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OPINIÓN

Ludopatía virtual

El “héroe virtual” es capaz de decapitar a cientos de individuos en un santiamén, sin que esto cause el menor rasguño en el alma del joven jugador.

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El “héroe virtual” es capaz de decapitar a cientos de individuos en un santiamén, sin que esto cause el menor rasguño en el alma del joven jugador.

La ludopatía es un trastorno que aunque no es considerada en sí misma como una enfermedad, puede ocasionar serios problemas en la vida cotidiana. Un ludópata es aquella persona que siente compulsión irrefrenable hacia el juego, especialmente los juegos de azar. Apuestan grandes cantidades, no con el propósito de ganar, sino como un mecanismo para canalizar estados de tensión. Una persona que padece de este trastorno puede perder familia, casa y demás bienes, recurrir a préstamos e incluso al robo, para desahogar su compulsión al juego.

Por analogía, el mundo virtual ha venido a provocar en algunas personas, especialmente niños y adolescentes, el desarrollo de ciertos hábitos relacionados con el uso excesivo e irrefrenable de dispositivos que los conecten con esta dimensión. Por supuesto que no es solo la virtualidad lo que ha provocado dichos hábitos. Estos se extienden a cualquier manifestación de tecnología digital. Vemos cómo las salas de videojuegos en los grandes centros comerciales están llenas de jóvenes y niños dando rienda suelta a sus hábitos compulsivos de consumo lúdico. Quienes provienen de familias con mayores ingresos se compran sus aparatos de videojuegos para manipular en casa. En otras palabas, mientras más cerca la tentación, más posibilidad de adquirir el hábito ludopático.

En algunos países existen estudios muy serios que revelan cuánto afecta el uso excesivo de tecnología digital y virtual en la conducta de niños y adolescentes, al extremo de apartarlos del mundo real y sumirlos en un estado permanente de fantasía donde se realizan sus sueños con un solo clic en la computadora o su dispositivo móvil. En el Internet se encuentra una vasta oferta de juegos que incitan e inculcan los juegos con dinero “ficticio”. Otros, que contienen dosis de violencia extrema. El “héroe virtual” es capaz de decapitar a cientos de individuos en un santiamén, sin que esto cause el menor rasguño en el alma del joven jugador.

Llama la atención un programa de rehabilitación de jóvenes que han caído en esta situación de uso irrefrenable de la tecnología digital (videojuegos e Internet), llevado a cabo en China. Sucede que el Ejército de ese país tiene un programa de entrenamiento militar en el que los padres inscriben a sus hijos para someterlos a un proceso de rehabilitación de conducta que los lleve a dejar el hábito de consumo digital. Por supuesto que existen casos extremos, como aquel joven que murió después de pasar 23 horas sentado frente a la máquina de videojuegos.

Usted, padre de familia ¿supervisa el tiempo y la calidad de videojuegos que usan sus hijos? ¿Incursiona alguna vez en sus sitios favoritos para saber qué ven sus hijos? ¿Comparte tiempo sano con ellos y les supervisa el uso de videojuegos e Internet? Por supuesto que las nuevas tecnologías no son buenas ni malas en sí mismas, sino el uso que hacemos de ellas. La dosificación depende de usted.


Carlos Interiano
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COLUMNAS

Día Mundial de los Océanos: una tarea colectiva

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Bernardo Broitman
Profesor Titular FAL

“Y si te toca llorar, es mejor junto al mar”, cantaba Serrat desde su pueblo a la orilla del mar Mediterráneo. En los países del Pacífico Americano, el mar también es una fuente de inspiración, de pertenencia y a veces de temor, desde caldillo de congrio en cocinas y poemas, a maremotos y Caicai vilú en nuestra historia.

Pero, en el mundo físico, ¿sabía usted que el océano es el termostato del planeta? El océano global regula la temperatura absorbiendo el exceso de calor que se está acumulando en la atmósfera, ayudando a moderar la velocidad del calentamiento global, el agua puede guardar mucho más calor que el aire: cuesta más calentar el agua de la tetera que aire alrededor.

Nuestra prosperidad pasa por el mar: comercio, transporte, recursos, identidad, descanso e
inspiración.

Eso quiere decir que de todo lo que se ha calentado el planeta desde que se aceleró este proceso en los años 70, los mares han absorbido un increíble 90 por ciento de este exceso de calor el que, por ahora, está guardado en sus profundidades.

O quizás usted sin duda se ha planteado que “el agua es vida”, pensando en nuestras recurrentes sequías y la futura falta de lluvias. Esta afirmación popular tiene mucho de realidad, la vida en el planeta se originó en sus océanos primitivos.

Sabemos que había mucha agua líquida sobre el planeta muy poco después de que se formó, agua que quizás fue traída por cometas antes que tuviéramos una atmósfera como la de hoy. Eso fue hace miles de millones de años, cuando el Sol no brillaba tanto como lo hace ahora, o sea muy poco después que se formó en el Sistema Solar.

Entonces, si pensamos en el mar, sería bueno agregar que, además de envolvernos en cultura, sabiduría y sabor, fue el lugar donde partió la vida en el planeta. Y a eso sumar que actualmente el océano es lo único que nos protege del desorden que hemos causado al sistema climático a medida que insistimos en quemar esas plantas muertas y enterradas hace cientos de millones de años, mejor conocidas como combustibles fósiles.

¿Será algo que nos reúna como pueblo, país, sociedad, el preocuparnos un poco más del mar? Nuestra prosperidad pasa por el mar: comercio, transporte, recursos, identidad, descanso, inspiración y ahora, gracias a viejas tecnologías que recién descubrimos, el agua desalada para quitarnos la sed. Cuidemos el mar, es un lugar de vida, es colectivo, y escuchemos a Gabriela Mistral: “Voy hacia el mar voy, voy yendo.”

Colaborador DCA
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COLUMNAS

Trabajo infantil en Guatemala: un llamado a la acción

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Julio César Hernández Rodríguez
Director de Estadísticas Laborales, Ministerio de Trabajo y Previsión Social

El trabajo infantil es una violación a los derechos humanos de la niñez, que tiene implicaciones sociales y económicas importantes para las sociedades.

El trabajo infantil afecta negativamente el desarrollo físico y psicológico de los niños y las niñas, pues a menudo están expuestos a condiciones peligrosas, como trabajar en lugares insalubres o con herramientas, materiales o maquinarias peligrosas, durante jornadas largas que pueden dañar su salud.

También, afecta el acceso a la educación, pues los niños que trabajan pueden tener dificultades para asistir a la escuela y concentrarse en sus estudios, lo que conlleva a un retraso en su aprendizaje y
desarrollo.

Casi 350 mil niños y niñas de 10 a 14 años se encuentran trabajando en Guatemala,
según cálculos realizados por la Dirección de Estadísticas Laborales del Ministerio de Trabajo y Previsión Social.

El trabajo infantil también se relaciona a menudo con familias en situación de pobreza y que no tienen recursos adecuados para vivir. Si los niños trabajan en lugar de estudiar, es menos probable que adquieran las habilidades para escapar de la pobreza: el trabajo infantil perpetúa el ciclo de pobreza.
Para abordar el problema del trabajo infantil, el Estado de Guatemala ha asumido compromisos nacionales e internacionales para su erradicación.

Dentro de estos compromisos se encuentra la Convención sobre los Derechos del Niño, ratificada por Guatemala, a través de esta “reconoce el derecho del niño a estar protegido contra la explotación económica y contra el desempeño de cualquier trabajo que pueda ser peligroso o interferir en su educación, o que sea perjudicial para su salud o para su desarrollo físico, mental, espiritual, moral o social”.

Asimismo, Guatemala ha ratificado normas internacionales del trabajo que prohíben el trabajo infantil y promueven su eliminación, entre estas: el Convenio sobre la Edad Mínima de Admisión al Empleo (núm. 138), y el Convenio sobre las Peores Formas de Trabajo Infantil (núm. 182).

Casi 350 mil niños y niñas de 10 a 14 años se encuentran trabajando en Guatemala, según cálculos realizados por la Dirección de Estadísticas Laborales del Ministerio de Trabajo y Previsión Social, a partir de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2022-2023.

Esta cifra representa que 17.8 por ciento de la población de 10 a 14 años se encuentra trabajando, siendo Totonicapán (31.9 por ciento), Chimaltenango (28.5 por ciento) y Alta Verapaz (27.9 por ciento) los departamentos con mayor incidencia de esta problemática. Los datos también muestran que de los niños que trabajan: dos de cada tres son mayas, 60.8 por ciento trabaja sin remuneración y 57.6 por ciento está en la agricultura.

Reconociendo las obligaciones del Estado de Guatemala y las implicaciones que esta problemática tiene para miles de niños y niñas del país, dentro de las múltiples acciones realizadas por el Ministerio de Trabajo y Previsión Social para la erradicación del trabajo infantil, recientemente realizó el Congreso Nacional de los Consejos Departamentales de Prevención y Erradicación del Trabajo Infantil (Codepeti), reconociéndolos como espacios valiosos para la discusión y reflexión en torno a esta problemática y destacando la actuación local como clave para erradicar el trabajo infantil.

La erradicación del trabajo infantil debe ser una apuesta de la sociedad guatemalteca, lo cual requiere del compromiso y la acción de todos los actores, incluyendo el sector gubernamental, el sector privado, trabajadores, organizaciones de sociedad civil y de la población en general.

Colaborador DCA
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COLUMNAS

Con una nueva vida en las alforjas (III)

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Concha Martínez Pasamar
Autora del libro Bibliotecarias a caballo
Revista Nuestro Tiempo

Sin embargo, en muchas zonas, también en los parajes del este de Kentucky, no abundaban esos destinos. En aquel rincón del país, la vida recordaba a la de siglos anteriores. Desperdigadas por los valles se encontraban sencillas cabañas de troncos con un porche.

Sin electricidad ni agua corriente, aquellas cuatro paredes carecían de cuarto de baño.

El calor o el frío se colaban entre las rendijas de los tablones, haciendo de la casa un tosco refugio. Aunque las grietas se remendaban con arcilla, los materiales terminaban por deteriorarse, y los muros debían cubrirse con periódicos o viejos almanaques. Sin electricidad ni agua corriente, aquellas cuatro paredes carecían de cuarto de baño y acogían un parvo mobiliario: las camas, donde dormían varias personas, compartían espacio con algunos asientos y la mesa.

Algunas veces, colchas de retales separaban la zona de descanso del área de convivencia, en torno al hogar o a una estufa. Los pocos bienes que conectaban distintas generaciones se valoraban como tesoros: una alfombra anudada a mano, un viejo instrumento, una fotografía, un cuchillo heredado… Estas humildes pertenencias contrastaban con un rico patrimonio inmaterial de canciones, baladas y relatos.

Tal vez un libro pudiera abrir nuevas y más amplias ventanas al mundo y a la imaginación, no solo para escapar de la dureza de la realidad sino para descubrir maneras de afrontarla. Era el momento de hacerlos llegar hasta aquellos recónditos lugares.

Colaborador DCA
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