El último acorde aún flotaba en el aire cuando los encontramos: cinco músicos con la mirada brillante y el aliento cargado de notas. Entre estuches abiertos y partituras que descansan en sus tabletas, venían de un ensayo que ellos valoraron como bueno.
Antes de eso habían posado frente al lente con sus instrumentos como extensiones de sus cuerpos: Rubí Escobar, flauta; Joaquín Paniagua, oboe; Ben Levi, clarinete; Ángela Jayes, corno francés, y Marlon Chacón, fagot. Juntos conforman el Quinteto Xocomil, la agrupación de viento-madera del Ministerio de Cultura y Deportes que, en mayo, cumplirá su primer año de vida. Tiempo que ha bastado para que cinco voces de madera y metal respiraran como una sola.
¿Cómo fue el inicio?
Girón: Un gran reto. Ya nos conocíamos en la música, nunca habíamos formado un ensamble. Iniciar el quinteto permitió descubrirnos a profundidad; ahora, sabemos qué esperar de cada uno en ensayos y presentaciones.
Escobar: Individualmente, también resulta exigente. Tocar en un quinteto es distinto a hacerlo en una orquesta: cada papel es indispensable y no hay lugar para esconderse. En mi caso, tuve que ahondar más en el estudio de mi instrumento. No se trata solo de técnica o afinación, sino de madurar el sonido colectivo, comprender cómo se entrelaza el color de la flauta con el del fagot o el oboe. Es un trabajo complejo que pasa inadvertido para el público.
¿Cómo es el desgaste físico para ustedes?
Escobar: Definitivamente, un set de 45 minutos o una hora nos deja exhaustos. A diferencia de las cuerdas o el piano, que pueden ofrecer recitales largos, necesitamos detenernos para recuperar aire y limpiar instrumentos. El aliento genera humedad que puede atascar los mecanismos, así que el mantenimiento es constante.
¿Lograron debutar con tan poco ensayo?
Chacón: Fue un proceso enriquecedor, porque cada uno aportó su formación y sonido para construir una identidad grupal. Comenzamos con un repertorio que permitiera medir nuestro nivel. La ventaja fue la experiencia previa, lo que facilitó el trabajo. En un quinteto de maderas todo se percibe, por eso nos enfocamos en consolidar una base sólida para disfrutar la música y transmitirla.


¿Y el público?
Jayes: El auditorio nos ha recibido muy bien. Somos apenas el segundo quinteto profesional de viento-madera en Guatemala. Procuramos no limitarnos a la música académica, sino incluir repertorio latinoamericano y guatemalteco. Llevamos la música a distintos departamentos, donde además de tocar ofrecemos talleres en escuelas y conservatorios. El objetivo es motivar a los jóvenes a acercarse a instrumentos poco conocidos en el país.
Paniagua: Esto responde a un objetivo: la descentralización del arte. Gran parte del desarrollo artístico se concentra en la capital, pero con el apoyo del Gobierno y de la Orquesta Sinfónica de Occidente buscamos llevar esta formación a todo el país. En los departamentos el enfoque es pedagógico; la gente se sorprende al ver por primera vez un fagot o un oboe. En la capital, en cambio, la propuesta es más performativa y escénica.
¿La meta en 2026?
Chacón: Como grupo queremos seguir interpretando repertorio de alta exigencia internacional. En lo personal, motiva fomentar la inversión en instrumentos, ya que son costosos. También buscamos que el arte sea un espacio de paz, que tras un concierto la gente viva una perspectiva distinta.











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