Con certeza se puede afirmar que hay algo que une a Julio, de 16 años, con Teresa, de 65. Una manera de enseñanza que lo mismo cautiva a Lydia, de 38, que a Kelvin, de 17, pero también hace soñar a Josselin, de 26, y a Katherine, de 31.
El proyecto, llamado Centros Recreativos Pirámide, es una iniciativa liderada por el Ministerio de Gobernación (Mingob), permite el regreso a las aulas y el traslado de conocimiento novedoso, que conjungan las ganas de aprender con las de salir adelante.
El método, certificado por el Ministerio de Educación (Mineduc), que tiene el apoyo municipal y prevé acuerdos con el Instituto Técnico de Capacitación y Productividad (Intecap), se imparte en cinco centros establecidos en comunidades de alto riesgo, donde los estudiantes encuentran un refugio que los escucha, atiende y educa.
Actualmente, asisten a 644 vecinos de Villa Nueva, Villa Canales, Chinautla y en las zonas 18 y 21, quienes, por diferentes
razones, no terminaron una educación formal.
Nidia González, coordinadora pedagógica, destaca que, en primera instancia, ofrece la nivelación académica mediante con un sistema extraescolar. Además, incentiva la formación laboral.
“Aceptamos interesados, a partir de los 13 años, que quieran retomar la primaria, básicos y bachillerato. Buscamos que los estudiantes, por el riesgo que representan las zonas en las que viven, mejoren a través de la educación y logren una vida ocupacional”, expresa González.
Ruth Reyes, docente extraescolar del proyecto, afirma que la población que asiste es vulnerable, por los índices de violencia de su entorno.
“Damos una atención personalizada, mediante la cual se sientan escuchados y comprendidos. No se busca solo la parte teórica, también se enfatiza en aspectos prácticos, humanos y de autoestima. Se refuerzan los sentimientos y emociones para que tomen mejores decisiones en su vida”, subraya la docente.
González agrega que derivado de los antecedentes de violencia y pobreza que pueden presentar los alumnos, que afectan la autoestima, el plan brinda apoyo psicológico.
En los próximos meses, informan las autoridades del proyecto, se suscribirá un acuerdo con el Intecap, con el fin de prepararlos para un oficio. De esa cuenta, prevén cursos de panadería, gastronomía, vestuario y textiles, computación, mecánica, entro otros.

El albañil que sueña con ser ingeniero
La sonrisa de Julio Lázaro (16 años), con la que relata su historia, demuestra que los obstáculos que en algún momento lo lastimaron han sido superados. Ahora, e inspirado en su madre, el joven ve en el proyecto Pirámide una puerta de superación.
“Soy de la colonia San Julián, zona 6. Me tocó crecer en un ambiente familiar violento. Cuando era pequeño, junto a mis hermanos, fuimos víctimas de abuso. En ese entonces, no podíamos defendernos y me afectaba emocionalmente”, cuenta el menor.
“Por la situación económica en la que he crecido, me he visto obligado a trabajar desde niño como albañil, lo que no me ha permitido ser constante en mis estudios. Actualmente, me desempeño en Chimaltenango”, añade.
A pesar de las cargas emocionales y laborales con las que ha lidiado, Julio busca la manera de estudiar. “En el centro encontré la opción de retomar tercero primaria. Cada viernes asisto a clases en la zona 6. Es difícil, pero encuentro motivación en mi mamá”, cuenta.
Reconoce que la ayuda psicológica que ha recibido en este programa le ha servido de refuerzo para el proceso de reconstrucción de vida que inició hace años.
“El acompañamiento de mis maestras y compañeros es muy gratificante y me hace sentir bien. Espero seguir en este camino y, en un futuro cercano, lograr una carrera de ingeniería”, reflexiona, al tiempo de advertir que para estudiar, “no existen edades”.

La receta que permite alcanzar la superación
Katherine Morales (31 años) es panadera y, en algún momento de su vida, la violencia familiar fue parte de su diario vivir. Sin embargo, con determinación y esfuerzo, ha logrado hornear la receta perfecta para salir adelante.
“Cuando tenía 9 años, mi padre falleció. Esto generó que mi madrecita decidiera juntarse con otra persona. Lastimosamente, ese individuo, que era alcohólico, intentaba abusar sexualmente de mí y mis hermanos”, explica.
Dice que “por muchos años vimos cómo a mi madre le tocaba sacarnos adelante, sola, sin ayuda de nadie. Eso creaba que nuestros recursos se vieran muy limitados, por lo que, a los 12 años, cuando concluí la primaria, ya no pude continuar con los básicos”.
Cuenta que a partir de ese momento, lo único que le importaba era aportar para la casa. “Por eso comencé a trabajar. Tuve varios empleos. El primero fue en una panadería, donde cuidaba a un niño y hacía la limpieza”, recuerda.
Menciona que a los 18 años, decide aplicar a unos cursos para aprender algún oficio. Opta por el diseño de jardines y, un año después, se convierte en mamá.
“En 2024 regreso a los estudios y retomo los básicos. En este centro de la zona 6 me doy cuenta de que, como yo, hay muchas personas que han sufrido y que buscan superarse académicamente. Aquí me siento apoyada y comprendida”, expresa.

Cuando el dolor motiva para salir adelante
Lydia León (38 años) es ejemplo del dolor que implica la pérdida de un hijo por situaciones desconocidas. Indica que la violencia le quitó una parte de ella, pero también, cada día, le da un motivo para salir adelante y sentirse comprendida en el establecimiento donde estudia.
“Actualmente, estoy cursando cuarto bachillerato en el centro Pirámide de la zona 18. Vivo en la colonia El Limón. Como mujer, me han querido ver pisoteada, pero he demostrado que tengo fortaleza y por eso estoy acá”, resalta.
Recuerda que creció en un hogar muy difícil, cargado de maltrato y explotación infantil. Le tocaba andar trabajando de vendedora, tarea en la que debía ir con sus tres hermanos. “Si no lo hacíamos, nos golpeaban”, recuerda.
“Cuando cumplí 14 años, decidí irme de casa. Solo tenía hasta tercero primaria. A partir de ese día, he logrado sacar los grados por pausas y con muy poca constancia”, refiere.
Reconoce que el hecho de convertirse en madre evitó que fuera más perseverante en los estudios. “Le dediqué mayor tiempo a mis hijos. Sin embargo, la violencia ha hecho de las suyas y, en abril del año pasado, uno de ellos desapareció. Meses después, me confirmaron su muerte”, comparte.
Y concluye: “Fue un golpe duro, pero debo salir adelante y por eso decidí estudiar. Además, venir a este lugar me ha ayudado a llevar esa depresión de perder un hijo. No ha sido fácil superar esta situación, por eso vengo a recibir clases, así demuestro que sigo y seguiré de pie”.

Piensa en superarse y ayudar a los demás
Por un altercado médico, Josselin Méndez (26 años) toma una pausa académica, la cual se extiende por ocho años. Ahora, que está a punto de graduarse de nivel medio, sueña con ayudar a personas que no puedan acceder a salud de calidad.
“Cuando tenía 14 años, me tuvieron que operar del apéndice. Esto hizo que me atrasara en muchas clases y el instituto en el que estaba no quiso apoyarme con la recuperación de los cursos que perdí”, inicia su relato.
Con el paso de los años, se topa con otros obstáculos que impidieron que continuara, pero en 2022, por medio de las redes sociales, se entera del proyecto Pirámide.
“En un inicio no me quería animar, pero supe que hay uno en Villa Canales, municipio donde resido. Luego, a pesar de tener miedo por mi edad, me animo y entrego la papelería para inscribirme. Además, recibo el apoyo de mi familia. Así fue como retomo los básicos”, cita.
“Actualmente, estoy en quinto bachillerato y espero que al concluir este grado logre sacar un curso o técnico de enfermería. Me gustaría ayudar a personas que no tienen la posibilidad de ir a un hospital o centro público”, narra.

En el proyecto Pirámide sí fue aceptado
A veces, como le ocurrió a Kelvin Gómez (17 años), la vida lleva a otros países. Él es guatemalteco, pero, por un tiempo, le tocó irse a una nación vecina. Al regresar, encontró en el centro la aceptación que no llegaba.
“Este año comencé a cursar cuarto bachillerato en el centro Pirámide de la zona 18. Realmente, agradezco esta oportunidad, ya que en otros establecimientos educativos me dijeron que no me aceptaban por mi edad”, indica Kelvin.
Menciona que ello sucedió el año pasado, cuando, después de una etapa de vivir en El Salvador, él y su familia regresan a El Limón 2. En ese momento comienza a buscar el lugar donde estudiaría, pero ninguno lo admitía.
“Por fortuna, encontré Pirámide. Me he topado con un ambiente muy agradable y ameno. Nos divertimos y aprendemos en cada clase que nos imparten los maestros”, resalta.
Afirma que este es un lugar en el que los que estudian, sin importar la edad, se sienten bien. Asegura que el establecimiento ayuda a continuar los estudios y evita que se sigan caminos “malos”, como meterse a pandillas.
“Aunque a veces en mi familia no se tienen los recursos necesarios para comprar los materiales, tengo muy presente venir todos los viernes para terminar el bachillerato y, en un futuro, sacar una licenciatura en letras”, expone.

Ella sabe que nunca es tarde para aprender
De repente, Teresa Aceituno (65 años) encuentra la oportunidad de volver a ser parte de un aula de clases. Ella se divierte y es una más de las chicas que asisten al centro. Menciona que pasaron 40 años para, como describe, volver a echarle ganas a los estudios.
“Un día estábamos de paso con mi hija cuando vimos a mucha gente haciendo una gran fila en el centro de la zona 21. Preguntamos y nos dijeron que eran inscripciones para recibir clases. Vi una oportunidad de continuar algo que había pausado durante años y la tomé”, describe.
Como las otras historias aquí narradas, debió dedicarse al cuidado de la familia. “Prácticamente, ya no pensé en mí. Ahora, que en mi vida ya no hay ese tipo de compromisos, me inscribí en este lugar”, recuerda.
Comparte que comienza la primaria, al tiempo de reconocer el trabajo de las maestras. “Son un amor. Bien amables y nos atienden muy bien. Me siento perfectamente con las chicas. Los chicos son algo tímidos, pero nos llevamos bien”, describe.
“Recibo el apoyo de mi familia. Me dicen que si me gusta estudiar, que lo haga. El primer día de clases, tal vez sentí miedo del qué dirán, por mi edad; sin embargo, con el tiempo me he quitado esos pensamientos y ahora solo quiero echarle ganas”, resume.
Para más información sobre el programa puede consultar a: [email protected] o
llamar al 2412-8839 ext. 8839.











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