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Gobierno devolverá dignidad vial a Zona Reina olvidada

Con la mejora y construcción de 175 kilómetros, la salud, educación y comercio dejan de ser un privilegio para convertirse en un derecho básico en esta área de Quiché

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El viaje al norte de Quiché no se mide en kilómetros, sino en la capacidad de resistencia. Al salir de la ciudad de Guatemala, el tablero marca una ruta de 335 kilómetros de asfalto que atraviesa Las Verapaces, pero el verdadero reto comienza al ingresar al norte de Quiché. Allí, donde la neblina de la Sierra de Chamá parece ocultar el paso del tiempo, se extiende una red de 175.82 kilómetros de terracería que, durante décadas, fue símbolo de aislamiento y olvido.

Hoy, ese silencio histórico se rompe con el despliegue de maquinaria y equipo del Ministerio de Comunicaciones, Infraestructura y Vivienda (CIV), que ya activó cinco frentes de trabajo simultáneos para transformar esta ruta mediante labores de chapeo, limpieza de cunetas y remoción de derrumbes, con lo cual se inicia la primera fase de transformación que finalizará con el asfaltado.

Avanzar por este tramo es enfrentarse a un laberinto de curvas cerradas y pendientes que desafían la gravedad. El polvo, que en verano nubla la vista y en invierno se convierte en fango voraz, envuelve un paisaje de carencias profundas, pero también de una voluntad inquebrantable.

Es en este polvo donde, según Félix Tux, de 80 años, ha librado su batalla personal, “no solo se arriesga la cosecha, sino la vida”. El anciano recorre 206 kilómetros desde San Juan Chactelá a Santa Cruz del Quiché, donde vende su cosecha de cardamomo. “Me hago cuatro horas y media de camino, si hace buen clima, si no, son más de seis”, narra, mientras confía que la maquinaria del CIV convierta esa tragedia histórica en un pasado superado.

De acuerdo con Félix, “el mayor beneficio (de la obra) será para las señoras y niños, pues uno de hombre se hace el fuerte”. Sus palabras revelan una realidad silenciosa en la Zona Reina, donde el género masculino asume la dureza del camino como un sacrificio cotidiano, pero reconoce que la verdadera vulnerabilidad recae en los más pequeños y en las madres.

Por ello, el mantenimiento que realiza el CIV es la garantía de tranquilidad que la comunidad espera. Al asegurar la ruta, el Gobierno no solo facilita el comercio, sino que devuelve la paz a los hogares. Saber que el camino es transitable significa que un niño puede llegar a la escuela sin riesgo y que una madre no tendrá que enfrentar sola la incertidumbre de una emergencia en medio del lodo.

Compromiso ratificado

Llegar al norte de Quiché es entrar a una Guatemala donde el tiempo se detuvo. Sus 175.82 kilómetros de red vial no son solo una ruta, son una cicatriz de terracería que parecía condenada al olvido. El pasado 12 de marzo, bajo un sol abrasador y nubes de polvo denso que asfixian el camino, el presidente Bernardo Arévalo rompió ese silencio. Su visita no fue protocolo, sino una respuesta a la vulnerabilidad extrema de una región que sobrevive entre carencias.

“Este proyecto es el cumplimiento de un derecho básico: la libertad de tránsito y el acceso al desarrollo que por décadas se le negó a esta región”, afirmó el mandatario ante cientos de pobladores. Para una comunidad acostumbrada a desconfiar, el rugir de la maquinaria del CIV marca hoy una señal de permanencia. Durante su discurso, Arévalo fue tajante: “Sin carreteras no hay desarrollo. Nuestra prioridad es que estas comunidades tengan rutas dignas para prosperar”.

La visita marcó un punto de quiebre frente a un ciclo de promesas de campaña que se desvanecían tan rápido como el polvo del camino. Para pobladores como Gudiel Gómez Herrera, la historia regional ha sido una “mentira prolongada”. 

Con la amargura de ver a sus hijos crecer entre carencias, sentencia: “Hemos vivido en una farsa durante muchos gobiernos”. Gómez recuerda con indignación cómo los políticos grababan sus nombres en piedras a la orilla de la ruta, usando a la comunidad como “escalera para llegar al poder y después dejarnos abandonados”.

Hoy, el clamor no es por caridad, es por supervivencia. Como padre, el mayor temor de Gudiel no es la pobreza, sino la muerte evitable. Describe con nostalgia y miedo al riesgo de que un familiar no llegue a tiempo al hospital o que un joven pierda la oportunidad de estudiar porque el camino se lo impide. “Sería bueno que ellos ya no sufrieran lo que nosotros padecimos”, expresa.

Para él, la llegada del CIV y la meta del asfalto son la única llave para sacar a la Zona Reina de un atraso que calcula en “200 años”. Permitiría que, por fin, la energía eléctrica, la salud y la nutrición digna dejen de ser un privilegio y se conviertan en una realidad en la montaña.

Ingeniería en movimiento

Recuperar la transitabilidad no es una promesa a futuro. Se ha convertido en una labor que ya
suma kilómetros de avance gracias al despliegue de equipo pesado. Detrás de cada kilómetro que se recupera hay una logística de emergencia coordinada por la Dirección General de Caminos.

Javier Francisco Lancerio, auxiliar del encargado de maquinaria del tramo 3, destaca que la misión es clara: “Se nos mandó acá por emergencia para darle mantenimiento a la carretera”. 

Según el funcionario, el trabajo comenzó desde la aldea San Juan Chactelá, avanza con rigor técnico mediante la “limpieza de cunetas, tuberías, transversales y sacando derrumbes”.

Este frente de trabajo ya reporta un avance de 12 kilómetros. La labor es minuciosa y se divide en grupos especializados. “Tenemos un grupo de personas que están haciendo limpieza de cunetas, otras el chapeo y uno más tiene a su cargo la conformación”, cita. Este despliegue humano, que incluye personal de la Zona Vial 13, opera bajo un plan estricto de “22 días de trabajo de corrido para maximizar el tiempo frente a las condiciones climáticas de la región”. En el tramo 4, la precisión técnica es liderada por operarios como José Ovidio García, quien detalla la complejidad de la reconformación y compactación del suelo. Explica que el éxito de la ruta depende de un lote de maquinaria pesada: “Una motoniveladora que le llamamos patrol, cisterna, cargador frontal, camión de volteo y vibrocompactora”. Este equipo permite un avance diario de 600 a 700 metros, con la garantía de que cada tramo quede listo para el tránsito seguro.

Para García, esta labor trasciende lo laboral y se convierte en compromiso de desarrollo nacional. “Nos satisface hacer el trabajo que las comunidades necesitan. El empeño de la Dirección General de Caminos es dejar carreteras transitables”, afirma.

Unidad y derechos

La recuperación vial en Quiché es un acto de justicia validado por quienes resguardan el territorio. José Luis Lux, concejal de Ixcán, dice que esta obra rompe décadas de exclusión. “Es un mensaje claro de que ahora somos un solo país y un solo pueblo”. Lux afirma que la llegada del Gobierno responde a una demanda históricamente ignorada: “La región norte ha estado al margen del desarrollo por décadas. Con esta ruta se dinamiza la economía y el agricultor ya no perderá su dinero por el mal estado del camino”, puntualiza.

Según el Gran Consejo de Autoridades Ancestrales Los Copones, la maquinaria es fruto de una lucha frontal. Rofelio Tixim, miembro de la organización, destaca que el cambio se inició al encarar al Estado: “Nos acercamos al CIV para recuperar nuestro territorio y el presidente Bernardo Arévalo finalmente nos escuchó”. Refiere que después de años de puertas cerradas, la prioridad es clara: limpieza inmediata y, como objetivo final, la pavimentación.

“Nuestra visión es que, al terminar estas labores, se activen los procesos para el asfalto. Es la única garantía de que el progreso no se lo lleve la lluvia”, sentencia Tixim.

Este proceso de recuperación no se limita a la presencia de máquinas. Conlleva una vigilancia constante a pie de obra. Las autoridades ancestrales han establecido comitivas de fiscalización para asegurar que el balasto y la limpieza cumplan con los estándares necesarios para resistir el clima extremo de la Zona Reina. 

Para los líderes, el éxito de esta fase preventiva es el cimiento técnico que permitirá licitar con transparencia el asfalto definitivo y transformar la “cicatriz de tierra” en una arteria de concreto que soporte el peso del desarrollo.

Rafael Chen Makin, autoridad ancestral de San César, relata con alivio cómo el mantenimiento dignifica la vida. “Las mujeres sufren mucho en el camino; ahora confiamos en que ya no habrá riesgos de morir en el trayecto”. Chen Makin considera que la meta es la conectividad total de las 36 comunidades indígenas de la región, a fin de asegurar que el aislamiento sea solo un mal recuerdo.

Con la fiscalización constante de los líderes locales, la Zona Reina cerrará un capítulo de abandono. El compromiso del Gobierno y la vigilancia ancestral coinciden en un objetivo: que el asfalto sea la cinta que una el norte de Quiché con el país y permita que la salud, educación y comercio del oro verde (cardamomo) fluyan, por fin, sin obstáculos.

El norte de Quiché

La Zona Reina constituye un corredor estratégico de 750 kilómetros cuadrados, ubicado en el municipio de Uspantán, Quiché. Esta demarcación territorial integra a 90 comunidades, con una población estimada de 150 mil habitantes. 

El sector se distingue por su naturaleza multiétnica, donde el pueblo maya q’eqchi’ coexiste con núcleos k’iche’s y uspantekos. El territorio se compone de valles y montañas bajas que forman parte de la Sierra de Chamá. 

La zona tiene un clima de selva lluvioso y tierras fértiles para los cultivos. En el ámbito productivo, la zona aporta el 12 % del cardamomo nacional. Asimismo, el sector se posiciona como un referente del cultivo de cacao de alta calidad. 

La seguridad alimentaria regional descansa en la producción de maíz y frijol, cultivos que abastecen a las familias y dinamizan el comercio hacia la Franja Transversal del Norte. La región fue bautizada en honor del presidente José María Reina Barrios, quien a finales del siglo XIX impulsó la colonización de estas tierras para expandir la frontera agrícola nacional.

Área Ixil

La zona Ixil abarca una extensión territorial aproximada de 2 mil 314 kilómetros cuadrados y constituye una región estratégica en el noroccidente del departamento de Quiché. Esta demarcación geográfica integra los municipios de Santa María Nebaj, San Juan Cotzal y San Gaspar Chajul, con una población estimada de 250 mil habitantes. 

El territorio alberga al pueblo maya ixil, comunidad que preserva su idioma y sistemas de autoridad propia como pilares de la pluriculturalidad nacional. La zona presenta una topografía montañosa perteneciente a la Sierra de los Cuchumatanes, donde predominan los bosques nubosos y el clima templado. 

La región destaca por la producción de café de altura, destinado a mercados de exportación en Europa y Norteamérica. Asimismo, el cultivo de cardamomo la convierte en proveedor clave para la Franja Transversal del Norte. Finalmente, los granos básicos, maíz blanco y amarillo y frijol negro representan los principales cultivos de subsistencia y comercio local.

En las entrañas de Cabá, Chajul, Quiché, el éxito de una cosecha se mide en la resistencia de un eje y la suerte de un conductor. Para Alonso Veca Sánchez, presidente de la cooperativa local, la jornada se inicia cuando la montaña aún es sombra y el frío cala los huesos. 

Madrugar no es una opción, es una batalla para vencer un camino que parece vivo; una ruta de lodo y piedra donde un error de centímetros significa perder el sustento de cientos de familias en el fondo de un barranco.

“Somos del campo y manejamos nuestra producción. Con mejor carretera, nuestro fruto llegará con dignidad al mercado”, explica, mientras supervisa la carga que es el sustento de cientos de familias. Cada viaje es un peligro real, el camión ruge, se ladea sobre el abismo y el corazón se detiene al pensar que el esfuerzo de un año puede terminar enterrado en el fango por la falta de una ruta digna.

Consciente de que este aislamiento es el mayor obstáculo para su gente, Veca ve en la maquinaria del CIV el inicio de una liberación económica. “El asfalto no es un lujo, es la garantía de que el sudor del campesino no se pierda en el trayecto”, afirma. Sabe que el cambio enfrenta grandes desafíos, Veca asume su rol de líder vigilante frente al proyecto. “Exigimos el derecho a que la Zona Reina deje de ser una isla de olvido y se convierta en el motor de prosperidad que el Quiché merece”, sentencia.

El reloj de Gudiel Gómez Herrera se activa a las 4:00 horas, cuando la neblina aún oculta las trampas de una ruta que no perdona. Como padre de cuatro hijos, su jornada es una carrera de obstáculos donde el esfuerzo diario se diluye en las reparaciones de un vehículo que sufre el rigor del abandono.

“Madrugar aquí es un reto; uno sale con la bendición de Dios porque no sabe si el camino nos va a dejar pasar o si el carro va a aguantar”, relata con el cansancio de quien vive al límite. Para él, cada bache es un golpe al sustento de su hogar. 

“El vehículo se daña cada poco; las piezas se quiebran con tanto hoyo y es frustrante trabajar solo para mantener el hierro. Lo que uno gana se va a los talleres mecánicos”, confiesa.

A pesar del desgaste, su mirada está puesta en el futuro de sus hijos. Al ver la maquinaria del CIV, lo embarga la esperanza de una herencia distinta. “Sería bueno que el Ministerio contrate gente de aquí mismo para supervisar y trabajar. Nadie va a cuidar mejor el camino que nosotros, porque somos quienes lo sufrimos”, enfatiza. 

Afirma que su lucha no es solo por llegar hoy a su destino, sino por dejar un precedente de dignidad: “Queremos dejarles algo mejor a nuestros hijos, que ellos ya no tengan que sufrir lo que nosotros pasamos para ganarnos el pan”.

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