¿Por qué a nadie le gusta esperar? ¿Por qué en los últimos tiempos todo el mundo prefiere lo instantáneo y soluble? Desde el café al cacao, desde las redes sociales a la música, desde las relaciones humanas a las obras de arte. Todo ha de ser aquí, ahora, ya…Esta obsesión por lo instantáneo hace que perdamos de vista el valor del tiempo para la vida, para una vida humana.
Como ya no queremos esperar a tomar en las manos los granos de café, a introducirlos en el molinillo, a escuchar el sonido de la carraca que en cada vuelta los va triturando, como ya no tenemos paciencia para abrir el cajetín y poner la molienda a hervir, mientras explota ante nosotros ese aroma único a café recién hecho, pues eso, como ya no resistimos la espera, preferimos perder de vista lo auténtico y subrogarnos a cápsulas quasi-espaciales que contienen una materia prima que ni podemos ver ni oler.
Paradójicamente, quizás estamos exhaustos del malvivir, cuando lo que pretendíamos alcanzar era bienestar.
No tengo nada en contra de aquello que, por su propia condición, es instantáneo. Lo efímero tiene un valor indiscutible, como lo tiene también lo permanente. Tampoco me planteo que lo sólido sea necesariamente superior a lo líquido. Ahora bien, una cosa sí tengo clara: la mayor parte de las cosas interesantes se dan en tiempos que requieren una extensión profunda, que se alargan tanto como algunos movimientos de las sinfonías de Mahler.
En nuestros días, tan dados a la hipérbole, nos topamos con fenómenos peculiares a los que las ciencias sociales intentan denominar para tener más o menos controlados. A esos asuntos ‘novedosos’, los que se dedican a analizar y comprender el comportamiento humano, pretenden calificarlos o describirlos para intentar explicar su naturaleza y dominarlos.
Algunos de los términos que comenzaron a sonar hace tiempo escondían algo más que una poética política. En su modernidad líquida, de Zygmunt Bauman comenzaba sus reflexión recordando unas palabras de Paul Valery, en las que se nos recordaba que la interrupción y la sorpresa son las condiciones habituales de nuestra vida.
Sin embargo, nuestro modo de vida contemporáneo prefiere apostar en ocasiones porque las cosas no acaben nunca: parece que ya no nos resulta suficiente para divertirnos salir por la noche a una fiesta, lo que queremos es que eso se prolongue indefinidamente, y cuando todo cierra buscamos un after, como para prolongar una situación que ni nuestro cuerpo aguanta ni nuestra mente soporta.
Las sorpresas también están sufriendo una devaluación preocupante: queremos saberlo todo, ahora, ya, antes de que suceda… Lo que nos sorprende nos ataca en la línea de flotación, por lo que deseamos es tenerlo todo bajo control.
Nuestras sociedades manifiestan ciertas dosis de agotamiento antropológico. Paradójicamente, quizás estamos exhaustos de malvivir, cuando lo que inocentemente pretendíamos era alcanzar el mayor límite posible de bienestar.
Byung-Chul Han lo ha visto con nitidez. La sociedad del cansancio es el testimonio de un malestar producido por nuestra incapacidad para vivir de acuerdo con quienes somos: negatividad, violencia, control disciplinario, aburrimiento… han generado una espiral de desnaturalización convirtiendo a los seres humanos en autómatas situados tras pantallas.











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