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El mundo en acuarelas de Carlos Sol

La obra del artista guatemalteco está marcada por el colorido y la claridad de un nuevo día

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Carlos González Calderón nació en Tiquisate, Escuintla, el 16 de marzo de 1950. Aunque duda si fue exactamente ese día, pues, según le contaron, llegó al mundo a medianoche, sin un reloj que precisara la hora.

Creció en la cálida y tropical costa, rodeado de naturaleza, un entorno que marcaría su mirada artística, permitiéndole inventar su propio arcoíris, no solo en colores brillantes, sino también en blanco y negro, refiriéndose al dibujo a lápiz.

Su nombre artístico Carlos Sol se debe a un juego de letras. Al principio le decían que era un apodo, pero él mismo descubrió que las últimas tres letras de su nombre al invertirse, forman la palabra Sol. Ese hallazgo coincidió con su propia visión en la que “cada amanecer, con su calidez y brillantez, encierra la esencia que busco transmitir en mis pinturas”. Así, su obra está marcada por el colorido y la claridad de un nuevo día.

“Sin un buen dibujo no hay buena pintura”, sostiene. Y en esa convicción forjó su camino. Desde muy temprano, la mujer se convirtió en una de sus principales inspiraciones, representa no solo la belleza, sino el respeto a la vida misma, ella la da y la carga con alegrías y duelos.

El arte no era su plan

De niño quiso ser médico, quizás porque pasaba largas temporadas en hospitales. Más tarde pensó en la arquitectura, y hasta inició la carrera en la Universidad de San Carlos. Pero las dificultades económicas lo obligaron a trabajar, que a la sazón de horarios laborales poco definidos empezó a faltar a clases. En un gesto de resignación, se dijo: “Si no fui doctor, si no fui arquitecto, aunque sea artista me quedo”.

Con una gran habilidad para el dibujo y una confesada debilidad para las matemáticas, ingresó en la Escuela de Artes Plásticas a finales de los 70, casi por casualidad. Allí encontró a grandes maestros, “de buena cepa” como le gusta denominar a Galeotti Torres, Max Saravia Gual, Roberto Cabrera, Marco Augusto Quiroga y Juan Antonio Franco, entre otros, quienes fueron fundamentales en su formación. Franco, por ejemplo, le enseñó a preparar los pigmentos desde cero, a mezclar los colores sin depender de tubos prefabricados, experiencias especiales de esa época.

Lo suyo es el arte

En la escuela vivió años bohemios unidos a intensas lecciones y concursos en los que destacó especialmente en el área de arte gráfico comercial, hoy conocido como diseño gráfico. Ese talento llamó la atención de Quiroga, quien lo recomendó para trabajar en publicidad. Aunque esa experiencia fue valiosa, Carlos supo que lo suyo era lo artístico.

La acuarela gran tesoro

En ese recorrido descubrió la acuarela, gracias al maestro Luis Álvarez, quien lo llevaba con sus compañeros a pintar al aire libre en lugares como el Cerrito del Carmen.

Allí aprendió a amar la transparencia y la espontaneidad de esa técnica: “El óleo necesita días para secar, pero la acuarela es inmediata. Si lo hace mal, ya no es acuarela, es témpera”. Esa frescura y ligereza lo atraparon.

Cuestionado sobre su estilo, Carlos prefiere no encasillarse. Algunos lo han catalogado dentro del realismo mágico; otros como neorrealismo. Él, en cambio, asegura que simplemente pinta, sin necesidad de etiquetas.

Sus temas recurrentes giran en torno a la mujer, pero también aparecen símbolos de libertad como pájaros y mariposas, además de gatos, seres misteriosos que comenzaron a acompañarlo mientras trabajaba en su taller. “El arte no paga, pero da satisfacciones”, dice con convicción.

Junto con la pintura, Carlos Sol ha incursionado en la literatura. Tiene preparado un poemario y otro de palíndromos, palabras que se leen igual al derecho y al revés. Aun así, lo principal es lo gráfico, indica que “la pintura es poesía a color”.
A sus años, asegura que los sueños no son metas definitivas, sino procesos que se viven día a día. “Los sueños no se cumplen, se siguen soñando”, concluye.

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