Hace 129 años, un aristócrata de dientes afilados salió de las páginas de una novela para instalarse en el imaginario universal. Desde entonces, el conde Drácula ha cambiado de rostro incontables veces.
El personaje pasó de ser una criatura monstruosa destinada solo a provocar horror, a convertirse en un seductor, melancólico y romántico. Sin embargo, detrás del vampiro más famoso existe también el retrato de una sociedad marcada por el miedo y la incertidumbre.
Cuando Bram Stoker publicó Drácula, en 1897, la modernidad avanzaba mientras crecían las tensiones sociales y el miedo colectivo. Las nuevas tecnologías, la violencia urbana y las discusiones sobre el papel de las mujeres en la sociedad despertaban ansiedad en una población que le temía a lo desconocido. En ese contexto apareció un monstruo misterioso del que casi no se revela nada y cuya sola presencia representaba una amenaza extranjera, oscura y difícil de comprender.
Según National Geographic, Stoker nunca visitó Rumania y construyó parte de su universo a partir de investigaciones, leyendas y folclore. Algunos historiadores, incluso, consideran que la influencia irlandesa fue más importante que la figura histórica de Vlad el Empalador.











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