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La importancia de llamarse Santa Claus

Un vistazo a la vida de dos personas que personifican al famoso protagonista de la Navidad en el corazón de la ciudad de Guatemala

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El fulgor navideño rebalsa el Paseo de la Sexta, en la 6a. avenida de la zona 1 de la capital, mientras algunos ciudadanos personifican protagonistas de la época. Como un día se puede topar solo con Grinchs al otro verá Frosties, duendecillos del taller de juguetes, y todos ellos en medio del mar de gente que puede encontrar en el lugar.


También hay varios Santas, que quizá, al día siguiente se atavíen de otro personaje. En una de esas jornadas se conversó con dos hombres, uno engalanado de Santa Claus clásico y el otro con traje formal navideño. Barbas falsas, pero con una actitud honesta; su fin es conseguir ingresos para vivir. Javi Hernández y Raimundo Arias no solo están disfrazados como el viejo bonachón del Polo Norte, son los encargados de sostener un mundo que, al menos por un mes en el Centro Histórico, decide creer en la magia.


El salto de Javi Hernández: de Optimus Prime a Santa Claus


Javi nunca pensó que acabaría con un bote de propinas a sus pies y niños abrazándolo como si de verdad pudiera concederles todos los regalos prometidos, pero a finales de noviembre se quedó sin trabajo. En su currículum se evidencia que ha sido bartender, capitán de meseros y, antes de eso, trabajó en una cementera; exploró el mundo de la hotelería y todo esto con su título de bachiller. Como dice, un despido fulminante lo dejó sin opciones y sus cuatro hijos tienen que comer. Entonces, el destino le jugó una carta inusual: personificar al robot Optimus Prime, de la saga Transformers.


La idea comenzó con una máscara del líder de los autobots y un traje sencillo. Javi se paró en las calles disfrazado de lo que podía, mientras ahorraba para la barba, y su traje formal navideño, pues la época se acercaba. Hoy, los niños corren hacia él, algunos vaciando sus bolsillos para dejar una moneda; otros simplemente se llevan una foto. Él no los detiene. “Lo hago por necesidad, pero la alegría de los niños no se compra”, dice con una voz que quiere sonar pragmática y reflexiva, aunque no logra ocultar el orgullo.


Sin ponerse romántico, explica que ya disfrazado, los menores se le acercan y le dan un abrazo de confianza y cariño. La ternura del niño y su inocencia, incluso bebés, niños y adolescentes acuden a él, e insiste en que los abraza con respeto a petición de ellos. A veces, hay quienes que se ciñen a él, incluso sin permiso de los padres, sólo se le dejan ir. Entre lo gracioso están los reclamos infantiles, cosa que le provoca sorpresa. “‘Mirá, el año pasado no me trajiste el regalo que yo te pedí, ¿te acordás…?’ e improviso una respuesta y les pregunto si se han portado bien”. De lo que va del mes, estima que el 30 por ciento le han reclamado su incumplimiento en las fiestas del año anterior. “Les digo que tuve mucho trabajo, que no tuve tiempo. Y es increíble que haya niños que muestran rencor por no haber recibido regalos durante tantos años. Yo les digo “portate bien, ya vas a ver”, bromea Hernández.


Entre tanto disfraz y trabajo nocturno, Javi se adapta a las exigencias del mercado, decidió que también incorporaría a un Grinch formal en su repertorio. Todo esto porque es padre de familia y al terminar las fechas decembrinas no se detendrá. En enero volverá a ser Optimus Prime y tomará trabajos de medio tiempo, lo que tenga para sacar a sus hijos adelante. Ellos dependen de sus esfuerzos por lo que en su esquina del Paseo de la Sexta, el traje rojo le permite sobrevivir, mientras la ciudad lo mira con desdén o ternura, dependiendo de quién pase hasta el 24 de diciembre. Luego, seguro se pondrá los ropajes de Año Viejo hasta el 31 de diciembre, como bien dice, vive al día y los 80 quetzales diarios que logra, los necesita.
Raimundo Arias: el pescador de sonrisas


A pocos metros de la 9a. calle, siempre en el Paseo de la Sexta, se puede encontrar a Raimundo Arias quien está por cumplir 30 años de ser Santa y de personificarlo en el Centro Histórico y en varios lugaresde fuera de la capital. Pero su vida no está escrita en el terciopelo del traje, sino en las aguas del puerto de Iztapa, San José y Buena Vista, donde trabaja como pescador de enero a noviembre, aunque, como explica, evita el invierno. Raimundo ha enfrentado tormentas que casi le cuestan la vida. Durante los meses lluviosos, cuando los chubascos hacen imposible salir al mar, una vez por poco y naufraga. “Le digo la verdad, me dio mucho miedo”, explica, por lo que decidió diversificarse: pesca en alta mar, un puesto de dobladas en zona 6, área en la que vive, y a final de año Santa Claus.


Raimundo cuenta que tiene un sistema para conversar con niños. Sabe que no puede decepcionar a aquellos que quieren entablar una conversación o denuncia. Si alguno reclama un regalo que no llegó, se inventa historias que suenan casi a poesía tercermundista. “Le digo que lo dejé en la puerta, pero alguien lo hurtó antes de que pudiera entrar por la chimenea”, confiesa con una risa cómplice, o le dice “es que no había chimenea” o “que la chimenea era muy pequeña”. La creatividad no es solo un requisito del traje; es una herramienta para mantener la ilusión intacta.


Vestido de Santa a fin de año, y con la pesca durante la Semana Santa son su salvación económica, peces de 30 y hasta 35 libras han pasado por las redes de Arias. Asimismo, no deja de explicar que ahora las cosas han cambiado: “Le soy honesto, antes créame que me llevaba 800 quetzales diarios; ahorita, con estas temporadas recientes, hay veces que hago 180, es lo que más he hecho. Ha estado muy difícil, pero —gracias a Dios— digo yo ‘al no pasar el día sin nada’, entonces tengo que venir. Trabajo de dos de la tarde a siete u ocho de la noche, a veces hasta las 10”. Al final, la Navidad le da a Raimundo algo que las redes no atrapan: la conexión con las familias que, año tras año, lo reconocen. “Niñitas que conocí ahora son señoritas que vienen y me saludan”, comenta. El ciclo de la vida, para Raimundo, se mide en los rostros que crecen a su alrededor.


Una Navidad de supervivencia


El Paseo de la Sexta, con su ruido, sus luces y sus rostros anónimos, es el escenario de estas historias. Javi y Raimundo no compiten; comparten la avenida. Cada uno en su papel, cada uno con sus vivencias ocultas tras las barbas blancas. Uno se estrena este año como el personaje, el otro tiene 29 años con él.


Para ellos, la Navidad no es solo un mes de alegría; es una prueba de resistencia. Javi se pregunta si el próximo año combinará su faceta de Santa con otros trabajos, mientras Raimundo espera con ansias la temporada de Semana Santa para regresar al mar. Ninguno se detiene. Ambos avanzan, como si el espíritu navideño fuera algo más que un trabajo temporal.

Santa y el Grinch, dos compañeros
de trabajo

Junior Alejandro llevaba tres días como Santa cuando se le fotografió, ha aprendido muchas cosas y la gente lo trata bien. Y según dice “primero Dios le permita”, seguirá haciéndolo. A su lado está Mauricio García, un Grinch con un poco más de experiencia.


García lleva dos años como el ser verde: se dedica a ello en la época navideña y estudia en básicos el resto del año. Este año es demasiado prematuro para analizar —dice—, pero va bien comparado con el año anterior. Le gustó mucho trabajar el año pasado con Grinch, por eso repitió este 2024.

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