Patricia Letona D.
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Como dirían las abuelitas: “oímos tronar y no nos persignamos”. El problema es que esta vez no se trata solo de una tormenta pasajera. El mundo entero vive una etapa de transformación profunda y acelerada. Y aunque pareciera que todo ocurre lejos de nosotros, Guatemala no es ajena a los efectos de lo que sucede afuera.
La tecnología atraviesa la mayor revolución de la historia moderna. La inteligencia artificial ya no es una historia de ficción: está redefiniendo empleos, industrias, gobiernos y hasta la manera en que pensamos. El Foro Económico Mundial advierte que la desinformación, la polarización social, los conflictos geopolíticos, los ciberataques y la confrontación económica serán algunos de los principales riesgos globales de los próximos años.
Y no hace falta ir muy lejos para verlo. Recientemente, Guatemala ha sufrido ataques cibernéticos. Los gobiernos ya no solo enfrentan amenazas físicas o políticas; ahora también deben luchar contra enemigos invisibles en redes y sistemas informáticos. Un ciberataque puede paralizar servicios esenciales, filtrar información sensible o comprometer la confianza.
Mientras tanto, las grandes potencias compiten por recursos estratégicos, minerales raros, agua, energía, cadenas de suministro y dominio tecnológico. El orden mundial se está redefiniendo y, en medio de todo esto, la velocidad del cambio supera la capacidad de adaptación de muchas sociedades, incluyendo la nuestra.
Pero hay algo fascinante en la historia humana: muchas de las mayores innovaciones nacieron precisamente en medio del caos. Las guerras aceleraron avances médicos y tecnológicos. Las crisis económicas obligaron a reinventar industrias completas. La desesperación, la curiosidad y la necesidad de sobrevivir han sido motores de transformación desde siempre.
El problema no es que el mundo cambie. La cuestión es quedarnos inmóviles mientras esto sucede frente a nuestros ojos.
Necesitamos hablar seriamente de educación útil para el siglo XXI: pensamiento crítico, innovación, tecnología, inglés, finanzas personales, adaptabilidad...
Hay algo fundamental que debemos entender: ningún país puede aspirar a competir hoy y en el mundo que viene, sin coherencia institucional, tanto en el sector público como en el privado. La transparencia, la integridad y la visión de largo plazo no pueden seguir siendo discursos aspiracionales; deben convertirse en valores reales, en nuestra cultura.
La reciente decisión de la Casa Blanca de endurecer controles financieros y aumentar la supervisión sobre transferencias internacionales y remesas, bajo argumentos de combate al lavado de dinero y control migratorio, genera preocupación en toda la región.
Y este es un asunto que nos toca muy de cerca. Millones de familias sobreviven gracias al dinero que envían nuestros paisanos. Pero esta discusión también debería servirnos de advertencia: ningún país puede construir un futuro sólido dependiendo eternamente de que su gente tenga que irse para sostener la economía desde lejos.
Necesitamos hablar seriamente de educación útil para el siglo XXI: pensamiento crítico, innovación, tecnología, inglés, finanzas personales, adaptabilidad, creatividad, etc.
También necesitamos líderes capaces de entender que el desarrollo ya no depende únicamente de mano de obra barata o soluciones cortoplacistas. La verdadera riqueza de las naciones estará cada vez más en el conocimiento, la innovación y la capacidad de generar confianza.
Mientras algunos siguen esperando a ver qué pasa, otros ya están diseñando el mundo en el que viviremos. ¿Qué papel desempeñaremos en ese nuevo diseño?











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