Unidad de Comunicación y Relaciones Públicas
CONADI, Guatemala.
Hablar de la maternidad desde un enfoque de derechos humanos es reconocer historias por la resiliencia, pero también por la exigencia de igualdad, dignidad y justicia. Es comprender que cuando se trata de madres con discapacidad y de madres con hijos e hijas con discapacidad, estamos ante el ejercicio cotidiano de derechos que deben ser garantizados sin discriminación.
Históricamente, las madres han sostenido a las familias desde un lugar muchas veces invisibilizado. Las madres con discapacidad y las madres de personas con discapacidad no solo asumen roles de cuidado, sino que también se convierten en defensoras de derechos, gestoras de oportunidades y agentes activas de inclusión.
A pesar de enfrentar barreras estructurales en el acceso a salud, educación inclusiva, empleo y protección social, en su diario vivir abren camino donde antes no existía. Organizan, gestionan, buscan y exigen servicios adecuados como parte de sus derechos y los de sus hijos e hijas.
Las madres con discapacidad enfrentan múltiples formas de discriminación.
En particular, las madres con discapacidad enfrentan múltiples formas de discriminación; persisten prejuicios que cuestionan su capacidad materna, lo cual contradice principios fundamentales como la igualdad, la autonomía y la no discriminación. Estas barreras no son naturales, son sociales y, por tanto, pueden ser transformables.
Poner en el centro a las madres con discapacidad y a las madres de personas con discapacidad es un acto de justicia social. Reconocerlas implica ir más allá del discurso simbólico: significa garantizar condiciones reales de inclusión, acceso a servicios, redes de apoyo y políticas públicas que fortalezcan su autonomía y participación.
También es importante promover y comprender su papel como promotoras de derechos, lideresas en sus comunidades y ejemplo de resiliencia, sin caer en la romantización.
Como sociedad, es fundamental abandonar la tendencia a comercializar o instrumentalizar la figura materna, especialmente en contextos de discapacidad y, en su lugar, debemos asumir un compromiso ético que respete su voz, su experiencia y su derecho a ser reconocidas en toda su complejidad. Solo así avanzaremos hacia una cultura que valore el cuidado como un pilar colectivo y no como una carga individual invisibilizada.











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