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COLUMNAS

La nostalgia y el relato político (II)

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María José Naudon
Decana Escuela de Gobierno

Sin embargo, más allá de lo anterior, detrás de la Eneida se esconde otro fenómeno; la relación del mundo griego con el mundo romano. Grecia, conquistada militarmente por Roma, era indudablemente una poderosa influencia cultural y también representaba un problema para los romanos. “Cuando las letras griegas inunden Roma, se acabará todo”, decía Catón. Por esta razón la Eneida propone una cultura de enlace que tome el testigo de la cultura griega, pero que sea profundamente romana.


Este coloso de la literatura, puede ser visto como un ejemplo temprano de nostalgia reflexiva. Augusto buscaba, además de cantar sus victorias, rescatar y revitalizar los valores tradicionales de Roma, sin la aspiración de reconstruir un pasado idealizado. Aunque la Eneida presenta una versión glorificada de la historia y los valores romanos, no ignora las realidades y los desafíos propios de su época, por lo que intenta integrar la influencia griega de una manera que reafirme la superioridad y la identidad romana.

Hoy, cuando la nostalgia tiende a adoptar tintes restaurativos en lugar de reflexivos, quizá valga la pena pensar en nuestra propia Eneida.

Esta fusión permite entender la Eneida como una estrategia de romanización de otra cultura, la griega, sin aplastarla o desdeñarla, sino creando un nuevo relato, un nuevo líder e historia fundacional.
Hoy, cuando la nostalgia tiende a adoptar tintes restaurativos en lugar de reflexivos, quizá valga la pena pensar en nuestra propia Eneida.

Una épica, un relato que, reconociendo las lecciones aprendidas, consciente de los cambios vividos y de los desafíos del futuro, se aleje de una narrativa simplificada y adversarial, para proponer la revitalización del orden y entramado político, reavivar la esperanza, abrir la posibilidad de un futuro e incorporar, en esa agencia, la responsabilidad y capacidad personal, sin generar falsas expectativas.

En ese camino resulta vital trabajar juntos, generando nuevas alianzas que tengan como eje la defensa de la democracia que, por definición, debe gestionar adecuadamente el disenso y manejar la pluralidad. No es mi enemigo el que piensa distinto y no hay aspiración más riesgosa que la de añorar uniformidad.

Colaborador DCA
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COLUMNAS

Recuerdaque sonreirás

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Felipe Muller
Revista Nuestro Tiempo

Rafael Alvira (Madrid, 1942-2024), catedrático de Filosofía, enseñó en la Universidad de Navarra desde 1980 hasta su jubilación, en 2013. Fue un pensador excepcional, interesado en la vida, la voluntad, el deseo y un platónico convencido. Sobre todo, fue un maestro.

Formó a más de treinta promociones de filósofos en el campus de Pamplona a través de un magisterio basado en la amistad. Uno de sus alumnos dice “recordar es volver a pasar por el corazón, como él solía explicar”.

Si hubiese un gesto sobre el que trazar un retrato del profesor Rafael Alvira, fallecido el 4 de febrero, sería su sonrisa, siempre coordinada a la perfección con la mirada. Más que escrita en el alma, se quedaba clavada en la memoria. Cosa rara en un filósofo, el profesor Alvira tenía estilo al vestir y al hablar.

Más que escrita en el alma, se quedaba clavada en la memoria.

Era elegante. Su oratoria desconocía la servidumbre de lo teatral y los excesos (a menudo faltas) de una supuesta personalidad. La sonrisa era la marca de la casa. Digna del Gato de Cheshire, tranquila y segura, callada y enigmática, permanecía en el aire bastante tiempo después de que el profesor hubiese abandonado el aula.

Era amplia y generosa, de oreja a oreja. Solían acompañarla unos ojos reducidos a una única expresión. ¿Conciencia o satisfacción ante lo que había expuesto? ¿Complicidad con su audiencia? Cuando Alvira sonreía en sus clases de Filosofía Antigua, las arrugas de las comisuras de los labios se solapaban con las de los extremos de unos párpados sobresalientes. Su frente redondeada, amplia y despejada, coronaba el gesto.

Lejos de ser capricho o arrebato, esa sonrisa tenía una función específica. En la mayoría de los casos, era el colofón de cuentos, historias, respuestas y explicaciones. Tales, el pozo y la risa de la tracia, Pitágoras en el estadio, las desavenencias entre Parménides y Heráclito, los sofistas y su descubrimiento del discurso, Sócrates y su irónica ignorancia, Platón y las alas rotas del alma, Aristóteles y las deficiencias del hilemorfismo… Alvira zanjaba la cuestión o remataba una anécdota con la sonrisa.

Indicaba un final, sin duda; pero también el retorno al punto de partida, al pistoletazo de salida. Como recurso y declaración de intenciones, funcionaba. ¡Recuerda que, al final, sonreirás! Como si bastase con sonreír para transformar la tragedia del mito de Sísifo o perdón, de la historia de la filosofía en la belleza del susurro de unas olas que, tranquilas, nunca callan.

Pese a las apariencias, no era una sonrisa inofensiva (ojalá existiese algo así como una filosofía inofensiva). Sonrío porque recuerdo y recuerdo porque sonrío. Regresa y descansa. Al final, quién sabe, las carcajadas pasan y las sonrisas, como las olas, nunca acaban.

Colaborador DCA
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COLUMNAS

Sobre la Corona y las Fuerzas Armadas

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Salvador Sánchez Tapia
Profesor de Relaciones Internacionales

La feliz coincidencia en el tiempo de la celebración, austera, como todo en él, del décimo aniversario de la proclamación de Felipe VI como Rey de España y de la culminación en la Academia General Militar del primer año de formación militar de doña Leonor, hace de este un momento propicio para avanzar algunas ideas sobre la Corona como institución pero, principalmente, sobre la princesa de Asturias y su relación con las Fuerzas Armadas.

Después de cerca de cincuenta años de andadura de la Constitución Española, mayoritariamente aprobada por el Parlamento español y refrendada masivamente por los ciudadanos convocados en referéndum, produce entre sonrojo y desaliento tener que explicar la impecabilidad democrática de las credenciales de la forma de Estado que los españoles, por voluntad popular, decidimos darnos y, por ende, de don Felipe, titular de la Corona y símbolo vivo, activo, y eficaz de la nación. Solo quien, ciego y sordo a cualquier argumento racional, no quiere hacerlo, es incapaz de entender y reconocer la legitimidad de que goza la Monarquía por el hecho de estar recogida en una Carta Magna como la nuestra.

La estabilidad que otorga la prevista y previsible sucesión monárquica a un país como España, y la consideración de las alternativas, a veces inquietantes, son motivos más que suficientes para, como mínimo, pensar en la racionalidad de esta forma de Estado, cuando no para abrazarla con entusiasmo.

No es poca la demanda para una muchacha de apenas 18 años.

La princesa de Asturias aparece, precisamente, como la figura destinada a ocupar un lugar central en el proceso sucesorio cuando, por ley de vida o abdicación, falte la de don Felipe. Cuando eso suceda, doña Leonor estará llamada, con arreglo al Artículo 62 de nuestra Ley Básica, a ostentar la jefatura suprema de las Fuerzas Armadas.

Además, y según lo dispuesto por el Artículo 63, en su mano estará, previa autorización de las Cortes y en las condiciones establecidas por el Artículo 97, que otorga al Gobierno la dirección de la política interior y exterior, así como de la Administración Militar, la prerrogativa de declarar la guerra. Pocas decisiones tan difíciles y comprometidas para un monarca como esta, que implica nada menos que exponer a los hijos de la nación a la posibilidad de perder la vida en pos de un objetivo político; tal es la naturaleza de la guerra.

Estas razones, por sí solas, serían ya más que suficientes para entender la necesidad de que la heredera reciba una sólida formación militar que le ayude a comprender no solo la complejidad y consecuencias inherentes al empleo de la fuerza militar en guerra, sino también la mentalidad de los soldados sobre los que ejercerá su mando supremo, sus aspiraciones, sus ilusiones, o su forma de vida.

Por el bien de España y de los valores y principios constitucionales, es esencial que entre la futura reina y sus soldados se forje una sólida relación de respeto, comprensión, aprecio, y afecto que únicamente puede formarse convirtiéndose verdaderamente en una de ellos; en una que comparta sus mismas penalidades y sus mismas alegrías, y que hable un idéntico idioma de amor y entrega a la nación y todo lo que representa.

Pero es que, además, el paso de la princesa de Asturias por las Fuerzas Armadas es una inmersión completa en una institución regida por un exigente código ético, que no es exclusivo de quienes visten uniforme, pero que la institución militar se esfuerza genuinamente en vivir a diario, incluso entre errores y debilidades.

No es poca la demanda para una muchacha de apenas 18 años, por mucho que, para bien de la Corona y, sobre todo, de España, ya haya demostrado un sentido de la responsabilidad y un compromiso con la alta función que le aguarda (llena de sacrificio y entrega, donde otros solo ven privilegios) verdaderamente sobresaliente para una persona de su generación y edad. Los rasgos que estamos viendo en ella permiten mirar al futuro con optimismo y tranquilidad.

Colaborador DCA
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COLUMNAS

De la admiración a la controversia: monumentos en debate (I)

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Maria Jose Chiesa
Académica Facultad de Artes Liberales

En el libro A history of love and hate in 21 statues, el autor Peter Hughes reflexiona sobre
cómo, a través del tiempo, va cambiando la percepción sobre los monumentos públicos. Obras que originalmente eran admiradas y respetadas, pues definían y representaban creencias y valores aceptados, con el paso del tiempo generan rechazo por el cambio en la visión de mundo de las personas.

Los monumentos funcionan, en su dimensión más amplia, como elementos conmemorativos que inmortalizan aquello que nos une.

Los monumentos funcionan, en su dimensión más amplia, como elementos conmemorativos que inmortalizan aquello que nos une en un sentido identitario o aquello que quiere ser mostrado como un ejemplo a seguir para quienes los observan. De ahí que muchas de las obras instaladas en Valparaíso durante el siglo XIX sean dedicadas a personajes que de una u otra forma representan una imagen digna de admirar.

Esto no sería problemático si la identidad y nuestra percepción de la historia fueran estáticas, pero evidentemente no lo son. Ambas son cambiantes y se desafían constantemente, lo que hace que obras que en algún momento fueron admiradas y respetadas, ahora causen tensiones que llevan a su rechazo. Solo basta mirar, dentro de todos los casos posibles, a la estatua de Cristóbal Colón que fue vandalizada a tal punto que tuvo que ser removida del espacio público.

Continuará…

Colaborador DCA
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