Francisco Guillén
Dirección de Formación Artística
Ministerio de Cultura y Deportes
[email protected]
Muy utilizada, y hasta casi desgastada, pero eficientemente comunicacional, la frase: “…por amor al arte”, nos describe muchos hechos culturales, patrones sociales, tendencias económicas y hasta una consuetudinaria actitud humana que, a lo largo del tiempo, y sin importar fronteras, le sirve al ser humano y expresamente al guatemalteco para justificar una baja o nula remuneración por un bien o servicio prestado.
Aunque no se tenga un dato que indique el momento de generación de la frase, como muchas otras, este coloquialismo hispanoamericano es uno de los más utilizados y escritos en nuestros ambientes, particularmente porque denota y connota que de donde salió, a cualquier tipo de creación artística se le considera indigna de un buen pago, quedando en una paga injusta, exigua o insuficiente.
Las culturas anglosajonas, teutonas o escandinavas tienden a ser más conscientes de la remuneración justa y acostumbran, como parte de su cultura, a ponderar con una balanza, quizás más justa, la elaboración artesanal y el arte en sí mismo. No podemos culpar a nuestro origen hispano, mediterráneo o latino, el hecho de valorar o considerar poco la creación artística; resulta necesario plantear que venimos de ambientes sociales que, por mucho tiempo, han sido vulnerados por la pobreza y dan prioridad a lo básico para sobrevivir.
Como la generación de arte es inherente al ser humano, celebérrimos artistas plásticos, de la música y de las letras, entre otros, surgieron poco tiempo después del medioevo y se hizo necesario que surgiera la figura del ”mecenazgo“.
En la Edad Media, en términos prácticos, no había “clase media”, por lo que quien deseaba dedicarse a las bellas artes en cualquiera de sus aristas no podía hacerlo ni por asomo. Aun las artesanías eran más bien un pasatiempo y no una forma de vida.
Como la generación de arte es inherente al ser humano, celebérrimos artistas plásticos, de la música y de las letras, entre otros, surgieron poco tiempo después del medioevo y se hizo necesario que surgiera la figura del “mecenazgo”. Sin esta figura, grandes expositores, como Leonardo da Vinci, habrían podido tan solo pasar de pintar unos cuántos retablos o escribir unos cuántos poemas. De alguna forma podemos inferir que el mecenazgo, por amor al arte, sirvió de techo, abrigo y alimento al arte mundial para hacerlo sobrevivir.
Mecenas como la familia Medici, Francisco I de Francia y Ludovico Sforza fueron los inversores de tan grandes tesoros que hasta hoy sostienen la expresión creativa humana. Esta inversión es de incalculable valor. La Escuela de los ilustres maestros fue el horizonte para los siglos venideros que influyeron las diferentes corrientes artísticas que inundaron Europa y América, persuadiendo hasta la política, el pensamiento crítico y los cimientos sociales.











Deja un comentario