Jonathan Menkos
Ministro de Finanzas Públicas de Guatemala
Caminar por el Parque Científico de Hsinchu es una experiencia difícil de describir. Es el lugar donde nació Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), la empresa que fabrica los chips que hacen funcionar casi todo el mundo digital. Todo empezó con una decisión del Gobierno taiwanés, en los años 70, que convirtió un campo llano en un espacio para la producción tecnológica de vanguardia.
Tuve la oportunidad de visitar Taiwán y dos conversaciones me marcaron. La primera, con el equipo del Instituto de Investigación Tecnológica Industrial (ITRI). La segunda, con los planificadores del Consejo Nacional de Desarrollo (NDC). Lo que escuché fue la historia de un país que decidió, hace 80 años, que su recurso más valioso era su gente.
En 1973, cuando Taiwán enfrentaba aislamiento político y una economía todavía agrícola, el Gobierno creó el ITRI con un mandato claro: transformar la economía del país por medio de la tecnología. El ITRI no compitió con el sector privado. Hizo algo más inteligente, agregó valor a la economía taiwanesa: construyó el mercado que no existía, formó el talento que hacía falta e incubó empresas. Más de 240 empresas nacieron de ese laboratorio público, incluyendo TSMC. Hoy el ITRI tiene más de 17 mil patentes activas y Clarivate —la organización global de referencia en inteligencia sobre innovación— lo ha incluido por décima vez en su lista de los 100 innovadores más importantes del mundo, junto a empresas como Apple, Qualcomm y Toshiba.
Taiwán entendió que ninguna industria puede florecer con personas enfermas o sin seguridad.
El ITRI es solo la parte más visible de algo más profundo. Taiwán entendió desde temprano que ninguna industria puede florecer con personas enfermas, mal educadas o sin seguridad. Por eso, en 1995, unificó 13 esquemas de seguro fragmentados en un solo sistema universal de salud, con una esperanza de vida de casi 81 años. En educación, el 32 % de los estudiantes son considerados de alto desempeño en matemáticas, frente al 9 % del promedio de los países de la OCDE. Además, el 82 % de taiwaneses de entre 25 y 29 años tiene un título universitario. Dentro de la red de protección social existen subsidios de vivienda para jóvenes y cuidado de niños de 0 a 6 años.
El resultado es significativo. En 1960, Taiwán representaba el 0.13 % de la economía mundial. Hoy es el 0.72 %, con apenas 23 millones de habitantes. Produce el 90 % de los semiconductores más avanzados. Y este camino al desarrollo lo hizo rápido y sin casi nada. Solo con instituciones, planificación, acuerdos políticos y la certeza de que cuidar a las personas y desarrollar un país no son cosas distintas.
La lección no es que Guatemala deba copiar a Taiwán. Hay algo que sí se puede y se debe aprender: que un poder público con visión de desarrollo es condición para el desarrollo. Que invertir en conocimiento y en la gente es la semilla de la que crece todo.
En las próximas semanas compartiré lo que aprendí sobre cómo Taiwán construyó ese futuro, pieza por pieza: el ecosistema de innovación del ITRI y el Parque de Hsinchu, la planificación de largo plazo del NDC, el servicio civil y la transformación digital que hacen que ese Estado funcione.











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