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Trazos que dibujan la realidad del país

Un repaso de la historia y plumas que le dieron vida a la caricatura política

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En muchos hogares guatemaltecos, la mañana empieza de la misma manera: el periódico sobre la mesa, el café humeante y quizá un crucigrama o un sudoku para despertar la mente. Entre noticias y anuncios, hay un rincón que siempre llama la atención, incluso de quienes todavía están aprendiendo a leer: la caricatura política. Son esos dibujos que, con líneas cargadas de sátira y fino sarcasmo, cuentan la jornada del país en una sola viñeta. Te hacen sonreír… y pensar.


Para muchos, esa fue la primera ventana a la política: un dibujo que decía más que un artículo entero. Cada trazo escondía una historia; cada exageración, una verdad incómoda. Transformar las tragedias y absurdos de un país en un dibujo no es fácil: es un juego delicado entre crítica y entretenimiento, ingenio y golpe bajo. Cuando funciona, te hace reír y reflexionar; cuando incomoda, es porque tocó un nervio del poder. Con esto en mente, hablamos con tres de los caricaturistas que han marcado la historia de la caricatura política en Guatemala. Ellos nos contaron sus historias, sus personajes y cómo transforman la realidad nacional en trazos llenos de ironía y desahogo.


Antes de empezar…

No cualquier dibujo de un político es una caricatura política. Como cualquier forma de arte y periodismo, tiene sus reglas: exagerar, distorsionar e ironizar, siempre con un propósito claro: comentar la actualidad, hacer reflexionar y, por qué no, sacar una sonrisa.

Latinoamérica toma
el lápiz

En nuestra región, la caricatura política empezó a tomar fuerza en el siglo XIX, durante las independencias y la construcción de nuevas naciones. México nos dio un referente clave: José Guadalupe Posada, con sus grabados llenos de humor negro que ridiculizaban a los poderosos y señalaban desigualdades sociales. Su Catrina del Día de Muertos sigue siendo un ícono de crítica y cultura popular en México.

Durante el siglo XX, en Argentina, Chile y otros países, artistas como Hermenegildo Sábat y René Ríos Boettiger —creador de Condorito— usaron el humor gráfico para enfrentar dictaduras y censura. Esa forma de expresión se convirtió en una herramienta de resistencia, denunciando injusticias, corrupción y desigualdad, incluso cuando quienes la hacían ponían en riesgo su libertad.

Y en Guatemala…

Esta corriente de dibujos llegó a finales del siglo XIX, con la consolidación del Estado y la expansión de la prensa. La Ilustración Guatemalteca (1896) fue la más popular, informando a la élite sobre el gobierno de José María Reina Barrios y la crisis económica del momento.

En el siglo XX, los periódicos incorporaron caricaturas en sus columnas de opinión. Uno de los más recordados fue El Muñequito, de El Imparcial, creado por Alfonso Campins Raymundo. Un pequeño personaje que escondía su rostro tras un periódico y comentaba con ingenio diversas situaciones sociales. Hoy, figuras como Alfredo Morales (Fo), José Manuel Chacón (Filóchofo) y Pablo Piloña (La Matraca) siguen evolucionando este lenguaje. Ellos son los protagonistas que presentamos.

Pablo Piloña

Desde muy pequeño, Piloña descubrió que podía comunicarse con el mundo a través del dibujo. No sabía leer ni escribir, pero con lápiz y papel expresaba ideas, emociones y observaciones. Su padre, quien había aprendido a dibujar con su hermana, le enseñó los primeros garabatos, formando las bases de su futuro artístico. A los 15 o 16 años ya participaba en exposiciones técnicas, experimentando con distintos estilos y consolidando un lenguaje que combinaba precisión, humor y crítica.
Su camino hacia la caricatura política comenzó de manera natural. Conoció La Matraca, suplemento de humor del desaparecido periódico Al Día, y quedó fascinado por la cantidad de caricaturas y la manera en que capturaban lo político y lo cotidiano. Allí heredó personajes de un ilustrador que se había ido y asumió el desafío de mantenerlos con vida con su propio estilo: “Eso fue un reto: dar vida a personajes que no había creado. Me di cuenta de que mi predecesor contaba con un equipo, le dictaban chistes y detalles, mientras que yo tenía que hacerlo todo solo”.

Entre sus personajes más icónicos se encuentran el Pelón, basado en sí mismo y su hábito de afeitarse la cabeza, y el Peludo, (su compañero), un contraste visual que ayudaba a la identificación inmediata del público. Más adelante desarrolló uno femenino cuya cara era una guayaba, representando el poder:

“Con la Guayaba hacía una especie de juego político: ver quién podía conquistarla. Era un modo de reflejar cómo se mueve el poder en Guatemala, con humor y crítica”.

Piloña también llevó su arte más allá de la página. Durante manifestaciones utilizó sus dibujos para que la gente expresara sus ideas y emociones, convirtiendo sus trabajos en herramientas de participación ciudadana.

“Eso es el verdadero sentido de la caricatura: capturar y reflejar la realidad de manera que conecte con quienes la observan”, añade.

Su proceso creativo es variable: a veces surge primero el chiste, otras veces la idea aparece en el momento. Bajo presión, ha aprendido a inventar al instante y a mantener coherencia ética y política en sus trazos. La caricatura, dice, tiene dos dimensiones: generar memoria y ser editorialista.

“Muchos caricaturistas no investigan ni dialogan con los políticos; si solo te guías por lo que se dice, eres un ilustrador, no un caricaturista”, agrega.

Pese a los riesgos, Piloña mantiene su ética y creatividad. Recuerda amenazas recibidas al inicio del gobierno de Otto Pérez Molina, incluyendo una bomba incendiaria en su escritorio. Hoy sigue siendo un referente de la caricatura política guatemalteca, donde cada trazo es un archivo de la memoria colectiva y cada personaje un juego de poder y reflexión.

“El arte visual tiene un objetivo fundamental: tocar el alma. Si no lo logra, aunque sea bonito, no cumple su función”, resalta.


Alfredo Morales (Fo)

Alfredo Morales, conocido en las páginas como Fo, descubrió su pasión por el dibujo casi por casualidad. “Mis inicios fueron accidentales; yo no tenía pensado publicar o dedicarme a hacer caricaturas, lo hacía para distraerme de las clases de la universidad”, recuerda. En los márgenes de los cuadernos y en los tiempos muertos, caricaturizaba a sus profesores, y poco a poco sus trazos empezaron a circular de mano en mano.

Un amigo le sugirió reunir esos dibujos en un portafolio; este llevó a conocer a la hija de don Pedro Julio García, quien le abrió un espacio en el suplemento Domingo de Prensa Libre , en 1986, durante el primer año del gobierno democrático. Comenzó con entregas semanales de humor blanco, pero el contexto político pronto lo arrastró: “Debido a la situación, el suplemento tocaba cosas de política… a los tres o cuatro años me lo solicitaron. Era la época de Vinicio Cerezo”.

En 1992 pasó a la sección de Opinión, con un trabajo diario. Para Alfredo, arquitecto de profesión, el reto fue mayúsculo: “Salía a las 5:00 del trabajo, corría a la redacción, hacía un boceto a mano y asistía a reuniones para enterarme de la coyuntura. Empezaba a trabajar a las 6:00, con una presión tremenda”.

Sus personajes más reconocidos incluyen Los Gemelos, inspirados en sus sobrinos pequeños; el Hombrecito de Fo, que encarna al ciudadano común, y el Político Corrupción, grotesca representación de la impunidad y el abuso de poder. Con el tiempo, su método evolucionó: de archivos de prensa y radio pasó a la internet, que le permitió enriquecer la información y referencias visuales.

“Una caricatura me toma tres horas. Lo más complicado es evolucionar la idea, porque a veces un solo elemento cambia todo”, refiere.

Su trabajo ha generado elogios y también incomodidad. Considera que los períodos presidenciales de Alfonso Portillo, la UNE y Jimmy Morales ofrecieron mucho material, pero también conflictos.

En 2022, una caricatura sobre Jimmy Morales le provocó amenazas de un grupo, señala.
“Me pusieron una alerta en el periódico y tuve que evitar exponerme más. Mi familia se
preocupó”.

A pesar de presiones y cambios tecnológicos, Fo nunca ha dejado de dibujar. Sus trazos han acompañado más de tres décadas de historia política guatemalteca, convirtiéndose en espejo y memoria crítica.

“Aunque cambien los presidentes y los contextos, siempre habrá espacio para la risa incómoda y la reflexión que solo una caricatura puede provocar”, reflexiona.

Manuel Filóchofo Chacón

José Manuel Chacón, conocido como Filóchofo, ha convertido la terquedad en su principal herramienta. Su lápiz no solo dibuja, cuestiona, entretiene, denuncia. Durante décadas ha mantenido su voz intacta frente a la censura, las amenazas y la presión de poderes políticos y económicos.

Comenzó en la Universidad de San Carlos, cerrando la Facultad de Arquitectura y trabajaba como auxiliar en la Escuela de Ciencias Políticas. Allí creó su primer muñeco para atraer la atención de los estudiantes hacia una cartelera que nadie miraba. Ese pequeño gesto marcó el inicio de un camino que lo llevaría a publicar en revistas y finalmente en periódicos d ecirculación nacional.

Sus personajes —el hijo, la palomita de la Paz, el perrito, la tortuga y la casita en la orilla— no son simples figuras: son voces que dialogan, denuncian y acompañan al lector. Cada uno tiene su historia y significado. La tortuga simboliza un proceso democrático que nunca avanza; la casita de la orilla, inspirada en vivienda popular, refleja la realidad de muchos guatemaltecos.

Filóchofo enfrentó presiones de todo tipo: directores de periódico, alcaldes molestos, funcionarios amenazantes y censuradores. Una vez, ante la posibilidad de que se retirara pauta publicitaria por un dibujo que exageraba las orejas del alcalde Óscar Berger, respondió: “Si cedemos ahora, mañana la censura será por un artículo de opinión o por cualquier cosa que no les guste”.

Además de su trabajo en prensa, ha desarrollado una faceta literaria notable, publicando cuentos, novelas históricas y libros de contenido social, algunos reconocidos en España. Sin embargo, su obra escrita muchas veces no ha recibido la atención mediática que merece, reflejando los retos de los críticos independientes en Guatemala.

Hoy sigue activo en Prensa Comunitaria, manteniendo su independencia y libertad de expresión. Cada trazo es un acto de resistencia, un recordatorio de que en un país donde la censura acecha, la terquedad puede ser un acto de valentía.
“Mientras me den espacio, voy a seguir criticando”, afirmó.

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