Alejandro Pantoja
Director ejecutivo
En el marco del Día Mundial del Emprendimiento resulta relevante mencionar que el dinamismo de los ecosistemas de innovación y emprendimiento no depende exclusivamente de las capacidades individuales de quienes emprenden, sino también de la calidad de las redes, instituciones y vínculos que hacen posible la transformación del conocimiento en soluciones con impacto económico y social. No basta con tener talento, investigación o voluntad emprendedora sino que se requiere, además, un entorno capaz de articular actores, reducir incertidumbre y facilitar trayectorias para el escalamiento.
Esto es particularmente clave en América Latina y el Caribe, donde persisten brechas estructurales en financiamiento temprano, transferencia tecnológica, articulación universidad-empresa, sofisticación de intermediarios y acceso a redes globales. Dichas brechas se vuelven aún más evidentes en el caso del emprendimiento de base científico-tecnológica y deeptech, donde los ciclos de desarrollo son más largos, las exigencias regulatorias son mayores y la inserción internacional suele ser una condición necesaria para validar y expandir soluciones. En ese contexto, los ecosistemas locales son indispensables, pero no suficientes.
Desde esa perspectiva, la cooperación internacional cumple una función estratégica. Estas alianzas no solo aportan financiamiento, sino que permiten transferir marcos metodológicos, estándares de calidad, capacidades institucionales, legitimidad frente a inversionistas y acceso a redes de colaboración que los ecosistemas locales difícilmente podrían construir con la misma velocidad de manera aislada. Se trata, en rigor, de mecanismos que aceleran procesos de aprendizaje colectivo y fortalecen el capital relacional esencial para sostener los ecosistemas innovadores.
No se trata solo de acompañar startups, sino de construir puentes entre investigación, industria, política pública y redes globales.
La experiencia reciente muestra que la Unión Europea ha venido impulsando una lógica de integración birregional que fortalece plataformas de vinculación, colaboración e inversión entre Europa y América Latina y el Caribe. El BID (de la mano del BID Lab), por su parte, ha desarrollado una labor particularmente relevante en el fortalecimiento de capacidades, la articulación de actores, la coinversión y el apoyo a incubadoras, aceleradoras y otros intermediarios del ecosistema. En conjunto, este tipo de cooperación contribuye a cerrar brechas críticas en al menos cuatro dimensiones: capital paciente, calidad de intermediación, vínculos entre ciencia y mercado, y conexión internacional.
No se trata solo de acompañar startups, sino de construir puentes entre investigación, industria, política pública y redes globales de innovación y emprendimiento. En esa tarea, la cooperación internacional opera como condición habilitante para que nuestros ecosistemas puedan evolucionar hacia mayores niveles de sofisticación, resiliencia e impacto.
En resumen, el desafío para América Latina, que sin duda avanza día a día en mayor madurez, es fortalecer ecosistemas capaces de sostener emprendimientos más complejos, más intensivos en conocimiento y mejor conectados con el mundo. En ese esfuerzo, la cooperación con actores internacionales debe ser asumida como parte constitutiva de una estrategia de desarrollo.











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