Son las 19:25 horas y la conversación arranca como una chispa en la penumbra. Dos palabras simples: esfuerzo y dedicación, una conversación breve con dos trapecistas que tienen 10 meses y 10 años de trabajar en Tihany, uno recién dejó Argentina y el otro no extraña Brasil, su nación son los malabares.
Entonces, el circo despierta, el evento comienza con un retraso breve. Los hombres vuelan. Volver a ser niño no es una metáfora; es un mandato. Durante quince minutos, la magia toma el control, el tiempo desaparece, y todo parece posible.
La representación avanza en un caos controlado: el ritmo de coreografías que recuerdan Las Vegas al golpe de la canción Mambo No. 5. Luego aparecen los payasos, con cinco minutos de carcajadas que sirven como un breve respiro antes de que lo extraño irrumpa: el hombre de dos cabezas. El absurdo domina la pista y, de alguna forma, todo cobra sentido.
Los malabaristas regresan para desafiar la gravedad, antes de que el mago ocupe el escenario y transforme el aire, como si cada truco detuviera los corazones. El intermedio trae un alivio breve. Pero apenas comienza la segunda parte, la función explota en exotismo: princesas tailandesas, agua y luces que convierten la pista en un delirio. Los trapecistas cruzan el vacío y el público olvida respirar. El cierre entrega un adiós que no suena definitivo. Setenta años de circo dejan magia suspendida en el aire, un eco que se niega a desaparecer.
El circo Tihany es un espectáculo para los más pequeños de casa y para gente que no teme volver a la infancia. Hasta el 16 de febrero, en funciones de lunes a jueves, 19:00 horas; viernes y sábado, 16:00 y 20:00, y domingos: 11:30, 15:00 y 19:00. Costo de boletos en quetzales y disponibles en taquilla: Palco VIP, 440; Diamante, 375; Oro, 340; Platea Plus, 280; Platea lateral, 240; General 170.












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