Cuando solo aquellos que apelaban al poder de la historia del Real Madrid en la Liga de Campeones, al orgullo del rey herido, concedían alguna opción ante el Manchester City, un recital de compromiso a imagen y semejanza de Fede Valverde, en la noche soñada del uruguayo, autor del primer triplete de su carrera, alimentó lo que se antojaba un milagro con un 3-0 que incluso pudo ser mayor si Vinícius no hubiese perdonado un penalti (3-0).
El triunfo que necesitaba Álvaro Arbeloa. Valiente sosteniendo a un chico de 18 años, Thiago Pitarch, en un duelo de tal dimensión, fortaleciendo el centro del campo condicionado por las circunstancias y las lesiones. Entendió que atacar de forma directa al conjunto de Pep Guardiola era un suicidio y jugó sin 9. En esta ocasión, el factor sorpresa que tanto gusta a Pep saltó en su contra.
Con el traje de batalla puesto, los merengues entendieron que la única manera de llegar con vida al Etihad era vaciarse en cada acción. Las ayudas fueron constantes, no hubo distinción entre jugadores a la hora de correr y pelear.
Los días grandes piden el paso al frente de los líderes y el indiscutible, por carácter, orgullo, casta, espíritu competitivo y calidad, fue Fede Valverde. Su nombre retumbó en cada rincón del Bernabéu con una exhibición sin precedente.
El City desató su inestabilidad por su falta de contundencia defensiva. Carente del colmillo competitivo. A tres minutos del descanso, Fede puso el broche al partido de su carrera.
Los ingleses quiseron dar un paso al frente buscando un gol, pero acabaron corriendo el riesgo de ver sentenciada la eliminatoria.
Los blancos dieron por bueno un 3-0 impensable para casi todos antes del inicio.












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