En el blanco y negro de las imágenes de Graciela Iturbide no falta color, sobra alma. Sus imágenes susurran secretos de pueblos que se resisten al olvido. Verla caminar entre sus fotografías es presenciar a quien ha hallado el punto donde el mito se encuentra con la tecnología y la muerte se vuelve cercana.
Habla de la complicidad como su única técnica y de la “sorpresa” como impulso creativo. Entre la luz del desierto de Sonora y la calidez guatemalteca, revela que sus fotos no copian la realidad: capturan lo que siente ante un mundo que aún la asombra.
¿Cómo logra que lo retratado se entregue a la cámara?
Mi interés siempre ha sido acercarme a las personas desde el respeto. Cuando llego a un pueblo, me presento para obtener el permiso de estar allí con mi cámara. A partir de ese momento busco la complicidad: convivo con ellas, comparto su día a día, duermo en sus casas, estoy con ellas todo el tiempo. Procuro construir una relación cercana, basada en la confianza y la amistad.
Desde el inicio cuento con un permiso implícito para fotografiar, lo que me permite trabajar sin problemas. Y si alguien no desea ser plasmado, simplemente no lo hago. Ante todo, respeto y consentimiento.
¿Qué secretos revela el blanco y negro?
Muchos secretos se revelan, pero todo depende del momento, del lugar y de la suerte que te acompañe. Cada toma es un fragmento de México: no pretende mostrar lo que “es”, sino lo que yo siento. Es mi manera de compartir la emoción y mirada personal que tengo sobre mi país.


¿Cuál imagen capturó la esencia de pueblo?
Por ejemplo, esta foto que está aquí atrás (señaló la imagen de la Mujer Ángel). Yo ni siquiera me di cuenta de que la había tomado. Mientras armaba el libro, alguien me mostró una foto y le dije: “Esa no es mía”. Venía bajando de la cueva, porque me habían llevado hasta allá, y sin querer disparé la cámara. Más tarde, al revisar mi hoja de contactos, descubrí que efectivamente estaba ahí. Por eso digo que esa imagen me la regaló el desierto, y la quiero tanto. Yo solo apreté el gatillo.
¿Es esa foto puente entre mito y modernidad?
Totalmente. En la imagen de los seris (pueblo indígena del estado de Sonora), la mujer aparece vestida con su atuendo tradicional, pero lleva consigo una radiograbadora. Sus artesanías las intercambian con los estadounidenses, ya que viven cerca de Arizona, y la modernidad se va filtrando por distintos caminos: música, intercambios, las influencias cotidianas. En cada lugar conviven elementos antiguos con otros muy
modernos.
¿Cuándo transforma su lente en arte visual?
Ojalá, porque lo considero un verdadero halago. La fotografía es, ante todo, un documento, y yo la hago a partir de lo que me gusta, aunque siempre depende de los ojos de quien la mire. Una imagen puede ser arqueológica o poética.
¿Cómo dialogan muerte y naturaleza?
En México, jugamos con la muerte. El Día de Muertos nos regalamos calaveras de azúcar con nuestro nombre. He fotografiado mucho la muerte, tanto en su dimensión festiva como en sepelios. La experiencia es fuerte: a los niños pequeños les hacen sus cajitas adornadas con flores de papel. He asistido a varios de esos rituales.

Graciela Iturbide (Ciudad de México, 1942)
La artista transitó del cine a la fotografía. Proyectos como Los que viven en la arena y Juchitán de las Mujeres reflejan su exploración de la identidad mexicana. Con exhibiciones en recintos como el Centre Pompidou, Francia, y el galardón de la talla del Premio Hasselblad, su legado es referente mundial. De su vasta producción sobresalen las capturas en el baño de Frida Kahlo. En ese espacio logró inmortalizar la vulnerabilidad de la pintora con una carga emocional que la estremeció.











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