sin un teléfono celular en la mano todo el tiempo, revivir el poderío de los medios de comunicación tradicionales y ver a gente divertirse con juegos de cartas o, sencillamente, conversando unos con otros.

Así éramos en esa década, así peleábamos cada día por ser mejores, o por lo menos por empatarle a la vida. Ahora, tal vez lo seguimos haciendo, pero añadiendo selfies en Instagram.  Vean The Last Dance, superrecomendado.

David Lepe
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ARTES

El sonido de la experimentación

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Estos últimos días he pensado de manera constante en la importancia de las redes sociales como una forma de estar informados y conectados con las personas más cercanas a nosotros, claro está. Pero también como un modo de mantener la cordura y la salud mental, llámenle como quieran. Con esto me refiero a que el mundo está en la palma de nuestras manos. 

En mis redes personales sigo a muchos de mis héroes musicales. Uno de ellos es Michael Gira, el cerebro maestro y uno de los genios detrás de la banda Swans. En sus cuentas suele postear muy a menudo recomendaciones artísticas, que incluyen cine, música y literatura. Debo decir que casi siempre sus sugerencias son para mí una especie de bálsamo que viene a enriquecer mi propio acervo cultural. 

En uno de sus últimos post elogiaba a la banda australiana The Necks, sobre todo porque todos deberíamos escuchar su discografía y su más reciente disco, titulado Three. Personalmente, disfruto mucho del jazz, en especial del bebop, pero confieso que no le he puesto mucha atención a muchos grupos de jazz experimental. Sin embargo, decidí seguir el consejo de Gira, y aventurarme a conocer un poco de la música de The Necks. Y vaya que valió la pena hacerlo. 

Three es el 21 álbum de este legendario trío instrumental. Si tuviera que describir la música de The Necks, la definiría como una exploración musical serpenteante, textural y visceral, a través de viajes sonoros y contrastantes que profundizan en atmósferas extrañas, y a veces lúgubres sonidos que van más allá de la misma experimentación. No sé qué tanto improvisa la banda con sus melodías; quisiera tener la experiencia de un músico como para poder deducirlo, pero no. 

Todo parece perfectamente armado: cada instrumento y cada sonido que producen encaja de manera sublime en todo el cuerpo de trabajo de la banda. La variedad de tonos y estructuras de Three ofrecen un vistazo a un universo sonoro sin límites y profundo, que The Necks ha estado construyendo a través de su larga trayectoria. 

Investigando la historia de este grupo, puedo asegurarles que es una formación musical que ya tiene un estatus de banda de culto. No dudo que, a partir del consejo de Michael Gira, seguiré navegando en este largo viaje hacia lo más insondable de la sonoridad de The Necks. Si yo fuera ustedes, amigos míos, también lo haría.

Para escuchar: El disco completo Three

Álvaro Sánchez
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