Católicos y Pena de Muerte

La enseñanza de la Iglesia católica sobre la pena de muerte puede causar confusión, a diferencia de asuntos como el aborto y la anticoncepción artificial. La fe cristiana afirma la santidad de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural. Solo Dios da la vida y no son los hombres quienes deben quitarla.

Por otro lado, el Catecismo de la Iglesia católica dispone: “La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente las vidas humanas del agresor injusto (2267)”.

Santo Tomás de Aquino (1225-1274), Doctor de la Iglesia y patrono de las universidades católicas, afirma: “Es lícito matar a los brutos animales en cuanto están ordenados al bien común del hombre, por su naturaleza, porque lo imperfecto está ordenado a lo perfecto. Pues toda parte está ordenada naturalmente al bien de la totalidad. Por ello, cuando lo requiere la salud del cuerpo humano, es necesario amputar un miembro canceroso que puede corromper los otros miembros, lo cual consideramos saludable y digno de alabanza. Y cada individuo guarda con la comunidad la misma proporción que un miembro con todo el cuerpo.

Por tanto, si algún hombre es peligroso y corruptor de la comunidad por su culpa, puede matarse laudablemente para la salud y el bien común de todo el cuerpo comunitario (Tratado de la Justicia)”.

Esta severidad está mitigada en otro texto, en el cual señaló que, solo la autoridad pública puede juzgar y ejecutar a un ofensor grave, en los casos en que la defensa de la sociedad está en juego y no se espera la reforma del agresor. También señaló las cualidades “medicinales” del castigo, sin llegar a la pena de muerte, la cual es “extraordinaria”. Santo Tomás no elaboró una “filosofía cristiana”. El cristianismo es un camino revelado de salvación y no un sistema de pensamiento. Aquino no creyó que la función de la filosofía sea expresar sentimientos piadosos o serias amonestaciones, por lo que la función del filósofo no es predicar o moralizar. La filosofía es una actividad mental que exige un esfuerzo paciente, amplio y constante. De ahí que la reflexión sobre la pena de muerte no debe ser algo ocasional, sino una labor permanente.

Marco Vinicio Mejía