Claudio Araya
Las fiestas de fin de año suelen presentarse como un tiempo de alegría, encuentro y descanso. Sin embargo, se transforman en uno de los períodos más exigentes y emocionalmente complejos del año. La misma época que promete alegría puede convertirse en una fuente de cansancio y ansiedad. Un estudio de la Asociación de Psicología Americana (APA) mostró que cerca del 89% de los adultos reportó mayor estrés durante las fiestas que en otros períodos del año. El cierre del año suele venir acompañado de una acumulación de cansancio, metas pendientes, evaluaciones finales y una intensa agenda de compromisos sociales, laborales y familiares. A ello se suma la expectativa de que pronto llegará un descanso reparador. Sin embargo, ese descanso, tensionado por la sobrecarga previa, rara vez se concreta. Cuidar la salud mental implica buscar estrategias hábiles que nos permitan atravesar estas fiestas sin perdernos a nosotros mismos ni quedar atrapados en el agobio.
El cierre del año suele venir acompañado de una intensa agenda de compromisos sociales, laborales y familiares.
Esto supone recorrer un camino intermedio: ni rechazar las celebraciones, ni idealizarlas como si debieran ser perfectas. Puede ayudarnos a moderar nuestras expectativas, simplificar, hacer renuncias conscientes y priorizar aquello que realmente nos nutra. Como antídoto, resulta clave privilegiar la presencia, cuidar los vínculos, pedir ayuda cuando la carga se vuelva excesiva y recordar que no todo tiene que resolverse en el estrecho margen de unos pocos días. Quizás el mayor desafío de estas fechas sea cultivar una presencia cálida y consciente con quienes nos rodean. Soltar la idea de cumplir con tener unas fiestas ideales, ya que nunca lo son, sino más bien disfrutar el acompañarnos y el dejarnos sostener, en un tiempo que, por definición, es compartido, imperfecto y frágil.











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