Cristina Crichton
Académica de la Facultad de
Artes Liberales UAI
La técnica ha sido uno de los grandes motores de la historia humana. Y hoy, cuando la inteligencia artificial (IA) promete acelerar casi todo, una pregunta antigua cobra especial relevancia: ¿qué es la técnica?
Para Ortega y Gasset, por ejemplo, la técnica es la forma propiamente humana de habitar el mundo: el ser humano reforma la naturaleza y crea una “sobrenaturaleza”, un mundo artificial en el que es posible vivir bien según un estilo de vida y no simplemente sobrevivir (satisfacer nuestras necesidades biológicas). Por eso su función profunda es ahorrar esfuerzo, liberar tiempo y energía, y dejarnos disponibles para lo propiamente humano: elegir, sostener y realizar un programa vital.
La técnica exige, por tanto, preguntarnos qué ideal de vida la orienta, pues depende de una idea previa de lo que queremos ser, y no al revés. Aquí se insinúa uno de los riesgos que Ortega advierte: al facilitarnos la existencia, podemos olvidar que la técnica no es un fin, sino un medio; y, al dejar de preguntarnos ¿para qué?, perdemos de vista qué vida queremos vivir, lo que a menudo conduce a adoptar “fines prestados”. En las redes sociales esta deriva se intensifica, pues la oferta de ideales listos para consumir es inmediata y constante. La posibilidad de sostener un programa vital propio queda aún más amenazada.
La posibilidad de sostener un programa vital propio queda aún más amenazada.
Heidegger empuja la alarma un paso más: “Lo verdaderamente inquietante [...] no es que el mundo se tecnifique enteramente [...] [sino] que el ser humano no está preparado para esta transformación universal; que aún no logremos enfrentar meditativamente lo que propiamente se avecina en esta época”. ¿Cómo nos preparamos?
Por otro, el pensar reflexivo: el que se detiene y pregunta por el sentido. Heidegger piensa que ambos son necesarios para el ser humano. El problema es que el primero suele imponerse, sobre todo cuando los “instrumentos técnicos de información” nos estimulan sin pausa y le quitan espacio a la atención que el pensar reflexivo necesita. Frente a esto, nos propone una actitud sencilla pero exigente: decir “sí” al uso inevitable de los objetos técnicos y, al mismo tiempo, decirles “no” en la medida en que rehusamos que dobleguen y devasten nuestra esencia – el pensar – hasta llevarnos a una relación de servidumbre con ellos.
El que la IA “piense por nosotros” puede ser muy útil en muchos ámbitos, pero el riesgo también es evidente: tercerizar el trabajo lento que forma criterio, esa reflexión que cuesta y que nos transforma.











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